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Lectores, más allá del bien y del mal

 

El lector moralmente malo sabe que asesinar es una acción impía pero necesaria, porque existen lugares más preciados que debe proteger, como su familia o su patria.

 

Escrito por Carlos Fino  ||  carlos.fino@revistaexlibris.com
Ilustrado por Santiago Guevara  ||  flickr.com/santiagosantiago 
 

Mi madre aún cree que la lectura hace mejores personas. También muchos medios de comunicación sostienen la misma tesis: hace un par de años la Biblioteca España, del arquitecto colombiano Giancarlo Mazzanti, ganó el premio internacional de Arquitectura Sostenible del Instituto Francés de Arquitectura, con el argumento de que cambió las armas por los libros. Parece noble y notable el fin, cuando pensamos que la lectura aleja a los jóvenes del Santo Domingo Sabio de Medellín, de las armas. Lo cierto fue que meses después la Comuna III sufrió un grave incendio que calcinó varias viviendas y donde fallecieron varias personas. La violencia los volvió a visitar, como una despiadada; su presencia prueba la vigencia de la amante de las montañas. La Comuna III gozó de un periodo de pacificación, más que de paz, cuando construyeron la Biblioteca. La militarización de la zona fue inminente y esto debilitó los poderes locales; por un tiempo los silenció. Pero no nos venció, al poco tiempo la violencia retomó su ritmo habitual. Es decir, la Biblioteca no solucionó el problema de la violencia. Los libros no enseñaron a los habitantes de la Comuna III a ser “mejores personas”. Ésta creencia es sólo una justificación que usan muchos amantes de la lectura para promover su objeto de deseo, su fetiche.

Existen dos tipos de lectores que desmienten dicha creencia, el lector moralmente malo y el lector amoral. El lector moralmente malo es generalmente un amante de la lectura; devorador de volúmenes. Para él, la lectura es una de las labores más nobles que desarrolla, sin embargo, esta acción no impide sus acciones violentas. Basta recordar la Santa Inquisición, proyecto de la institución más librera y letrada de la Europa entera en donde se dio cacería masiva a miles de personas acusadas de herejía. Los procesos eran volúmenes gigantes copiados minuciosamente en un exquisito latín seglar. Las ejecuciones tan públicas y espectaculares como los mismos procesos. Los Santos inquisidores sabían que quemar a una persona era un acto malo, pero necesario, para conservar loablemente el Catolicismo en el mundo.

Los camorreros italianos engendran, de manera distinta, el perfil del lector moralmente malo: son hombres cultos, con un profundo sentido religioso, coleccionistas de arte y personas muy educadas que pueden indistintamente citar el “Cantar de los cantares”, Las Elegiás del Duino, la Divina Comedia, acompañados por una buena cepa de vinos, y por las órdenes para asesinar a varios mafiosos del bando contrario. Los ilustres asesinos son una constante en la historia occidental. El lector moralmente malo sabe que asesinar es una acción impía pero necesaria, porque existen lugares más preciados que debe proteger, como su familia o su patria. El amor familiar contrarresta el odio a los otros, y el amor por los libros y la lectura le brinda una puerta de escape al poco valor que su vida tiene en la camorra.

En América, en donde lo real maravilloso nos visita constantemente, el actual máximo jefe de las-FARC, Timoleón Jiménez, —de cariño le decía “Tirofijo” Timo— es uno de los personajes más enigmáticos de la Colombia contemporánea. Sus “Comunicados” tiene más referencias al mundo literario que al real; su retórica comparte recursos con Cicerón y Séneca; cita en Latín. Sus discursos —dejando de lado su contenido inminentemente político— resultan hermosos y sensibles compendios literarios, sólo posibles por un hombre entregado a los libros, pero en medio de la selva. Lo más contradictorio es que su interlocutor principal, el Presidente de la República, de familia letrada y propietaria de uno de los gigantes mediáticos del país, tenga dificultades para hablar en público y escasamente puede escribir coherentemente un párrafo. Juan Manuel Santos no es un lector moralmente malo, Juan Manuel ni siquiera es un lector.

Pero existe un lector aún más perverso y determinado: el lector amoral. Este que gracias al conocimiento obtenido por su experiencia lectora logra construir un sistema de valores en oposición a los valores colectivos pero en pro de su colectividad. Primero imagina una colectividad en la cual adjunta pruebas argumentativas y materiales, después, como máxime creador de la misma se autoproclama amo y señor, con la capacidad de ver la causalidad de su mundo y la opción que la libere de su determinación. El lector amoral es tal vez, el lector más disciplinado porque sabe que de la lectura e invención de los textos depende el sostenimiento de su mundo imaginado. Este lector puede llevar a una colectividad a la gloria o al exterminio masivo, y es tal su habitación en la sustancia de lo inexistente que logra entenderse como la piedra angular en su rompecabezas de mundo, una que le permite devenir. El lector amoral está más allá del bien y del mal, porque el bien y el mal humano no son los criterios de necesidad de gravitación del orden cósmico que acaba de inventar. Este lector se caracteriza por su polaridad: puede ser un tranquilo ermitaño, o un exterminador masivo. Es simpático con los animales, vegetariano y odia ciertas colectividades humanas.

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