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Del libro leído al libro vivido

Del libro leído al libro vivido

Escrito por // Jhon Jairo Ortega // jota.ortega@gmail.com

Fotografía // Daniela Montenegro // danimonte94@gmail.com

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No existe lugar que genere más terror en mí que una biblioteca. Toda esa estantería atiborrada de libros se asemeja a los monstruos de mi infancia que me atormentaron por años. Para un lector entrenado en estos campos el viaje será una aventura pero para este servidor una pesadilla. La Feria del Libro es esa pesadilla multiplicada por montón. No solo existe una biblioteca, hay miles, con sus estantes monstruosos, coloridos, deformados, sincronizados y aterradores. ¿Cómo ver un árbol dentro de un bosque? ¿Cómo ver un libro en una bodega infinita llena de libros? Solo la idea me daba dolor de cabeza. Algunos pensarán que el hallazgo de una pieza literaria que nos sacuda la cabeza, en medio de esta jungla, es precisamente lo que le da valor a un libro. Eso suena muy lindo, en la práctica es un infierno.

Aún más si los servicios de información de la Feria son deficientes. Las puertas no las abrieron hasta las doce del mediodía pero en prensa, la cita era a las nueve. Largas filas de niños con mamelucos policromados se retorcían entre las patas del arco de Corferias. Servicios de información cuya mejor respuesta era “no sé”. Profesoras que mutaban entre astronautas, renacuajos, piratas y toda clase de variopintas especímenes haciendo monerías incompresibles, con tal de calmar la ansiedad de los enanos ya cansados de esperar.

Adentro todo era un caos de cajas de cartón, señoras finas con escoba en mano barriendo la atareada alfombra, ejecutivos con corbata clavando puntillas, niños jugando por los corredores y libros, muchos libros, una selva entera llena de ellos. Arrumados, parados, colgados, desafiantes y amenazantes.

Los libros huelen tu miedo y se abalanzan sobre ti. A mí me cayó encima uno de Cocina Thai para Dummies. A mí que se me quema un agua y cuya máxima creación gastronómica ha sido un café instantáneo salido del microondas. Salí corriendo de pánico. En otra esquina me brincó uno de Walter Riso “Enamórate de ti mismo” se llamaba. Depresión inmediata. Me refugié en un sofisticado stand con modernas pantallas de video y olor a pino y nuevamente fui atacado por una póstula evangélica que me invitaba a la salvación. Huí desesperado.

No me quedó otra alternativa más que salir de aquél pabellón y tomar un poco de aire. Me temblaban las manos. De pronto un gigantesco gusano amarillo hecho solo de niños me empujo hacia adelante. Nada podía hacer. La entrada del pabellón infantil se hacía más grande y me vi irreductiblemente conducido a un infierno peor. Un enorme salón lleno de niños inquietos, saltando y brincando encima de mí. Es el fin, pensé.

Pero cuando atravesé la puerta, el caos desapareció. Un cielo gigantesco inundado de globos y sombrillas sicodélicas dominaba el lugar. El piso era un pastizal sintético de donde emergían toda clase de animales y personajes salidos de las páginas de los cuentos infantiles. Una pobre viejecita, un renacuajo muy tieso y muy majo, un gato armado con una carabina pero con la mirada de un niño que se moría por un helado doble de vainilla y chocolate.

Hordas enteras de enanos circulaban por las autopistas improvisadas. Cuidado. La bruja malvada de Blancanieves recorría el lugar buscando a la doncella que se escondía detrás de una columna. Algunos niños la delataban, otros la ocultaban. En la mitad del pabellón, numerosas plantas flotantes destilaban luces de colores cuando los pequeños en carrera brincaban de una en una, de otra en otra.

Justo al lado, una extraña medusa de tentáculos azules me sedujo y en un sugerente lenguaje me invitó a conocer sus entrañas. Caí sin remedio ante sus encantos y me perdí entre sus faldas mientras en el suelo circulaban pequeños insectos que parecían burlarse de mi ingenuidad. En el centro el corazón de la medusa era una esfera luminosa en donde nadaba libre una ballena jorobada, lenta y elegante, al lado de su hermoso ballenato, ay ombe!

En los huecos de las paredes se asomaban pequeños duendes que dibujaban sobre el papel. Me miraban, dibujaban y se reían. Y cuando trataba de acercarme a ellos desaparecían en un parpadeo y se burlaban con descaro. Los trazos de colores que abandonaban sin preocupación alguna eran lobos, insectos, y seres sin forma que me sacaban la lengua y me señalaban con burlas insolentes.

De repente el gusano hecho solo de niños corrió a mi lado desesperado y detrás de él una colosal araña hecha solo de niñas que le perseguía. Me dan una vuelta, me dan dos vueltas, me dan tres vueltas y terminamos hechos un terrible nudo de patas y brazos que se derrumbó en medio de las carcajadas más divertidas de mi vida.

Salí del pabellón infantil una hora y media después totalmente despeinado, con la camisa por fuera y con quince años menos. No toqué un solo libro porque no había ninguno y sin embargo fui parte de todos ellos y de ninguno a la vez. ¿Será que entro de nuevo?  Y… ¿Por qué no?

 

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