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El cuerpo que le tocó arreglar

Escrito por //Laura Díaz // lauradiaz1989@gmail.com

Ilustación // Geison Castañeda // http://www.flickr.com/photos/promitica/

 

 

Golpeó con el brazo que le servía la mesa del restaurante, no pudo abrir la carta. Es la primera vez que la impotencia se manifiesta: el dolor ya no lo deja sentar. Hace 6 meses, Julián se levantó con la mano adormecida y no ha podido volver a usarla. De manera aparente esto no lo sorprendió, cosas peores ha visto pasar por su cuerpo. La férula en su brazo inerte desvía las miradas de las personas en la calle y asusta a algunos niños que creen que se trata de una mano de plástico. Sin embargo, Julián no le da importancia a llamar la atención en la calle a causa de su brazo, ni cuando por año y medio tuvo que usar tapabocas y durante el año en que los estragos de las quimioterapias eran visibles en la escasez de pelo, pestañas y cejas.

Nada, Julián no siente nada cuando pellizca su mano o se quema. De hecho, si de sentir se trata también se ha encargado de no exteriorizar la frustración y el dolor que lo acompañan desde los 15 años. Cuando le preguntan cómo va todo, siempre responde con frases positivas: “bien, todo está bien… vamos a ver como seguimos”.

Todos los días debe lidiar con un cuerpo que le reclama algo diferente, y sumarle la “carga social del enfermo”: no puede entristecerse, no puede decir que todo esto es una mierda, que la muerte es sinónimo de descanso cuando se retuerce de dolor cada noche. “En este momento no tenemos derecho a entristecernos”, decía la mamá, ante una de esas noticias que los hizo empezar de nuevo. No puede decir, nunca, que le duele.

Hace 7 años la sangre se asomaba por su nariz, se desmayaba en clase, sentía escalofríos y con caminar dos cuadras se cansaba. Ante ese panorama, los médicos de Ibagué, donde vivía con su familia, pensaron que se trataba de anemia o dengue hemorrágico, común en esa región. Un mes después, ya en Bogotá descubrieron que Julián tenía leucemia: cáncer en la sangre.

A los pocos días de haberlo diagnosticado comenzaron las quimioterapias. Julián tuvo que dejar el colegio para concentrarse únicamente en que su cuerpo volviera a funcionar, así estuvo casi ocho meses. No sé si uno pueda acostumbrarse a los escalofríos y al vomito después de las sesiones de quimio. Perdió el pelo, las cejas, las pestañas y pasó de 89 a 61 kilos. “Es el lado positivo de la enfermedad ¿no? Toda la vida siendo obeso… y bajar en el transcurso de un mes”, dijo alguna de sus compañeras del colegio. La leucemia no sólo lo dejó más flaco sino lleno de estrías en su cuerpo, como un recuerdo permanente. Luego vino el trasplante de médula ósea, responsable del funcionamiento del sistema inmunológico; el donante fue su hermano Felipe.

A sus veintidós años tiene los pulmones de un viejo de sesenta años que haya fumado toda la vida y el hígado de un alcohólico: en los seis años que lo conozco nunca lo he visto fumar y su primera cerveza fue hace unos dos meses, a lo mucho habrá tomado cinco en total. A los tres años del trasplante, otros órganos se hicieron notar, dejó de ver el tablero en las clases, pero trató de pasarlo por alto. Poco a poco le costaba ver, al punto de no reconocer a las personas ni a un metro de distancia: tenía ojo seco. A raíz de eso Julián tuvo que suspender sus estudios de historia y dejar de leer. No tiene gafas porque la fórmula no es estable y puede modificarse en el momento en que use gotas. De ahí que, Julián ha aprendido a guiarse en la ciudad por el color de los buses a la hora de tomarlos, a saludar a los “bultos” de personas que parecen saludarlo desde lejos, haciendo el ridículo casi a diario.

Hace más de un año, un tumor llegó a su cuello y comenzó a quitarle el sueño. Cuando se lo removieron los nervios que le dan la movilidad a su mano izquierda fueron afectados. Su mano izquierda permanece blanca y fría y quieta. Es zurdo.

Nunca he tocado a un muerto, pero imagino que ha de ser algo similar a lo que siento cuando toco su mano.

Ahora Julián tiene claro que cuando pensaba que todo había terminado, en realidad apenas estaba comenzando. Se ha convencido a sí mismo de que él es el único que no puede estar triste, sentir dolor, e incluso llorar… “Tengo miedo de que mi brazo se vaya a quedar así”, reconoce después de que le insisto mucho en que no me diga lo que él cree que quiero escuchar, conmigo no necesita inventar “versiones cortas” para explicar el estado de su mano, ni decirme que todo está y estará bien.

La frustración viene con frecuencia: cuando no puede jugar baloncesto como lo hacía con su mejor amigo, o cuando le cuesta subir una calle empinada, incluso cuando tiene que pedir ayuda para abrir una bolsa de leche. “Cuando no la pude abrir con el cuchillo por tener una sola mano, la bolsa se cayó al piso y se reventó, dejando salir la leche, ahí me di cuenta que mi mano no servía”.

Tras años de luchar contra su mismo cuerpo, Julián se aleja de discursos que dictan que cuando falta un brazo hay que agradecer por tener el otro, o sentirse aliviado por tener una silla de ruedas, cuando se está paralizado. De manera paradójica, defiende el derecho a cansarse, a renunciar. El tumor sigue en su cuello, amenaza con llegar a la médula ósea, pero no vienen más quimios para él. Julián decidió no causar más dolor a su cuerpo. A cambio nos propone que lo acompañamos y que nos quedemos con la mejor versión que de nosotros sacó la leucemia.

 

 

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