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Le voy a prendé una vela, y a zamparle un trago e’ ron

Le voy a prendé una vela, y a zamparle un trago e’ ron

Escrito por: Pablo Convers

Ilustraciones: Geison Castañeda

Tomamos un taxi en la vía a Puerto Colombia, muy cerca del nuevo apartamento de Ricardo, un dupléx en un décimo piso con vista al mar. Salimos camino al Romelio Martínez, el coliseo de Barranquilla donde se coronaba a la Reina del Carnaval. En todo evento, más cuando hay entrada gratuita, hay que hacer filas de dos o tres horas. Pero Ricardo no podía esperar todo ese tiempo bajo el sol de Barranquilla, ni siquiera el sol que cae en la tarde, no sólo por su frágil genio en temperaturas altas, sino por su columna, intervenida en tres ocasiones para tratar varias hernias que había desarrollado por sus incontables amoríos y trasteos, dos cosas intrínsecamente relacionadas.

Geison

Después de parar un taxi, negoció con el conductor el precio de la carrera con su mejor imitación de acento costeño “eche pero si todavía no es carnaval”. Logró un descuento de dos mil pesos. El taxista se rió, probablemente por la mala imitación de Ricardo y dijo que llevaban en Carnaval desde principios de enero, pero accedió a la rebaja, “porque en Barranquilla nadie pelea”. O por el contrario como dice el famoso vallenato, “todo el mundo pelea”.

El taxi que tomamos venía de Cartagena, había llevado dos gringos como de la edad de Ricardo (alrededor de unos sesenta años) para que recogieran dos mulatas buenonas y querendonas. Contó que los gringos invitaron a las “chicas” a unos tragos, para luego ir a Puerto Colombia. En el viaje caí en cuenta que montar en taxi implica una inmersión, la Virgen María sobre la guantera, el perrito con cuello articulado, las charlas con los taxistas, y como no, sí señor, la luciérnaga. La cuestión es que en el taxi se alcanza a preservar aquella burbuja de privacidad que intentamos mantener para olvidar el mundo. Este intento resulta completamente infructífero en un bus y por eso, montar en uno puede ser revelador.

A la mañana siguiente confirmé esta impresión. Decidimos tomar un bus para ir a la Batalla de Flores, pues era preferible que aventurarse a conseguir un taxi. La mayoría están ocupados y aprovechan la invasión de extranjeros: el precio de la carrera se negocia según el marrano, si el pasajero no lo define antes de subir, el taxista parte la lechona.

Entonces, tomamos un bus con trompa larga, carrocería y motor vetusto, chasis nuevo; un “cebollero” de esos que paran donde se les da la gana. El interior estaba decorado de colores vivos, donde predominaba el rojo del cuero de la cabina del conductor. Al fondo algunos pasajeros se encontraban mamando ron pa’ calentar motores y llegar bien entonados. Logramos sentarnos. En el radio del bus, porque buen bus tiene radio a todo volumen, sonaba El Garabato de Coronell“Cuando Emiliano se muera, Yo voy a cargá el cajón, Le voy a prendé’ una vela, Y a zamparle’ un trago e’ ron”. No demoró mucho en llenarse y aquel vehículo se convirtió en un baño turco.

Al llegar a nuestro destino, nos abrimos paso sobre la materia blanda de los cuerpos apachurrados y salimos, de la de prisión de calor, al fuego vivo de las calles. Como buenos cachacos nos escurríamos hábilmente entre las sombras de árboles y muros hasta que dimos con la avenida donde se encontraba pasando la Batalla de Flores. Me desilusioné. Cuando había oído acerca de los palcos, jamás me imaginé que estos ocuparan toda la avenida por donde pasaba el carnaval, no se veía un carajo. Me acabé de derrumbar cuando los revendedores no bajaban las entradas de 100 mil pesos, “me los pagan cuando entren” decían para dar confianza sobre la autenticidad de la boleta. Intentamos llegar al palco 33 donde estaba un amigo, pero era imposible transitar detrás de los palcos que dejaban un reducido espacio peatonal, lleno a reventar de personas tratando de ver el desfile a través de los espacios entre bancas y piernas de la gente. Las personas se convertían en un obstáculo infranqueable, era una masa sólida esperando ver un pedazo de pluma o lentejuela.

Mi viaje no fue exclusivamente para conocer el Carnaval, quería visitar a Ricardo a quien no veía desde hacía dos meses. El pobre hombre había terminado con su novia de Barranquilla y aunque nunca lo mencionó era claro para mí que se sentía sólo. Todos sus hijos se encontraban en Bogotá, y él como cachaco converso, está completamente enamorado de la costa. Creo que lo entiendo, debe ser algo en el aire, en el clima, en las mujeres, en las noches cálidas con el pasar de la brisa del mar por su ventana. Algo en todo eso le hacía bien a sus huesos y a su alma, algo que no lo hacía sentir viejo, que alivianaba su carga.

La primera impresión del Carnaval no fue la mejor. La imagen de las personas subidas a los árboles, muros y bolardos, las masas tratando de colar su vista para ver las comparsas y las carrozas, me decía, esto está mal. Es una fiesta excluyente, el Carnaval es más que el desfile de comparsas, es poder interactuar con ellas, “el que la vive es el que la goza” no el que la ve pasar en un palco, o el que se queda por fuera trepado para verlo. Se me ocurrió que de pronto estaba en el lugar equivocado. Decidimos probar suerte más tarde en el desfile de la 43 que empezaba en la tarde.

Vimos la Batalla de Flores por Tele Caribe, comiendo una Punta de Anca de carne sinuana, con patacón y suero costeño. Qué delicia. Quizá de haber venido con amigos estaría, para ese punto, en un palco completamente borracho al son de una parranda vallenata y sin mayor conciencia sobre lo que pasaba en el desfile. Después fuimos a la 43 y mi sospecha se fue revelando como cierta. Era el Carnaval que había imaginado, sin palcos, con la gente en la calle entrando en las comparsas para bailar con ellas, todos tomando, ron, cerveza.

Ricardo se dio cuenta que ya no estaba viendo el Carnaval: era parte de él y lo estaba viviendo. Mientras recobraba fuerzas tomé la cámara y me volví uno con ella, sin tener la menor idea de fotografía o de cómo manejarla, tomé y tomé fotos. Dentro de las comparsas, a los lados, desde arriba de los andenes sobredimensionados a prueba de los arroyos, de las personas, incluso de los policías que apartaban a la gente. Tomé cuanta degustación de trago me dieron. Dejé la cámara de lado y terminé tumbado en el andén hasta ver pasar las últimas comparsas. Cuando cayó el sol, cansado, algo borracho y sin arrepentimiento alguno, nos devolvimos a Puerto Colombia para retomar fuerzas. ¿Y después? Me la pegué con todos los juguetes por dos días hasta enterrarla disfrazado de Mono cuco.

Con la muerte de Joselito, después de dos meses consagrados a la celebración y una cumbre de cuatro días de rumba desenfrenada, el ritual de renovación se encontraba completo.La ciudad despertó para el miércoles de ceniza y por arte de magia la cruz en la frente borró toda la culpa de los cristianos.

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