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Balada Pollina

Balada Pollina

Escrito por: Alfredo López Tobías || lopeztobias@yahoo.es

Ilustrado por: Verónica Alvarado ||veronica.estandar@gmail.com

 

Homenaje a la Niña Emilia,

Música de Carnaval

Mambaco, mambaco, mambaco,
baco mambaco

Voy a contarles una historia múltiple, tan humana como los cuarenta y seis cromosomas de la especie, como el pulgar, como la sonrisa, como el caminar erguido, como la cópula multipostural del kamasutra global, como la vileza, la razón y la vulgaridad. Y como vulgar y de mal gusto podrá ser considerada, será mejor que las castas mentes de mamasanta aparten sus ojos y se vayan a rezar una tira de avemarías mientras se aprietan un sílice en la pierna.

Mambaco, mambaco, mambaco,
baco mambaco

Cuenta el más críptico de los papiros hallados en las cuevas de Qumrán, a orillas del Mar Muerto, que en el Paraíso, además de Adán y Eva, había también una burra, una chiva y una perra. Relata el arameo que la manzana era la burra, era la chiva, era la perra. Narra alucinado el amanuense que Adán mordió a la burra, mordió a la chiva, mordió a la perra. En la cima de su relato el ignoto predicador afirma que la primera tentación de Cristo no fue humana. Además, el texto relata, en imágenes propias de la grafía de la porné, cómo el Paráclito, es decir la Paloma, inoculó su semilla divina en la humanidad de una virgen aficionada a los pichones.

Mambaco, mambaco, mambaco,
baco mambaco

Según una versión gnóstica del Mahabarata desarrollada y difundida por los Paja-iza, tribu de los altos pastizales del Ganges más septentrional, Krishna, el inconsolable, a quien no saciaban todos los agujeros de la humanidad, hallaba un atisbo de alivio gimiendo en medio del redil. Sentía que sólo las vacas calmaban el ímpetu desbocado de su tranca descomunal.

Mambaco, mambaco, mambaco,
baco mambaco

En textos de Virgilio, Apolodoro, Pausanias y otros compiladores de historias, puede leerse que Pasifae, reina de Creta y mujer de Minos, sufría incontenibles efluvios febriles cada vez que pensaba en el más hermoso de los toros blancos que pertenecían a su marido. De tanto ardor la reina ordenó construir una hueca estatua de vaca con un orificio justo debajo de la cola. Por órdenes de la reina la estatua fue llevada a los establos. Pasifae, una noche de luna llena, acomodada dentro del artificio y mejor dotada que cualquier fémina viva, recibió la envestida de la bestia. De aquel encuentro nació el Minotauro.

Mambaco, mambaco, mambaco,
baco mambaco

Entre las páginas de Il Milione de Marco Polo, en una nota al pié, se relata que Kublai Khan, emperador de emperadores, nieto de Gengis Khan, último Gran Khan mongol, primer emperador chino de la dinastía Yuan, contaba con una recua de mil yeguas y mil camellas que abastecían de leche a toda la corte. Reza la cita: “El Khan se jactaba diciendo a todos los hombres llegados a sus dominios que entre toda la vasta biología animal ningún aparato como el de sus yeguas para succionar”.

Mambaco, mambaco, mambaco,
baco mambaco

Cuenta la Saga nórdica del valle de Jostedal que a bordo de cada embarcación guerrera había siempre una cabra montés a la que llamaban Valkiria. La cabra era sagrada. Valkiria regulaba la tención sexual y el exceso de testosterona en la sangre, lo que disminuía la posibilidad de roces homosexuales entre los guerreros vikingos; roces odiosos a los ojos de Óðinn. Las tradiciones posteriores, en detrimento de la cabra, redujeron el papel de Valkiria a la categoría de mera mascota.

Mambaco, mambaco, mambaco,
baco mambaco

Según la crónica de Indias transcrita por el monje benedictino Juan de La Embustería, en su camino hacia Cuzco el comandante Francisco Pizarro, desde la orilla de un pantano selvático que recibía sus aguas del Amazonas, observó a un grupo de manatíes nadando en la superficie. Sumido en un delirio palúdico el conquistador ordenó a sus mejores hombres que atraparan a una de esas sirenas y se la llevaran a su tienda. Cinco noches y cinco días yació Pizarro con la sirena rechonchona, hasta que escuchó su canto.

Cundé, cundé, cundé, con qué me lo limpiaré, con qué me lo
limpiaré

Registrado ya en los códices precolombinos y embarcado en las carabelas españolas, el comercio venéreo con los animales llegó al Caribe colombiano para quedarse. ¿Cuántos en esa región,
me pregunto, no llevan como un inri vergonzante el fabuloso apodo de “mamaperra”?

Se dice que no es la perra la más apetecida por los varones caribeños, quienes antes de conocer mujer alguna juegan su corazón al azar y se los gana una burra. ¡Una burra! ¡María Casquitos de mi corazón! Pero el calor excesivo seca lo sesos, y el machito caribeño, además de burras y perras, explora entre terneras, vacas, chivas y puercas. Sin embargo, no satisfecho entre el orden de los mamíferos, el pequeño perverso polimorfo extiende sus escarceos al orden de las aves de corral. En múltiples ocasiones he escuchado que más de una gallina ha exhalado su último aliento en una cópula fulminante que supera en exceso las dimensiones de cualquier plumífera. A excepción del ñandú y el avestruz. Pero estas dos últimas, por el bien de sus propias especies, no medran en el Caribe colombiano.

De la vaca se dice que ni siquiera se inmuta, de la chiva que aprieta, de la puerca que se queda quieta, quietecita, de la perra que es mejor que te conozca, y de la burra infinitas historias, como esta:

Erase una vez Marimonda y Mondaquita, máscaras para ocultar el rostro plural de muchos amigos y conocidos que no estarían dispuestos a reconocer sus nombres en la larga lista de los que solían
frecuentar a María Casquitos ¡Ahh! ¡La vergüenza del viejo amante de la burra!

A la edad de catorce años, este par de burreros empedernidos, padecían de un trastorno psiquiátrico catalogado en el DSM IV como El mal de la picha ciega. A esa edad ya habían acabado con toda la fauna domestica circundante, de la que no se habían salvado ni siquiera las morrocoyas.

Expertos en el arte amatorio de la burra, solían frecuentar a la casquivana en una finquita, chiquita, una parcelita, o, cuando se presentaba la ocasión, en cualquier monte, solar, trocha, patio o traspatio. La burra, sépanlo ustedes señoras y señores, es una hembra rural, a la que se visita en un lugar apartado. ¡Jamás he escuchado a un burrero decir que tenía a la Casquitos encerrada en casa!

Cundé, cundé, cundé, con qué me lo limpiaré, con qué me lo
limpiaré

Entonces Marimonda y Mondaquita frecuentaban la finquita. En la finquita había una burrita. Una burrita con la barriga redondita. Marimonda y Mondaquita le sobaban la barriguita y se la llevaban para la sombrita, debajo de un palo de mango, y allí se disponían a compartirla. “Compartirás a tu burra”, reza el primer mandamiento de la ley del burrero.

Pantalones y calzoncillos abajo, Marimonda copula con la burra, y en un santiamén termina agotado ¿Qué pensará ella, si es que piensa algo? Diseñada biológicamente para recibir el impacto de una chorra de dimensiones burriles, cincuenta de largo con veinte de diámetro, la pollina sintió apenas un pequeño hormigueo en sus entraña. Entonces le tocó el turno a Mondaquita.

Desde hacía varias semanas el suelo de la finca estaba tapizado por cientos y cientos de mangos que, al estar maduros, se caían de los árboles. Mondaquita, afanado, procedió al ensamble inter-especie. Mientras se agitaba en posición vertical, aquel pequeño pervertido comenzó a sentir una viscosidad inusual. Los animales son incontinentes por naturaleza. La pollina había sentido el llamado primordial de las heces. Mientras aquel macho extraño intentaba sin éxito aparearse con ella, la burra soltó un chirrete de mierda por el conducto regular desde lo más profundo de sus intestinos. Con el hocico a ras del suelo, se había pasado todo el día comiendo mangos podridos. Cagado y avergonzado, Mondaquita aun hoy no lograr superar el trauma ni la vergüenza cada vez que le recuerdan lo sucedido.

Cundé, cundé, cundé, con qué me lo limpiaré, con qué me lo limpiaré

Ante la imagen de Mondaquita cagado, con los pantalones abajo, vienen a mi mente unas preguntas de carácter ético. Cualquiera de ustedes, queridos lectores, podría ayudarme a responderlas. Primera: ¿Será posible algún día, en aquel país libérrimo consagrado al Corazón de Jesús, el matrimonio civil entre la burra y el burrero? Segunda: ¿Si alguno de los lectores copula con una burra, le es infiel a su pareja? Tercera, dirigida en exclusiva a las hembras humanas, mujeres hechas y derechas nacidas y criadas bajo la canícula solar del medio día en el Caribe colombiano: ¿Qué piensan de la ineludible posibilidad de que sus padres, amigos, novios o maridos, sean o hayan sido burreros empedernidos?


 

Esquirla: a propósito de la Niña Emilia, ¿Alguien podría decirme qué dice la vieja después del estribillo:

mambaco, mambaco, mambaco, baco mambaco?

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