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Los días con Kutzi

Los días con Kutzi

Escrito por // Andrés Gulla-Ván

Fotografía // Daniel Lara

 

I

Al principio no quería ir. Pensaba que era un poco hipócrita asistir a un seminario sobre un autor del que no había leído nada. Nada. A pesar de estudiar literatura y pasarme los días entre torres de babel, no había tenido lo oportunidad/obligación de leer a Coetzee, al menos académicamente. Pero cuando recibí un correo en donde me invitaban a inscribirme gratis por ser “egresado unicentralista”, no dudé, pues al gratín todo sabe mejor. Aunque, debo confesar que de egresado poco o nada tengo, apenas tomé el taller de escritores dirigido por Isaías Peña, magno gestor del seminario, y con eso me gané el honoris causa de egresado. Curiosidades de la vida.

Mientras las semanas se consumían hasta llegada la fecha, olvidé por completo el asunto. Solo una semana antes, cuando me vi bombardeado por los medios digitales de la inexorable realidad, dije “mierda”. El primer nobel al que le vería la cara y seguía sin leer ni medio párrafo de su creación. Corrí a las librerías de segunda cerca a mi casa, pero en todas estaba agotado Don Jhon Maxwell. El auge por el escritor sudafricano era evidente, era como si de la nada un estado febril en cada actor de la literatura hiciera que se propagara la coetsitis. A la larga compré Esperando a los bárbaros, nuevo, y lo hice porque en la programación que ya tenía a la mano uno de mis profesores ofrecería una ponencia sobre ese libro. Sin embargo, lo que lamento de haber comprado el libro no radica en su contenido, ni tema, ni prosa, ni forma, sino en el libro/objeto, pues este tenía caspa. O sea, con pasar rápidamente las hojas partículas de papel saltaban como pulgas. Muy mal R.H. M., muy mal. No fue una lectura agradable.

Cuando se hizo 8 de abril, aun con la escarapela en mi mano desde el jueves anterior, decidí llegar temprano, no mucho, pero sí lo suficiente para poder encontrar el auditorio que nunca conocí de la querida alma mater de la que egresé. Al llegar me recibieron con una bolsa de chucherías que apenas ojeé, reclamé unos audífonos y un receptor para escuchar la traducción en simultáneo. ¿Y luego? A esperar. Al principio nos ubicaron en la zona platea, lejos del gallinero. Digo nos, porque de subida encontré un par de profesores, quienes exaltados con la mujer de logística que solo permitía el ingreso a la parte inferior a quienes habían pagado, terminaron a pocas sillas detrás de mí. Supuse que querían estar cerca al vaho del señor Cutsze. Luego de una espera no tan abrumadora nos dieron vía libre para bajar pues, según dijeron, no se había llenado el aforo. “Lástima”, pensé, “el señor Coetzeé no llena el aforo de 1200 y más personas de este auditorio, mucho menos serviría para llenar estadios a lo Guns N´ Roses”.

Una vez abajo, y por mérito divino, encontré a unos compañeros quienes, sin querer, me habían guardado puesto a unas cuantas filas de la tarima. Qué emoción, qué gloria, qué dicha y qué vanidad estar tan cerca. Las figuras locales de la literatura estaban presentes. La farándula intelectual no podía pasar por alto el tercer nobel que venía al país en el año en curso. Entonces una grabación sobre seguridad en el auditorio se reprodujo. Pocos pusieron atención sobre qué hacer si un terremoto, en este caso apellidado Cuthzï, de repente sacudía las cabezas; nadie supo que en caso de un incendio, por tanto flash y cámara, debíamos gatear.

Finalmente empezó. Una señora muy elegante, con vestido verde muy tieso y muy majo fue la maestra de ceremonia. Se dedicaron unos minutos a las palabras del rector de la Universidad Central el cual, a pesar de mi ubicación, no supe si leía un discurso o improvisaba, demostró una oratoria muy fina y precisa. Su reflexión sobre los personajes literarios que son más reales que los biológicamente comprobables fue inspiradora. Al terminar el rector, Cutse se puso de pie. Quería hablar, quería honrar a su público, quería destapar el secreto de su texto inédito. El cuento de la vieja y los gatos estaba a punto de ver la luz. Don Cuthzei vaciló, dio varias vueltas un poco desorientado. La elegante mujer le indicó que aún no era su turno. “Qué poder”, pensé, “esa señora se dio el lujo de hacer esperar a un nobel”. Pasó al estrado el director de la novísima maestría en creación narrativa de la U Central. Su discurso, a diferencia del pronunciado por el rector fue… no tan interesante.

Y llegó la hora. El señor Coetzee por fin hablaría luego de aparentemente pasar el rato entumecido con la mirada baja, como si leyera o durmiera o como si estuviera apenado frente a los asistentes. Ahora sí era el momento, sin titubeo se abalanzó al micrófono. Casi al unísono la mayoría de asistentes se puso los audífonos para escuchar la traducción en simultáneo. La expectativa estaba en la estratósfera. Con la naturalidad y sencillez de un caballero inglés agradeció a todos. Preparó sus papeles y empezó a leer. Por no ser el titular de los derechos patrimoniales ni morales de la obra leída ese día, me queda estrictamente prohibida la reproducción total o parcial del cuento que allí se leyó. Lo sé, una lástima querido lector. Pero puedo decir que en el cuento había muchos gatos y gatitos con personalidades y caritas.

El cuento terminó, muchos se pusieron de pie para ir a sus casas. Habían engullido la carroña que deseaban, ya estaban satisfechos con el banquete. Pero no, la noche no se había acabado. La mujer muy maja indicó que habría una presentación musical, de todas maneras muchos siguieron su camino sin preocuparse. Muy mal, muy mal. Eso no se hace. Pao, pao en ese culo. Después del regaño, ahora sí, los actos protocolarios de apertura del evento se habían terminado. El primero de los tres días del seminario llegaba a su fin y poco, en términos cuantitativos, había ocurrido.

A la salida me encontré con un viejo maestro, un amigo y escritor, el señor C., acompañado de la señora C. Junto al señor y la señora C. caminamos por las típicas y oscuras calles del centro hasta la estación de transmilenio de la 26. Con el señor C. hablamos, entre otras cosas, de proyectos editoriales y las impresiones del evento. Concluimos que el nobel era poseedor de un aura de sencillez y humildad muy agradable, y que la farándula literaria había salido de sus cavernas. Ahí termina el primer día.

II

Las ponencias habían iniciado. Uno a uno investigadores, escritores, literatos y académicos presentaron sus novedosas ideas sobre la obra de Joetze. Sin embargo, muchas de estas presentaciones no superaron la simple reseña o resumen de una que otra obra en específico, mezclando de vez en cuando algún concepto hiper-teórico, de esos que Benjamín o Adorno cifraron para la posteridad. Los mismos muebles de la noche anterior estaban ahí, dispuestos para que los ponentes estuvieran exhibidos a todo el público, con la sentencia de no poder aburrirse porque, como animales de zoológico, todos los observábamos. En esta ocasión que mi escarapela dijera si era Unicentralista o no pues no importaba para nada. A la larga, durante el segundo día el aforo fue intermitente y pobre. Y como no serlo, si la estrella era de origen Sudafricano, no Colombiano, gran diferencia por cierto.

En la sesión de la tarde se habló de la obra que había leído con esmero y rapidez, Esperando a los bárbaros. Por fin entendería algo de todo el parloteo. Por fin podría sentirme a la altura de los otros que sí leían a Cuetzse antes de volverse famoso, en Colombia. Y así se regaron en prosa los ponentes. Establecieron relaciones y paralelos entre una cosa y otra. Entre un sudafricano blanco y un ruso muerto de enfisema. De todas maneras continuaron con la tendencia. Al terminar alguien relevante dentro de las directivas del departamento de letras y humanidades nos planteó dos alternativas para el retorno del descanso. O ver la película Desgracia, proyectada justo encima del auditorio donde estábamos, o volver al mismo espacio y escuchar una conferencia sobre cómo ser novelista. En apariencia, ambas opciones muy atractivas. En apariencia.

Subí para tomar un café, de esos que daban gratis solo porque sí. No había. Una fila que iba creciendo con poca utilidad, se habían acabado los granos de café, y eso que estamos en Colombia. No me quedé de brazos cruzados, quería mi condenado café, así que aproveché que tenía una cita no prevista en Luvina y caminé. Aprovecho para mencionar que era martes, que era 9 de abril y que mucha gente había salido a marchar. De hecho, llegar al seminario fue una pesadilla por las olas interminables de hippies con camisetas blancas y sus arengas pro paz y amor. Insisto, hippies.

Una vez en Luvina hice lo que tenía que hacer. Tomar dos tazas de café y convencer a alguien que me concediera unos minutos para hablar del dios dinero. Así funciona el mundo. Ergo, no volví al seminario, más por pereza que por otra cosa. Y así, sin más emociones, termina el martes. Un poco decepcionante, ¿no?

III

Cataplum, cataplum. Muy a las 8am, cuando apenas llevaba como 40 minutos de clase, porque llegué tarde, ordenaron el desalojo en la Universidad Nacional, mi verdadera alma mater. 8 de la mañana y ya desocupado, cuando normalmente mi jornada académica iría hasta las 4pm. Con tanto tiempo libre no tuve ganas de ir desde temprano al seminario, ¿para qué si Kutesi estaría solo en la clausura, en la noche? Me imagino que así pensaron muchas personas. Aproveche esas horas para leer a Cervantes, dormir en el pasto y almorzar con mi chica. Así, sin más, por puro gusto a las cosas sencillas.

A las 2:30 decidí ir al seminario. Un par de ponencias me interesaba escucharlas. A las 3:30 llegué al auditorio, un trayecto de 15 minutos en buseta tardó una hora, y sin marchas ni hippies ni trancones ni nada, solo porque la condenada buseta no pasaba. ¿Vale en este caso llamar al “cómo conduzco”? Porque si sí, diría que conducía MUY LENTO.

Llegué en la segunda ponencia, la primera ya estaba perdida para mí. Aunque no recuerdo el título o el nombre del autor, puedo decir que ha sido la mejor y más entretenida ponencia que he escuchado. Resulta que este señor dividió su ponencia en tres partes, así como los tres días conGuetzcse, en un primer momento explicó su hipótesis, argumentos y demás, ahora bien, en la segunda parte, y acá al cosa se pone interesante, apareció una Elizabeth Costello, que vaya uno a saber si es la misma que se conoce o no, apareció un perro ladrando, una esposa, un autor de la ponencia que ahora era personaje y un narrador. Todo un despliegue creativo con diálogos, reflexiones, espacios y situaciones, un cuento. El tipo de la ponencia metió un cuento en su presentación. Bastante genial. Ya la tercera parte retornó a lo académico y lo aburrido, pero esa segunda parte fue… maravillosa.

Una ponencia y otra ponencia pasaron al frente, ya ni me acuerdo de qué, y eso que fue apenas ayer. Así que el tiempo voló, las presentaciones acabaron, y toda la gente que había llegado antes para tener un puesto en primera fila para verle las arrugas en la camisa a Cuetzie fueron desalojadas, porque era necesario hacer cambios en el escenario. Yo también, mi segunda vez ese día. Entonces, un tintico regalado, una ida al baño, un par de saludos y 5 minutos después estaba sin nada que hacer y una hora por delante. Entonces, como epifanía a lo Rimbaud, aparecieron el señor y la señora C. De nuevo me junté con ellos, una charla amena y poco densa en una cafetería cercana, en contraste a la taza de café más grande que he tomado, hasta ahora, la cual poco después, provocaría en mí un gran dolor de cabeza.

La hora pasó y otra vez en el auditorio me habían mandado al segundo piso, como si a los unicentralistas por no pagar nada no los quisieran cerca al nobel. Estaba en compañía de la pareja C. Luego de un rato, y tal como en el primer día, dado a que el aforo no se llenó, contrario a lo que dice El Espectador, nos bajaron. Rápidamente nos escabullimos, y como si fuéramos mejores escapistas que Houdini, llegamos a la zona reservada para periodistas. No mucho después una señorita llegó preguntando si éramos de prensa, los C. se fueron, yo me quedé. En mi cabeza formulaba la siguiente respuesta, en caso de usarla: este es el espacio de prensa, soy el editor de un par de revistas universitarias con temáticas culturales, ergo hago periodismo cultural, luego tengo derecho de estar acá”. Así de simple, pura lógica Aristotélica. De todas maneras no me preguntaron y eché raíces en ese asiento. Un rato después una mujer “periodista” se sentó a mi lado. Aunque muy voluptuosa y algo sensual, tenía una mala onda, como esas personas que fastidian solo con la presencia.

El evento de clausura empezó. Los cambios en la tarima fueron sencillamente retirar los muebles que duraron instalados dos días, y la disposición de unas cuantas cintas para separar zonas en la silletería, como la de prensa en donde estaba instalado. Así como en la apertura la mujer muy maja y muy tiesa, pero sin corbatín, volvió a ser la presentadora de la noche. Una gran mesa con delantal y nombres marcados alojó a las más altas directivas de esa universidad. Rector, miembros del consejo superior universitario, directores del departamento de letras y humanidades, representante estudiantil y, colado entre la burocracia tecnócrata, el querido señor Cutse.

Todos de pie para entonar el himno nacional. Luego sentados. Luego palabras de uno y otro directivo. Luego entrega del Doctorado honoris causa a Cauthcsze. El encargado de entregarlo, quien fuera el presidente de la academia colombiana de la lengua, cometió dos inocentes errores, tal vez por la edad. 1) Llamó Cotize a Coetzee, 2) Dio un salto en el tiempo y al leer el diploma dijo que era entregado el 10 de julio del año en curso. Tal vez el segundo error no fue su culpa, tal vez un error humano de alguna secretaria despistada, quién sabe.

Y, después de tanto protocolo, directo al grano. Coetzee hizo su conferencia sobre la censura que obviaré, pues en todos los medios ya reprodujeron lo dicho, a pesar de estar prohibida su reproducción total o parcial de la obra al no ser la universidad central titular de los derechos patrimoniales ni morales. Entonces, ¿qué decir al respecto? Un error logístico, que en mi produjo el sentimiento de pena ajena, cuando en medio de la conferencia el sonido falló, dejando a Jota Eme Coetzee repitiendo “let me… let me… let me…” cada que pensaba que el problema técnico fue arreglado. En su lugar hubiera dicho, así como otro gran personaje nacido en África, “mama mia let me go”.

Y luego, pues el discurso acabó, el ambiente estalló en aplausos y todos, pero todos, a sus casas… claro, obviando que tuvimos que hacer una larga y tediosa fila para entregar los audífonos, otra vez como el primer día.

Me despedí del señor C., de la señora C. no porque no al encontré. Me fui con unos amigos a comer pasteles de pollo sobre la séptima, y hablamos de la situación de los talleres literarios y de las supuestas fórmulas para ser escritor, a propósito de la conferencia del día anterior a la que no fui, pero ellos sí. Y Acá termino, porque contar todo de todo se lo dejo al narrador omnisciente, y yo, como primera persona debo pensar primero en mi agotamiento. Adiós señor J.M. Coetzee, sabrá perdonar, si alguna vez lee esto, que el juego con la ortografía de su nombre y apellido es resultado de la dificultad que se evidenció en esos tres días para poner a todos los involucrados de acuerdo con una correcta pronunciación.

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© Andrés Gulla-Ván

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