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No vuelvo nunca más a la Feria

Escrito por Simón Posada, Exlibris 2011.

Todos los años digo lo mismo. “El próximo año no vuelvo a la Feria”. Y ahí estoy de nuevo, con mis nervios a prueba. Esta vez, me volví a perder en el parqueadero. Un grupo de señoritas que fueron contratadas para guiar a los visitantes, estaban sumidas en una conversación entre sí y no me dijeron nada al ver con claridad que me dirigía a un ascensor que no funcionaba. Además, mientras parqueaba, una gritó de forma innecesaria: creyó que iba a estrellar al BMW que estaba a mi lado.

Después, como siempre entro con boletas de cortesía –sería el colmo pagar para comprar libros por el mismo precio que puedo comprarlos todo el año–, unos tipejos de la entrada pretendían ponerme a llenar un formulario de-no-sé-qué en una sala oscura. Supe huir, porque ya soy un hombre curtido en huir. La Feria del Libro me ha dado el entrenamiento necesario para huir de vendedores de cursos de inglés, caricaturistas empolvados con mochilas tejidas e imbéciles disfrazados de la época de Jesús que venden libros religiosos.

No me gusta la Feria del Libro, porque es para todo el mundo, menos para la gente que compra libros. Grupos de música en vivo, hordas de niños de colegio, libros a precio de todo el año y de las mismas editoriales de siempre, vendedores más ineptos que de costumbre, más iletrados que de costumbre, más incisivos que de costumbre. Es como si los vendedores de tenis de San Andresito cambiaran de empleo por esos quince días, porque creen que vender libros es lo mismo que vender tangas o televisores.

Y las rifas. Por Dios. Después de pagar, en algunos stands entregan la boleta para la rifa de un televisor. Yo, la verdad, no soy capaz de llenar una boleta para un televisor que sé que no me voy a ganar si tengo los pies adoloridos, los ojos cansados, la paciencia rota de tanto hacer filas, de esquivar vendedores de “el libro más pequeño del mundo”, soportar los volantes de suscripciones de revistas, intentar encontrar una mesa para almorzar, caminar como nunca para encontrar un baño, evitar ex novias que uno quisiera atropellar, esquivar niños que corren, esconderse de ex compañeros de colegio que no vemos hace diez años, rozarse con señores que van en sudadera deportiva antes de ir al gimnasio y señoras lerdas que no se dan cuenta que hay otros que quieren mirar libros en vez de sus traseros caídos, que estorban a la vista mientras ellas esperan a que su amiga o su marido terminen de pagar.

Pero la experiencia de ser visitantes en la Feria del Libro, no se compara con lo traumático que puede ser invitado y participante. La última vez, mi editorial dijo que yo debía firmar libros al medio día de un sábado, una hora desoladora, triste y que me hizo sentir como esas niñas de películas rosas que venden besos en ferias de pueblo. Gente que nunca había sabido de mí me pedían posar con ellos para una foto o que les autografiara la boleta de la entrada a la feria. Incluso, un imbécil que recuerdo bien y al que no he perdido de vista me hizo la peor entrevista que haya podido presenciar.

En otra ocasión, en el lanzamiento de mi primer libro, un animalito de coctel, de esos seres de boina y barba esforzada, le dijo a mi mamá, que estaba sentada a su lado sin saberlo, “ja, ese se ve que publicó por palanca”. Mi mamá, indignada, lo insultó. Al final, un “mamertoide”, con aliento a canelazo, se me acercó y me regañó, por no haber hablado de Luis Tejada, y me dijo que al año siguiente nos encontraríamos de nuevo en la feria. Todavía no entiendo por qué debí haber hablado de Luis Tejada, como tampoco entiendo por qué continúo yendo a la Feria del Libro. Pero sí sé que esta columna es odiosa, egocéntrica, clasista y prepotente. Pero no me importa. Escribo como cliente, y el cliente, en el capitalismo, siempre tiene la razón. Amén.

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