Año: 2013

¿Un monasterio, un convento, una iglesia?

Escrito por: Paula Soto // vivisoto63@gmail.com

fotos: Angélica Conde // angelicacondeg@gmail.com

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Se preguntan los transeúntes que pasan y observan la edificación ubicada en la Cll 12 con 3a, en el centro histórico de la ciudad, La Candelaria.

Pero ni lo uno, ni lo otro. Esta construcción, hecha en piedra y ladrillo, alberga  actualmente 71 apartamentos dúplex que rodean una alfombra verde triangular, un salón comunal, lavandería, dos plantas de parqueaderos y tiene dos entradas, una sobre la calle y otra sobre la carrera. La actual edificación con matices neogóticos ha sobrevivido al igual que los capitalinos, a todas las peripecias del tiempo como el Bogotazo, los curas y las monjas, y los trabajadores del Servicio de Inteligencia Colombiano (SIC), que después se convirtió en el DAS.

En sus inicios, la construcción hecha por el arzobispo Herrera Restrepo junto con los misioneros Montfortianos (1917), se realizó con el fin de albergar un seminario de franceses; pero como nunca fue terminada, se utilizó como convento de religiosas Clarisas.

“Las almas en pena rodean los pasillos en las noches”, dice un residente del conjunto.No es para menos pues, finalizada la construcción del edificio, éste pasó de albergar monjas a presos;las oficinas y calabozos del SIC se instalaron allí. Por eso, se dice que en su interior se ejecutaron masivas torturas y muertes, y que las almas rondan entre los pasillos y parqueaderos del Conjunto Residencial Calle del Sol.

En el año 1980, el Instituto Colombiano de Cultura (Colcultura) compró el predio con la intención de transformar sus largos y oscuros pasillos en el Archivo General de la Nación, pero el proyecto fue abandonado un año después de comprado el terreno.

Años más tarde, tras su abandono, un grupo de inversionistas se ocupó de la construcción de las 71 viviendas conservando, eso sí, su fachada y su historia.

“Los sensores de las luces se prenden y se apagan constantemente, ya es cuestión de convivir con los fantasmas”, afirma un vigilante del conjunto. Pero los mitos en torno a esta edificación no paran ahí. En un local perteneciente al conjunto, sobre la Calle 12, está el Restaurante La Bruja, llamado así, pues hay una historia sobre una  madre que intentaba acceder al edificio (en la época del SIC) para visitar a su hijo que presuntamente estaba preso. Ella conquistaba a los guardianes de la cárcel con sus mágicas recetas de comida; cuando por fin se le permitió el acceso, la mujer nunca encontró a su hijo; se dice que el alma de aquella madre sigue rondando estos pasillos.

Después de disfrutar de una buena comida en la Bruja, desde la terraza del edificio se puede observar no solo el interior de éste, sino además las construcciones aledañas del centro, pues está ubicado en medio de bibliotecas, cafés y restaurantes que lo convierten en un cómodo lugar para vivir.

 

Paseo Inmoral

Escrito por: JJ Ortega // jota.ortega@gmail.com

Fotografía: Mauricio Mejía // mauriciomejia90@hotmail.com

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Tristeza.

Se escucha a Roberto Laserie por la séptima y es imposible ignorarlo. La voz de quien lo interpreta está llena de nostalgia. Algunas personas se detienen por un instante, otras se agachan para depositar unas monedas y siguen de largo.

Este Laserie tiene los zapatos tan deshilachados como el resto de sus ropas. Se ayuda de un parlante y un micrófono viejos. Su voz es melancolía pura. La voz del bolero tallada en los andares de la vida con todas sus alegrías y tristezas, del amante solitario, del desengaño, del que apuesta, fracasa y se ríe  a carcajadas.

La mirada de los asistentes se pierde en la profundidad de la calle. Hay un inevitable regreso al ayer, a los buenos y malos recuerdos, a rostros de gente que ya no está, a risas, desdichas e ilusiones olvidadas. Una lluvia lenta espanta a los presentes y sirve de telón de fondo. El espectáculo ha terminado.

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Ritmo.

La encontré por la cincuenta y tres entre las ventas callejeras de Galerías. Usa sombreros de lana y abrigos de paño. Tras los mechones retorcidos de su pelo se esconde una minúscula sonrisa que brilla cuando las monedas rebotan en el estuche de su violín.

De las cuerdas surge algo lento que se va transformando en un jazz bailable. El auditorio marca los ritmos con pies y manos. Algo de surrealismo pinta la escena. Los transeúntes se contagian de un sonido extraño, lleno de color.

Un desconocido pregona que la violinista quiere llegar a Londres. Las colaboraciones no se hacen esperar y de la música nace una repentina atmósfera positiva, una solidaridad manifiesta que contagia por un instante.

La damita termina con una reverencia a Vivaldi y otra al público. Los aplausos resuenan y desaparecen mientras la ciudad se reconfigura. La calle vuelve a ser la misma de antes.

 

Movimiento.

Las claves sacuden el banquito de madera. En la otra mano, el mulato ciego sostiene una gorra donde recoge las gratitudes voluntarias. De su garganta se desprende cadencia y mestizaje. El espacio es reducido y el auditorio cambia constantemente mientras la imagen del sonero del puente de la ochenta y cinco permanece inamovible, tatuada en la piel de la ciudad.

Una comunión misteriosa entre la percusión y la voz se materializa. Una transmutación instantánea de sonido y movimiento. El sonero se despoja totalmente y cada extensión de su cuerpo actúa como un instrumento más.

En medio del insoportable bullicio citadino, el fuego de un son irrumpe sin complejos, fuerte y lleno de vida. Los pasos adquieren sentido y nace un ritual de danza espontánea al tiempo que una voz de leño ardiendo pregona: ¡Tuna se quemó, Tuna se quemó!

Noteboom le escribe cartas a Poseidón

Escrito por // Raúl Durán Ayala // raulduran67@gmail.com

Fotografía // Daniel Lara // vanjerono@gmail.com

 

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Me hubiera gustado preguntarle al poeta: ¿Qué viene a hacer el mar en la feria del libro? Aunque de alguna manera sin preguntar me respondió. Noteboom le escribe cartas a Poseidón. ¿Para qué le escribe cartas a Poseidón si la correspondencia con los dioses va en una sola dirección? Noteboom viene de una ciudad que se hunde en el mar, eso explica porque prefiere escribirle a Poseidón y no a Gea. Ya pasaron al olvido los viejos dioses inmortales, pero no hay que olvidar que más que inmortales son eternos. Lo que es eterno es inmortal pero lo inmortal no significa necesariamente que sea eterno. Más bien lo eterno carece de un principio claro, no se sabe bien de donde viene, aparece de súbito y se prolonga hasta el infinito; como las olas del mar.

Del mar hay mucho que se ha escrito y mucho más se seguirá escribiendo. Poseidón debe sentirse contento de eso; al fin y al cabo, de alguna manera, hablar del mar es hablar de él mismo.

Me sigo preguntado: ¿Qué viene a hacer el mar en la feria del libro? Da minha língua vê-se o mar dijo Vergílio Ferreira. La FILBO también hoy dice lo mismo, pero no es lo mismo. Aquí lo más cercano al mar es el aguacero que empapa la feria, o los barcos azules en la cabeza de la gente; como navegando por ese mar de pensamientos; aunque creo, a veces, que el mar de pensamientos ya hace mucho se secó.

Esta FILBO es un diluvio ¿caen gotas como libros? No sé; los libros no se derriten aunque sí se secan. Sé que el sábado en medio del diluvio un pequeño barco de papel caminaba sobre la corriente hasta hundirse en la alcantarilla. Vaya suerte para un barco en una feria donde “desde mi lengua se ve el mar”, donde el invitado es Portugal y donde Noteboom me cuenta que le escribe cartas a Poseidón. Seguramente Poseidón con su infinita sabiduría habrá elegido la alcantarilla como el mejor destino para un barco de papel.

Buscando el mar en esta feria llegue al pabellón de Portugal. Allá hay unas cabinas para meter la cabeza y oír lo que susurran las aguas. ¿Acaso esa lengua desde la que se ve el mar no es otra cosa que el sonido del mar?  ¿Será la voz  del mismísimo Poseidón? Será que hoy reposan las palabras de los dioses en un “bus universal” como en las viejas bibliotecas. Claro que, aunque esto sea cierto, Poseidón perdió poderes y quedó atrapado en el papel, y lo que sea que pueda decirnos en su lengua de mar, por desgracia del olvido ya no significa nada. Nosotros con agua en los oídos saltamos en una pierna y nos golpeamos la cabeza, no sea que se nos pegue una infección.

Allá también está Pessoa, Saramago, camões,…Ilustrados con sus ojos secos y sus palabras húmedas. Se me ocurre mientras naufrago en uno que otro libro: ¿cómo llevar al mar a esta ciudad de libro al viento?

El mar aquí baja del cielo, el cielo es ese mar suspendido dispuesto a aplastar nuestras cabezas, a derretir nuestros cuerpos. No sé si todos los bogotanos vemos al mar tan lejos o si algunos estén conscientes de que esta ciudad es una isla; que las montañas son gigantescas olas estáticas a punto de derrumbarse y sepultar toda esta feria, dejando nombres de bancos y autopistas como epitafios en este mausoleo citadino.

Contra ese oleaje reflexivo vino a estrellarse este poeta: Noteboom se ve fresco, duro, no tan viejo como el Neerlandés que habla. Leyó con su acento extranjero  marcando las erres y las jotas roncas, y mientras hablaba se me ocurría: que no si el mar llegue a la feria, que eso en realidad no me interesa, que la lluvia seguirá escupiendo en todos los meses, que por que Poseidón no se digna, aunque sea con una minúscula frase, a responder esas cartas. Y claro, se me ocurre, que lo más cercano al mar es ese silencio de Poseidón; el silencio de las playas, de las palabras escritas.

Tintas, amores y papel: Quijotadas bibliosexuales

Escrito por // Andrés Gulla-Ván // fabian.gulla@gmail.com

Fotografía // Daniel Lara // vanjerono@gmail.com

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Dulcinea de Toboso es poca cosa frente al amor que padecí en esos pocos días. Insensata fijación a lo escrito y palpable. Esos días y esas noches, de mi cabeza, el pecado lujurioso tomó.

A veces en un estante, a veces en los pasillos. Hallé múltiples amores, muchos antojos platónicos por tocar y oler lomos y cuerpos con alto y bajo gramaje.

—     ¿Qué importa?

—     No mucho.

Porque he buscado esas voces que destacan de la multitud, y claro, sin Odiseo que encere mis oídos, muchas veces me he revolcado en camas imaginadas. Me he perdido en mares de cartas enviadas desde la orilla de la imaginación. Allí, donde he imaginado acariciar a miles, bajo el intenso sol que ciega las pantallas, convirtiéndolas en costosísimos pisapapeles, y donde mis dedos han recorrido, milímetro por vez, esas curvas y superficies que transpiran deseo, como pisadas en el fango

Varios días he recorrido esos hangares, chalets y mausoleos de millares de vocales, espacios y tipos. Varios kilómetros en círculo y espirales, a lo alto y bajo, gateando y estirando el gaznate. Así encuentro a mis amantes, a esas y esos, porque el género poco me preocupa, cuyos besos y sexo cautivan mis ojos por decenas y miles de horas. ¡Cómo los amo!

Pero de vez en cuando la búsqueda es vacua, y en esos tiempos mi mente es víctima de Frestón, cuyos molinos hizo pasar por jóvenes y hermosas mujeres de carne y verdad. Con facciones marcadas y gruesas piernas y en ocasiones con lentes. Me contento con verlas caminar, así sea una vez, pues luego mi mente maquinará cientos de historias, que tal vez terminen en papel, y del mismo modo, pero en sentido contrario, esas frases libidinosas harán correr algunas gotas de sudor. No puedo ocultar mi fascinación por tal o cual, e incluso una lolita, la lolita.

Mis amores en ocasiones son rústicos y otras más son duros. Pesados o delgados, con años encima o con la tinta fresca. Esos amores que mucho he disfrutado y que mucho me han absorbido, generando periodos de chifladura y ostracismo. He perdido amigos, conocidos y mi familia me ha rechazado muchas veces por no controlar esos salvajes e ilustres deseos de leer. De actualizar mi software. Y por eso mismo he sido obligado a resguardarme del mundo real, justamente por serme poco leal.

Creo en el monte de venus, en las curvas y en la piel fragante. Creo en la palabra escrita y la palabra no dicha. Creo en las interpretaciones santísimas de cualquier lector. Creo en su sexo arrojándose contra el mío, en fluidos y lubricaciones. Creo en sus senos como en las letras que forman palabras. Y en sus besos, tibios y levemente empapados, que me recuerdan la página donde he quedado. En libros de física que expliquen el movimiento pendular continuo, en las caderas desjuiciadas. Creo en la arritmia de nuestros pasos cuando, nerviosos y con miradas furtivas, nos acercamos arrastrando las bolsas llenas de libros, y con alguna frase sacada de alguna novela inicia la épica. Creo, sobre todo, en los olores de recién destapado, de libro nuevo y de calzón mojado. Solo soporto los plásticos cuando sirven para proteger de la humedad y de la sífilis.

Pero cómo no perecer, enamorado y loco, cuando sus pieles lozanas y limpias parecen de plástico, o con parcial UV, inmortales  y siempre bellas. Así, sin más, es el primer contacto, con la primera fijación. Dirán que soy superficial y fofo, pero todos deben admitir que en amores y odios lo primero es el ojo. Pero eso sí, de las mujeres el ojo no quito.

—     ¿Por qué?

—     Porque me gustan todas. Y más si son las que me imagino cuando paso de un libro a otro.

—     ¿Y cómo las imaginás?

—     Haciéndoles de todo. Por arriba, por abajo. Regándome en ellas o que ellas eyaculen sus letras sobre mi cara.

—     ¡Tan guache, marrano!

—     No importa, así las amo.

Pero de caballeros es no revelar identidades de damas o concubinas, aunque licencia si me doy de revelar que en feria muchas mujerzuelas en papel, en digital o kindle, o desparramando firmas se encuentran por ahí, en cada banca o junto a los baños. Y como caballero andante que monta corcel que era Rocín antes, debo apelar a Palas y su sapiencia para, con humildad y hombría, reconocer que tanto amor unidireccional mi desgracia traerá.

Mejor dejo la caballería, y de los pasillos y stands dejo de pasear, pues poco aguanta mi bolsillo. Calmar las calenturas carnales y mentales no es barato, y menos en una feria donde pocos libros son realmente accesibles. Pero sé que a cita obligada debo acudir, año a año con mis putas encuadernadas y tristes. Me voy a leer, y a jalármela.

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Del libro leído al libro vivido

Escrito por // Jhon Jairo Ortega // jota.ortega@gmail.com

Fotografía // Daniela Montenegro // danimonte94@gmail.com

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No existe lugar que genere más terror en mí que una biblioteca. Toda esa estantería atiborrada de libros se asemeja a los monstruos de mi infancia que me atormentaron por años. Para un lector entrenado en estos campos el viaje será una aventura pero para este servidor una pesadilla. La Feria del Libro es esa pesadilla multiplicada por montón. No solo existe una biblioteca, hay miles, con sus estantes monstruosos, coloridos, deformados, sincronizados y aterradores. ¿Cómo ver un árbol dentro de un bosque? ¿Cómo ver un libro en una bodega infinita llena de libros? Solo la idea me daba dolor de cabeza. Algunos pensarán que el hallazgo de una pieza literaria que nos sacuda la cabeza, en medio de esta jungla, es precisamente lo que le da valor a un libro. Eso suena muy lindo, en la práctica es un infierno.

Aún más si los servicios de información de la Feria son deficientes. Las puertas no las abrieron hasta las doce del mediodía pero en prensa, la cita era a las nueve. Largas filas de niños con mamelucos policromados se retorcían entre las patas del arco de Corferias. Servicios de información cuya mejor respuesta era “no sé”. Profesoras que mutaban entre astronautas, renacuajos, piratas y toda clase de variopintas especímenes haciendo monerías incompresibles, con tal de calmar la ansiedad de los enanos ya cansados de esperar.

Adentro todo era un caos de cajas de cartón, señoras finas con escoba en mano barriendo la atareada alfombra, ejecutivos con corbata clavando puntillas, niños jugando por los corredores y libros, muchos libros, una selva entera llena de ellos. Arrumados, parados, colgados, desafiantes y amenazantes.

Los libros huelen tu miedo y se abalanzan sobre ti. A mí me cayó encima uno de Cocina Thai para Dummies. A mí que se me quema un agua y cuya máxima creación gastronómica ha sido un café instantáneo salido del microondas. Salí corriendo de pánico. En otra esquina me brincó uno de Walter Riso “Enamórate de ti mismo” se llamaba. Depresión inmediata. Me refugié en un sofisticado stand con modernas pantallas de video y olor a pino y nuevamente fui atacado por una póstula evangélica que me invitaba a la salvación. Huí desesperado.

No me quedó otra alternativa más que salir de aquél pabellón y tomar un poco de aire. Me temblaban las manos. De pronto un gigantesco gusano amarillo hecho solo de niños me empujo hacia adelante. Nada podía hacer. La entrada del pabellón infantil se hacía más grande y me vi irreductiblemente conducido a un infierno peor. Un enorme salón lleno de niños inquietos, saltando y brincando encima de mí. Es el fin, pensé.

Pero cuando atravesé la puerta, el caos desapareció. Un cielo gigantesco inundado de globos y sombrillas sicodélicas dominaba el lugar. El piso era un pastizal sintético de donde emergían toda clase de animales y personajes salidos de las páginas de los cuentos infantiles. Una pobre viejecita, un renacuajo muy tieso y muy majo, un gato armado con una carabina pero con la mirada de un niño que se moría por un helado doble de vainilla y chocolate.

Hordas enteras de enanos circulaban por las autopistas improvisadas. Cuidado. La bruja malvada de Blancanieves recorría el lugar buscando a la doncella que se escondía detrás de una columna. Algunos niños la delataban, otros la ocultaban. En la mitad del pabellón, numerosas plantas flotantes destilaban luces de colores cuando los pequeños en carrera brincaban de una en una, de otra en otra.

Justo al lado, una extraña medusa de tentáculos azules me sedujo y en un sugerente lenguaje me invitó a conocer sus entrañas. Caí sin remedio ante sus encantos y me perdí entre sus faldas mientras en el suelo circulaban pequeños insectos que parecían burlarse de mi ingenuidad. En el centro el corazón de la medusa era una esfera luminosa en donde nadaba libre una ballena jorobada, lenta y elegante, al lado de su hermoso ballenato, ay ombe!

En los huecos de las paredes se asomaban pequeños duendes que dibujaban sobre el papel. Me miraban, dibujaban y se reían. Y cuando trataba de acercarme a ellos desaparecían en un parpadeo y se burlaban con descaro. Los trazos de colores que abandonaban sin preocupación alguna eran lobos, insectos, y seres sin forma que me sacaban la lengua y me señalaban con burlas insolentes.

De repente el gusano hecho solo de niños corrió a mi lado desesperado y detrás de él una colosal araña hecha solo de niñas que le perseguía. Me dan una vuelta, me dan dos vueltas, me dan tres vueltas y terminamos hechos un terrible nudo de patas y brazos que se derrumbó en medio de las carcajadas más divertidas de mi vida.

Salí del pabellón infantil una hora y media después totalmente despeinado, con la camisa por fuera y con quince años menos. No toqué un solo libro porque no había ninguno y sin embargo fui parte de todos ellos y de ninguno a la vez. ¿Será que entro de nuevo?  Y… ¿Por qué no?

 

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