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asrevin al a sisofromateM (Metamorfosis a la inversa)

Escrito por // María Paula Díaz // mary_kstillo92@hotmail.com

Fotografía // Paula López, Daniel García, Ana Cruz, Steven Sánchez

Paula López, Daniel García, Ana Cruz y Steven Sánchez

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Las mujeres convertidas en delgados gajos de algodón, meciéndose con los soplos del viento y envolviéndose con notas de violines,  jugábamos por un rato a ser  átomos de belleza incalculable, suspiros de dioses mitológicos, piezas de magia ensambladas a la perfección con hombres etéreos que también conocían el juego. Mientras parecíamos partículas de aire, nuestra masa corporal había sido endurecida en un horno de madera con espejos y barras. Músculos y tejidos eran de la dureza propia de un metal, resultábamos ser limaduras de hierro que danzaban. Bailábamos con tiesas zapatillas en los pies, sobre la punta de los dedos, bailábamos la danza más sobrenatural que he conocido, el Ballet.

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Primero fuimos mariposa, luego gusano. Aprendimos a volar y en una caída,  descubrimos que arrastrarse podía ser también interesante. Entonces no supimos si era mejor el vuelo o su aterrizaje. Y decidimos quedarnos con ambos.

Los virginales pies tocaron por primera vez el suelo sin la zapatilla. Sentían la fricción del  mismo contra su metatarso mientras el cuerpo que se erguía sobre ellos, giraba. Y el aire convertido en suelo, el espacio reemplazado por el piso. Eran el mundo en la lava de la tierra y la sabia del árbol, no en las esponjas del cielo. La derecha no estaba afuera, estaba en una mano concreta, en un pie preciso. La música no era restricción ni conteo, la respiración guiaba cada paso.

Así, la mariposa hace un enorme esfuerzo por sacudirse la elegancia, se desprende de sus alas y contrae todo hacia sí. No habla otro lenguaje, sólo arranca cada movimiento de su molde exacto. Impregna de naturaleza humana, la antigua danza que servía para entretener al rey; pinta la sonrisa intacta, de tristeza, pasión y cualquier sentimiento. Le da al cuerpo una libertad extra, el poder de la sensación. Las líneas, las formas, las piruetas, se llenan con la emoción, están plenas de ella.

En medio de la rebelión, del retroceso, en mitad de camino hacia la tierra, al insecto que se arrastra le queda en la memoria, algo de su anterior forma, se suspende como si fuera a emprender de nuevo el viaje con el viento pero es sólo para acentuar una nueva caída, para hacer Contemporánea la danza.

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La humanidad baila. Llevamos en el cuerpo las ganas de saltar más alto de lo que se nos ha permitido, estirar cada pedazo nuestro hacia alguna dirección inalcanzable, girar durante toda la eternidad, usar el pensamiento para superar los límites del dolor. Tenemos un sentimiento que nos impulsa a expresar el delirio de vivir y nuestros cuerpos hablan, lo saben hacer desde hace mucho. Envidiamos a los pájaros, a las mariposas, a todo ser vivo que vuela; entonces creamos objetos para acercarnos al cielo, sin ver que ya lo habíamos logrado con una previa y ambiciosa invención: la danza. Cada vez que bailamos, ya sea como mariposa o como gusano, o alguna extraña forma indefinida entre ambas, olvidamos que somos sólo cuerpos envenenados por la pasión y la locura, por un fragmento de música, somos más que eso.

 

 

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