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Incorporación militar


Escrito por //Raúl Durán // raulduran67@gmail.com

Ilustración //Laura Ortíz // violentaslunaselectricas@hotmail.com

Intenté por última vez dar el brinco, saltar la cerca y arrastrarme en el lodo, colgar de cabeza por la cuerda con sigilo y precaución. Pero fue totalmente inútil, mis piernas temblequeaban franqueables y débiles, mis brazos se enroscaban por la artritis y mis dedos como garras secas, tan fuertes como las de un oso disecado, ni se animaban a moverse.

Era el fin, no había nada, nada que vivir, nada que contar. La frustración.

Por fin, tan exacto como siempre, sonó el grito escandaloso del timbre, y todos los soldados nos dirigimos, con disciplina, al patio central. Desfilamos en ese fúnebre silencio de escuela primaria con el sol quemando la calva rojiblanca, recién rasurada, pretendiendo carbonizar el césped donde crecen las ideas.

Y yo ahí, en pausa, suspendido en el espacio con los pies sobre la arena calcinada y los ojos pintando jirafas, elefantes en el firmamento. Recuerdo los libritos con los que me tropezaba en la librería del jardín: había que unir, con una línea, los puntos negros sobre el papel para dibujar figuras; yo unía con los índices las estrellas blancas sobre el fondo negro del universo infinito.

Mis ojos se desviaron a su antojo y se posaron como pájaros sobre las flores de la escuela de enfrente: allí corrieron con las piernas de los niños y bailaron con sus brazos. Esos niños que también tienen mis años, tienen luz en sus ojos y les brillan sus cabellos, mientras los nuestros son opacos, agresivos y huraños, y nuestras calvas ardientes dilatadas y picantes por la brusca caricia del metal, nos impide besar el sueño por las noches.

Qué bello el segundo en que me columpié como arrullado por los brazos de mi madre, en que me deslicé sobre la curvatura de los labios de esos niños. Ese segundo en que corrí por correr, en que me embarré el pantalón jugando en la tierra y no por desobedecer al brigadier de cuarto año.

Fin de la pausa, pies en el suelo, ojos bajo mis cejas y pupilas fijas en la nuca de mi compañero.

–Escuadrón: ¡de frente marcha!, ¡a la izquierda!

–¡a la derecha!

–¡marcha!

Un dos tres, gira y toma distancia.

–¡Descansen!

¿Pero yo?: me quedé jugando todo el día en la otra escuela, no les permito someter mi imaginación, como ya pretenden dominar mi cuerpo.

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