Amor Visceral

Mío para escribirle como ahora, para cogerlo una y otra vez con mis manos sin guantes y sentir sus líquidos resbalar por mis brazos mientras aspiro el hedor de la putrefacción, mío para siempre.

 Escrito por // María Paula Díaz // mary_kstillo92@hotmail.com

ilustración // Geison Castañeda // http://www.flickr.com/photos/promitica/

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No fueron sus labios. Mucho menos sus ojos ocultos tras la barrera de sus párpados. Debo decir con cierta honestidad, que quizás sí se trata de la lozanía que ofrecen sus mejillas, aunque no sea esta su característica primordial. Fueron sus entrañas, expuestas ante mí sin disfraz alguno. Mostraban con el vivo color de cada órgano, la vitalidad de un cuerpo. Fue esa perfecta composición interna la que trastornó mi pensamiento y me enjugó la mirada de deseo puro, de impresionante ardor carnal. Comencé a temblar, a susurrar con los labios muy apretados y la voz decidida que ese ser sería finalmente mío. Mío para escribirle como ahora, para cogerlo una y otra vez con mis manos sin guantes y sentir sus líquidos resbalar por mis brazos mientras aspiro el hedor de la putrefacción, mío para siempre. Sé que jamás encontraré otro  hígado como el de aquella criatura. Unos riñones que luzcan con tanta precisión esa forma de fríjol, no hay. No existe sobre la faz del planeta un páncreas más suave ni unos pulmones tan hechos a la medida de mi respiración. No tiene sentido mi vida si mi mano no llega a ser el lugar de reposo de ese corazón blando que ya no palpita. Dedicaría cada segundo que posea a traducir el sonar de su sangre viajera, a enredarme entre sus venas y desenredarme, con paciencia y cuidado de no ir a romperlas. Haría cualquier cosa, por tener ese conjunto organizado de órganos junto a mí…

Termino de leer el pedazo de papel ensangrentado, lo  miro por última vez y entiendo porque  arrastraron mientras jadeaba, gritaba y pateaba, al hombre vestido de blanco que se había colocado frente a la ventana de la galería de arte, desde la mañana hasta la noche, a contemplar el cadáver de un cerdo. El pobre Ovidio, mi vecino carnicero, fue juzgado, sentenciado y encerrado.

 

 

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