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En Muerta Vida

En Muerta Vida

Escrito por: Paula rojas || esteeselcorreorojasrodriguez@gmail.com

Ilustrado por: Lulla || lauraluciatorres@gmail.com

Silencio. Por muchos años, después de que abandona el nido, de que es testigo de infinidad de crepúsculos, de las más altas puestas del sol, de inviernos tormentosos o de excéntricos equinoccios, el pájaro espino sólo tiene un propósito, encontrar un árbol espinoso para clavarse en él. Y el largo viaje que hace para encontrarlo está repleto de abstenciones, intensas y secretas, que prohíben proferir cualquier tipo de sonido. Sin importar las condiciones, debe obligar a su organismo a internarse en un profundo silencio. Ir en contra de su naturaleza, batallar contra su esencia y concentrarse en su objetivo sin pensar en obtener una regeneración bestial.

Su eterno mutismo no busca exhibir una enfática percepción de inferioridad o, peor aún, de invisibilidad, ¡no! Se mantiene en profundo silencio porque desde su nacimiento ha buscado desesperadamente el dolor, cruel, agudo, enloquecedor, superlativo… Un dolor que lo saque del aturdimiento, que lo incinere por dentro, que haga que arda su medula, su lomo, sus alas. Un inmenso desconsuelo que haga que sus plumas caigan, se desvanezcan en el aire, promoviendo remolinos intensos de paraísos cromáticos. Pero ¿Cuál es el atractivo que ve aquel pájaro en el dolor? Masoquismo animal, tal vez.

Su viaje es incansable. Vuela sobre la faz de la tierra sin detenerse en la copa de los árboles para maravillarse con el paisaje, no busca ramas con la intención de crear un nido y sorprender a las señoritas que lo acorralan, no busca ningún tipo de atención en los demás pájaros, no le interesan las semillas ni los frutos salvajes, además que ni de la existencia de los peces se atiene. Convirtiéndose en un pájaro desconocido, forastero y solitario, un nómada con propósito, una ave diferente e indómita. Pero es ahí, en ese largo, a veces corto viaje, cuando de pronto encuentra el árbol, lo divisa, lo huele, vuela sobre él, detallándolo, rozando con sus alas sus hojas, mirando de cerca sus despiadadas espinas puntiagudas, filosas, orgullosas de infligir dolor, porque para eso han sido creadas, para ser bañadas por la sangre de su víctima, su bien visto por todos como mal, el efluvio rubí que las empodera y las honra.

El pájaro espino lo descubre, se entusiasma, se excita, una excitación feroz que hace que sus alas se agiten más rápido y vibren, empieza un vuelo radial lleno de un placer apoteósico que lo sitúa en su propio empíreo. Allí está, la espina más larga y afilada esperando para matarlo, el pájaro aumentando su velocidad la contempla desde el cielo, siente al aire ayudándolo para continuar, las hojas de un limitado verde abrazándose para salvaguardarlo y las fuertes ramas, teñidas de un profundo marrón, alzadas para darle paso. El pájaro toma impulso y sin antagonismos, dudas o falsos miedos, abre su pico y se entierra en la espina. ¡GLORIA!

El mundo se enmudece, los demás animales de la tierra abren sus ojos, se dilatan sus pupilas, agudizan sus oídos y escuchan por primera y última vez, el canto más hermoso que nunca jamás hayan escuchado. Es un canto eterno, divino, exultante, un sonido que posee una fuerza estimada a la de mil volcanes en erupción, un canto que reduce a nada al canturreo del ruiseñor. Es la voz de Dios, quien sonríe en el cielo, rebosante de felicidad divina, por haberlo creado para morir.

Después de que su sangre ha besado la tierra fértil, su cuerpo se desploma inmutable. Si alguien se acercara con intención de tocarlo, lo sentirían caliente, fogoso, vivo. ¡Jamás muerto! Oirían su corazón latir porque ha materializado su ilusión, porque ahora es un ser vivo, que ante los ojos frívolos de los demás está muerto. Sin embargo, las almas puras y sensibles sienten su corazón hinchado, robusto, inflado, es tanta la dicha que entienden, por primera vez, lo que declaraba Collen McCullough “Lo mejor sólo se compra con grandes dolores… al menos, así lo dice la leyenda del pájaro espino”.

 

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