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Agua al amanecer

Escrito por // Santiago Ernesto Lugo // santiagobles66@hotmail.com

ilustración // Geison Castañeda // http://www.flickr.com/photos/promitica/

 

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Está sentado sobre un lavadero. Cuando llegó de la guerra, su dolor y su pena solo podían calmarse con agua helada. Sonreía menos que antes. Cojeaba. Se caía de repente de la cama olvidando que había refundido su pierna en medio de alguna explosión, antes de navidad.

En medio de la selva no queda tiempo para arreglarse la media que se le escurre dentro de las botas. Caminaban, corrían y disparaban. Su media siempre presente fue una molestia que empezó hacer cotidiana. Pisó algo que no debía pisar. Despertó tiempo después en algún hospital.

Se caía de repente de la cama olvidando que había refundido su pierna. De la rodilla derecha para abajo las cosas ya no eran iguales. Pero la media escurrida estaba presente. Sin estar la bota.

Pasaron meses. Ya no sólo era la media impertinente que seguía presente, sino que su muñón empezó a doler. Ardía. El fuego de la mina regresaba sin ser llamado. Desesperado, un día de madrugada metió la pierna, que no estaba pero sentía, en el agua helada de su lavadero.

Ya no tenía tanto dolor ni pena, empezó a sanar. La media escurrida dentro de la bota, algunos días se le olvidaba aparecer. El muñón ardiente, con la medicina de la madrugada no era ya un problema. El espejo y el cerebro se ponían de acuerdo.

Eran las 4:35 de la madrugada. Sentado en el lavadero con el muñón en el agua, dormitó un momento y ahora su pierna izquierda se le resbaló. Se despertó instantáneamente, y aunque quieta, su pierna se movía por las ondas del agua helada. No la sacó. Sólo la miraba.

Tiempo después, cada madrugaba repetía aquel ritual de muñón y pierna en agua. Pero para la pascua decidió que aquella pierna izquierda le sobraba. Esa pierna que le colgaba dentro del lavadero y que se movía sin moverse, no le pertenecía. Se sentía incompleto con ella. Habría que refundirla también.

Hizo hasta lo imposible: convenció a un cirujano para que le ayudara. De su rodilla izquierda para abajo todo fue expulsado. En una caja de terciopelo y tapa de cristal le llegaron las piernas falsas. Ya estaba completo, ya podría volver a caminar.

Un día, acostado, el dolor y la pena volvieron. La media escurrida dentro de la bota regresó. El muñón ya no ardía, el espectro de la pierna derecha se volvió a presentar. Con dos piernas falsas y una fantasma, siguió.

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