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El iluso malnutrido

Escrito por // Jefferson Mejía // nadie.mejia@hotmail.com

Ilustración // Camilo José Rivera // http://camilojose.tumblr.com/

Este país es muchas cosas a la vez: una casa que se derrumba, una tumba sin nombre, una suerte de pueblo huérfano, una procesión de muertos que marchan hacia el olvido.

El cuerpo, el suyo, el mío, una especie de Frankenstein latino.

 

La imagen aplica para todos nosotros, los habitantes de la tierra de Colón. El descuido es el mismo. Salvo contadas excepciones de cuerpos bendecidos por los dioses, los implantes y los cuidados obsesivos, las personas de este país somos o gordos resignados a su genética o flacos, tísicos, que jamás se interesaron por tener mayor musculatura que la permitida por nuestros pobres hábitos alimenticios. Insistimos en sentirnos ni muy muy ni tan tan, algunos preocupados exclusivamente por moldear lo que captura la lente de la cámara, broncearlo y depilarlo, otros cubren con prendas el espacio que, en vez de músculos, está vacío. Otros se olvidan de que existe cuerpo y éste sólo aparece cuando las tripas se le retuercen de remordimiento o de hambre.

Luego, las excusas: los trabajos y las noches sin espacio ni para el respiro, las francachelas y las comilonas muy Rin Rin renacuajo, las vacaciones mentales permanentes y el sabath criollo que extendemos hasta el festivo. Y más temprano que tarde llegamos a la vejez inerme que nos pasa factura de todos los placeres y vicios. Todas esas comidas, toda esa cerveza o cualquier otro licor que nos bebimos en cada gol que era orgullo patrio, toda esa pereza, esa tendencia a procrastinar, todos esos cigarrillos serán, en la mujer unas radiantes llantas Michelin y en los hombres un barril Bavaria irreductible, sonoro, caído.

Claro, es cuestión de aceptar. Entender que no todos tendremos, nunca, por abdomen una barra de chocolatina sino una masa que se agita gelatinosa con cualquier bailecito. Se trata de esforzarse un poquito, de no conformarse: ni los brazos de tía ni la panza masculina son algo más que graciosos. Y si no corre ni se ejercita, entonces léase (además y muy seguido) un buen libro para que nuestro cerebro, mal llamado tricolor, sea mejor (recurriendo al cliché) un arcoíris de ideas menos simplonas con las que teñimos el paisaje crudo que se nos mete por la boca a cada respiro.

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