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Paseo Inmoral

Paseo Inmoral

Escrito por: JJ Ortega // jota.ortega@gmail.com

Fotografía: Mauricio Mejía // mauriciomejia90@hotmail.com

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Tristeza.

Se escucha a Roberto Laserie por la séptima y es imposible ignorarlo. La voz de quien lo interpreta está llena de nostalgia. Algunas personas se detienen por un instante, otras se agachan para depositar unas monedas y siguen de largo.

Este Laserie tiene los zapatos tan deshilachados como el resto de sus ropas. Se ayuda de un parlante y un micrófono viejos. Su voz es melancolía pura. La voz del bolero tallada en los andares de la vida con todas sus alegrías y tristezas, del amante solitario, del desengaño, del que apuesta, fracasa y se ríe  a carcajadas.

La mirada de los asistentes se pierde en la profundidad de la calle. Hay un inevitable regreso al ayer, a los buenos y malos recuerdos, a rostros de gente que ya no está, a risas, desdichas e ilusiones olvidadas. Una lluvia lenta espanta a los presentes y sirve de telón de fondo. El espectáculo ha terminado.

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Ritmo.

La encontré por la cincuenta y tres entre las ventas callejeras de Galerías. Usa sombreros de lana y abrigos de paño. Tras los mechones retorcidos de su pelo se esconde una minúscula sonrisa que brilla cuando las monedas rebotan en el estuche de su violín.

De las cuerdas surge algo lento que se va transformando en un jazz bailable. El auditorio marca los ritmos con pies y manos. Algo de surrealismo pinta la escena. Los transeúntes se contagian de un sonido extraño, lleno de color.

Un desconocido pregona que la violinista quiere llegar a Londres. Las colaboraciones no se hacen esperar y de la música nace una repentina atmósfera positiva, una solidaridad manifiesta que contagia por un instante.

La damita termina con una reverencia a Vivaldi y otra al público. Los aplausos resuenan y desaparecen mientras la ciudad se reconfigura. La calle vuelve a ser la misma de antes.

 

Movimiento.

Las claves sacuden el banquito de madera. En la otra mano, el mulato ciego sostiene una gorra donde recoge las gratitudes voluntarias. De su garganta se desprende cadencia y mestizaje. El espacio es reducido y el auditorio cambia constantemente mientras la imagen del sonero del puente de la ochenta y cinco permanece inamovible, tatuada en la piel de la ciudad.

Una comunión misteriosa entre la percusión y la voz se materializa. Una transmutación instantánea de sonido y movimiento. El sonero se despoja totalmente y cada extensión de su cuerpo actúa como un instrumento más.

En medio del insoportable bullicio citadino, el fuego de un son irrumpe sin complejos, fuerte y lleno de vida. Los pasos adquieren sentido y nace un ritual de danza espontánea al tiempo que una voz de leño ardiendo pregona: ¡Tuna se quemó, Tuna se quemó!

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