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Tintas, amores y papel: Quijotadas bibliosexuales

Escrito por // Andrés Gulla-Ván // fabian.gulla@gmail.com

Fotografía // Daniel Lara // vanjerono@gmail.com

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Dulcinea de Toboso es poca cosa frente al amor que padecí en esos pocos días. Insensata fijación a lo escrito y palpable. Esos días y esas noches, de mi cabeza, el pecado lujurioso tomó.

A veces en un estante, a veces en los pasillos. Hallé múltiples amores, muchos antojos platónicos por tocar y oler lomos y cuerpos con alto y bajo gramaje.

—     ¿Qué importa?

—     No mucho.

Porque he buscado esas voces que destacan de la multitud, y claro, sin Odiseo que encere mis oídos, muchas veces me he revolcado en camas imaginadas. Me he perdido en mares de cartas enviadas desde la orilla de la imaginación. Allí, donde he imaginado acariciar a miles, bajo el intenso sol que ciega las pantallas, convirtiéndolas en costosísimos pisapapeles, y donde mis dedos han recorrido, milímetro por vez, esas curvas y superficies que transpiran deseo, como pisadas en el fango

Varios días he recorrido esos hangares, chalets y mausoleos de millares de vocales, espacios y tipos. Varios kilómetros en círculo y espirales, a lo alto y bajo, gateando y estirando el gaznate. Así encuentro a mis amantes, a esas y esos, porque el género poco me preocupa, cuyos besos y sexo cautivan mis ojos por decenas y miles de horas. ¡Cómo los amo!

Pero de vez en cuando la búsqueda es vacua, y en esos tiempos mi mente es víctima de Frestón, cuyos molinos hizo pasar por jóvenes y hermosas mujeres de carne y verdad. Con facciones marcadas y gruesas piernas y en ocasiones con lentes. Me contento con verlas caminar, así sea una vez, pues luego mi mente maquinará cientos de historias, que tal vez terminen en papel, y del mismo modo, pero en sentido contrario, esas frases libidinosas harán correr algunas gotas de sudor. No puedo ocultar mi fascinación por tal o cual, e incluso una lolita, la lolita.

Mis amores en ocasiones son rústicos y otras más son duros. Pesados o delgados, con años encima o con la tinta fresca. Esos amores que mucho he disfrutado y que mucho me han absorbido, generando periodos de chifladura y ostracismo. He perdido amigos, conocidos y mi familia me ha rechazado muchas veces por no controlar esos salvajes e ilustres deseos de leer. De actualizar mi software. Y por eso mismo he sido obligado a resguardarme del mundo real, justamente por serme poco leal.

Creo en el monte de venus, en las curvas y en la piel fragante. Creo en la palabra escrita y la palabra no dicha. Creo en las interpretaciones santísimas de cualquier lector. Creo en su sexo arrojándose contra el mío, en fluidos y lubricaciones. Creo en sus senos como en las letras que forman palabras. Y en sus besos, tibios y levemente empapados, que me recuerdan la página donde he quedado. En libros de física que expliquen el movimiento pendular continuo, en las caderas desjuiciadas. Creo en la arritmia de nuestros pasos cuando, nerviosos y con miradas furtivas, nos acercamos arrastrando las bolsas llenas de libros, y con alguna frase sacada de alguna novela inicia la épica. Creo, sobre todo, en los olores de recién destapado, de libro nuevo y de calzón mojado. Solo soporto los plásticos cuando sirven para proteger de la humedad y de la sífilis.

Pero cómo no perecer, enamorado y loco, cuando sus pieles lozanas y limpias parecen de plástico, o con parcial UV, inmortales  y siempre bellas. Así, sin más, es el primer contacto, con la primera fijación. Dirán que soy superficial y fofo, pero todos deben admitir que en amores y odios lo primero es el ojo. Pero eso sí, de las mujeres el ojo no quito.

—     ¿Por qué?

—     Porque me gustan todas. Y más si son las que me imagino cuando paso de un libro a otro.

—     ¿Y cómo las imaginás?

—     Haciéndoles de todo. Por arriba, por abajo. Regándome en ellas o que ellas eyaculen sus letras sobre mi cara.

—     ¡Tan guache, marrano!

—     No importa, así las amo.

Pero de caballeros es no revelar identidades de damas o concubinas, aunque licencia si me doy de revelar que en feria muchas mujerzuelas en papel, en digital o kindle, o desparramando firmas se encuentran por ahí, en cada banca o junto a los baños. Y como caballero andante que monta corcel que era Rocín antes, debo apelar a Palas y su sapiencia para, con humildad y hombría, reconocer que tanto amor unidireccional mi desgracia traerá.

Mejor dejo la caballería, y de los pasillos y stands dejo de pasear, pues poco aguanta mi bolsillo. Calmar las calenturas carnales y mentales no es barato, y menos en una feria donde pocos libros son realmente accesibles. Pero sé que a cita obligada debo acudir, año a año con mis putas encuadernadas y tristes. Me voy a leer, y a jalármela.

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