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Entrevista con Antonio Caballero. “A lo mejor, a lo peor, acabo teniendo razón… Otra vez”

Entrevista con Antonio Caballero. “A lo mejor, a lo peor, acabo teniendo razón… Otra vez”

Escrito por: Andrés Páramo || andres.paramo.izquierdo@gmail.com

Fotos por: Daniel Lara || vanjerono@gmail.com

Llevo quince años siguiéndole la pista a Antonio Caballero. Al principio, se trataba de una imposición heredada probablemente de una tradición familiar mucho más vieja: la lectura obligada que Klim (Lucas Caballero, el tío) fue para la generación familiar anterior a la mía.

Desde entonces, lo quise saber todo. Como en una pesquisa criminal que se va hasta el extremo del detalle. Fue obvio que con el paso del tiempo hice el tránsito corriente de la devoción absoluta al entendimiento. Y luego de éste al cuestionamiento. Yo tejí una relación abstracta, que no existía en el plano real, pero que, pese a la lejanía, se me hacía familiar.

Quince años después, en la realidad, Caballero nos recibió con su particular ceño fruncido. Con su voz grave y mínima que decía “bienvenidos”. Luego desapareció a la cocina y echó un murmullo ofreciéndonos distintos tipos de licor. Aceptamos whiskey. Todos tomamos whiskey. The Famous Grouse. El de él, con hielo y agua.  La casa es una sola sala de estudio: libros atiborrados, tirados por el piso los unos, montados en desorden en una estantería, los otros. Revistas. Periódicos. Fragmentos de cosas que podrían bien no tener ningún sentido. Historia, política, violencia, literatura, arte. Todos esos temas que maneja y de los que escribe están en ese pequeñísimo rincón del mundo. Cuadros de Luis Caballero a lado y lado. Una mesa que, más que de un escritor convencional, parece la de un historiador huraño que busca la clave para resolver algo: una lupa, una máquina de escribir, un computador de última generación, portátil, diminuto. Garabatos aquí y allá.

 Nos sentamos en medio de libros tirados y sillones mullidos. Brindamos con él no sin cierta solemnidad. Se relajó, bebió, y dejó un trago casi intacto al lado suyo. Empezamos.

Andrés Páramo: Esta edición de la revista Ex-Libris se llama Animal, así que primero le haré unas preguntas sobre toros. Yo leí en un artículo que hizo Germán Santamaría, a propósito del Premio Simón Bolívar de “toda una vida” que usted recibió, en el que decía que su gusto por los toros no venía de una tradición familiar, ¿eso es verdad? ¿de dónde viene, entonces?

Antonio Caballero: Lo adquirí en España. Yo desde niño iba a toros pero una o dos veces al año, como quien va a cine. Al cabo de varios años en España descubrí, ya de viejo, que los toros eran mucho más que un espectáculo. Que eran mucho más que un entretenimiento. Lo descubrí viendo a un torero que se llama Rafael de Paula. Un torero gitano y, sí, el hecho de ser gitano es muy importante en su toreo. Pero no es solo eso, sino que él me descubrió en el toreo una profundidad que yo no había visto nunca. Yo creía que era simplemente un espectáculo pintoresco para pasar un rato. Y bueno, veía también el valor, y el colorido, y el peligro, y la muerte. Pero no había visto lo que era torear.

P: En todos estos años que usted ha defendido la fiesta brava, ¿ha habido algún antitaurino que le haya presentado un argumento que lo haya hecho dudar de sus convicciones?

C: No. Es decir, los argumentos de los antitaurinos son de personas que no han visto nunca lo que son los toros. Son argumentos de personas que han oído que se matan a los toros. Y “pobre torito” y “pobre animal”. Naturalmente, se trata de una pelea que es cruel y en la cual el toro lleva siempre las de perder. Porque está hecho para eso. No es una pelea de gladiadores de circo romano. Es un sacrificio y la víctima es el toro. Son, en su mayoría, argumentos “animalitarios”, como copia y caricatura de lo humanitario. La relación entre los hombres y los animales no es humanitaria. Son especies diferentes. Y yo no creo que ningún animal sea tratado mejor por los hombres que un toro de lidia. Es tratado con respeto. Es el único.

P: ¿Desde qué perspectiva ve usted los derechos de los animales?

C: Yo no creo que los animales tengan derechos. Los derechos los tienen las personas: son los Derechos Humanos. Lo que tienen los animales es una relación con los hombres. No son sujetos de derecho, pero tampoco son objetos Yo creo que hay tres o cuatro categorías de animales en su relación con los hombres. Hay las cucarachas, por ejemplo, que son una plaga que los hombres tratan de eliminar. Hay los animales salvajes. Hay los domésticos. Y hay una categoría particular, en la cual están los toros de lidia, que son los que le sirven a los hombres para los juegos. Los caballos de carreras también: ellos no harían carreras por su cuenta si estuvieran solos en el campo. Yo no creo que los hombres tengamos la capacidad de mirar las cosas como si fuéramos animales. Las miramos desde nuestro punto de vista de hombres.

P: Cambiemos de tema y hablemos de su oficio como periodista. ¿Cómo es el proceso de hacer la columna? ¿Cómo escoge los temas? ¿Cuánto investiga? ¿Cuánto se demora?

C: Yo no soy un periodista investigador. Yo escribo sobre lo que leo en los periódicos, lo que veo en televisión. Yo no tengo la capacidad ni los medios para ser un periodista investigador. Soy un periodista de opinión. Y bueno, he hecho otro montón de cosas en periodismo: he sido reportero, he hecho entrevistas… Pero no sé investigar. Digamos, eso que hace Daniel Coronell yo soy incapaz de hacerlo, ni creo que sea mi oficio. Yo escribo para opinar, pero nunca sé exactamente el tema. Depende de para dónde escriba: si escribo para Colombia o si escribo para periódicos españoles. A veces se me ocurre un tema, y trato de escribir y no me sale, lo abandono y lo cambio. A veces escribo una columna en dos horas y a veces en cinco días. Vario mucho.

P: ¿Siente que se repite mucho en su columna?

C: Sí, claro. Yo sé más o menos lo que pienso desde hace bastantes años y no he cambiado mucho de opinión. Puedo cambiar de opinión cuando hay hechos nuevos. Pero sí me repito. Entonces: “los malos son estos, los buenos son estos, los imbéciles son estos”. Más o menos eso es así. Siempre.

P: ¿Eso es por la realidad colombiana o por sus convicciones?

C: Por las dos cosas. La realidad colombiana, la realidad mundial y mis convicciones. Es decir, a mí no me toma por sorpresa un golpe de Estado militar en Egipto. Porque los militares egipcios mandan en Egipto desde hace 50 años con el respaldo de los Estados Unidos. Entonces escribo. Y lo mismo pasa con Colombia. Bueno, Colombia se repite más que la mayor parte de los países. Pero, por ejemplo, yo no creo haber cambiado de opinión sobre los presidentes de Estados Unidos en los últimos 50 años.

P: ¿Qué requisitos se necesitan para ser un buen columnista? Y en ese sentido, ¿para usted quién es el mejor de la prensa colombiana? 

C: Yo creo que la claridad es fundamental en un columnista de opinión: que se entienda lo que quiere decir. La claridad verbal pero también la claridad de concepto. El mejor columnista, yo creo, es Alfredo Molano.

P: Me encargaron esta pregunta. ¿A usted no le dan ganas de dejar de hacer esto y dedicarse a hacer otra cosa? Fidel Cano, el director de El Espectador, dice a veces que le gustaría dedicarse a hacer quesos.

C: No, es que yo ya no sé hacer otra cosa. Ya estoy demasiado viejo para aprender a… Yo qué sé, hacer quesos.

P: Usted hizo una columna sobre Álvaro Gómez Hurtado cuando lo asesinaron. La idea general era que sí había muertos malos. Cito esto por la autocensura: ¿nunca le ha dado miedo escribir cosas así, que se enfrenten a una opinión mayoritaria en un país violento que puede tomar represalias?

C: Por alguna razón absurda yo nunca he creído que me va a pasar nada. Pero tampoco he creído que me va a pasar nada cuando cruzo una calle. No es que me considere valiente: uno no atraviesa la calle porque se considere un valiente. A mí me han amenazado y me he ido del país cuando me han amenazado, porque sé que es en serio. Pero eso viene después. Por ejemplo, con la columna de Álvaro Gómez, que causó muchísimo escándalo en su momento, no se me ocurrió que me fueran a amenazar.

P: ¿Lo hicieron? 

C: No. A mí me han amenazado los militares en este país, no las derechas políticas. Aunque sé que sí, que hay gente que mata gente sin cesar en este país, pero nunca me he sentido amenazado. Ni siquiera cuando me han amenazado.

P: En mayo usted escribió una columna titulada “Sí o sí”, en la que le preguntaba directamente al presidente Santos si se lanzaría o no a la Presidencia. En esa ocasión usted también hizo una defensa del proceso de paz. Él ya dijo que sí, ¿usted votaría por él?

C: No sé. Me parece que Juan Manuel Santos ha hecho dos cosas muy importantes. Una es la promesa o el anuncio (porque son promesas y anuncios) de la restitución de tierras y la reparación de víctimas. Y la otra es estar tratando de hacer la paz en la Habana con las Farc. Eso me parece muy importante y no veo a ningún otro de los posibles candidatos haciendo eso. Pero, a la vez, Juan Manuel Santos es la derecha. La derecha neoliberal. La derecha económica neoliberal, que, en mi opinión, es tremendamente dañina para un país como Colombia. No solo para Colombia sino para el planeta entero. El neoliberalismo es lo peor que nos ha ocurrido desde el fascismo. La parte de la paz, que me parece necesaria, solo veo a Juan Manuel Santos haciéndola. No veo ni a los de la derecha santista, ni, por supuesto, a los de la derecha uribista. Y tampoco le veo posibilidades a la izquierda. Usted me pregunta si votaría por Juan Manuel Santos: probablemente no votaría por él, pero sí querría que ganara él.

P: Usted tiene una teoría en política colombiana: “cada gobierno es peor que el anterior”. ¿Santos sería la excepción a esa regla?

C: Pues no sé. Estaba sorprendido porque creía que mi regla era absolutamente férrea. De pronto Santos empezó a anunciar eso: la restitución de tierras, la reparación de víctimas. Ya con Uribe había ganado yo: el segundo Uribe fue peor que el primer Uribe. Yo pensaba que Santos iba a ser peor. Pero, resulta que con sus anuncios del primer año, no. Pero ahora se le está desbaratando todo y a lo mejor, a lo peor, acabo teniendo razón… Otra vez.

P: Usted, generalmente, vota por la izquierda. Hace poco, sin embargo, dijo que la izquierda se convierte en derecha una vez llega al poder. ¿Por qué vota así entonces?

C: Para que haya una oposición fuerte. A mí me parece que la oposición debe ser de izquierda. Cuando la oposición es de derecha, como está sucediendo en Colombia ahora con el fenómeno de Uribe y su Centro Democrático, es grave. Es grave que el poder sea la derecha y la oposición sea la extrema derecha. La función de la izquierda es la oposición a la autoridad. Cuando la izquierda se convierte en autoridad se vuelve, en mi opinión, derecha. Eso es visible en la historia. Desde la Revolución Francesa, cuando la izquierda, es decir, los jacobinos y Robespierre, toma el poder, se vuelve en la más extrema derecha imaginable. 

 P: ¿Cuál es el personaje más nefasto de la política colombiana?

 C: Cristóbal Colón.

 P: Pero el actual…

 C: Ahorita, Álvaro Uribe.

 P: ¿Sin poder?

 C: No, es que sí tiene mucho poder. No directo, pero tiene una capacidad inmensa de enredar las cosas. Pero, bueno, ¿poder? Poder no tiene nadie en Colombia. Los poderes económicos. Posiblemente Luis Carlos Sarmiento sea más dañino que Álvaro Uribe. Su poder está en todas partes: en los medios de comunicación, pero también está en los bancos. Los banqueros son los tipos más dañinos que hay en este momento en el país.

 P: ¿Y de la realidad nacional, Plinio Apuleyo Mendoza?

 C: No, porque Plinio no tiene ninguna influencia ni ningún efecto. A mí me parece un tipo maligno, pero con muy poco efecto. ¿Quién es Plinio? Mucho más dañino un cura de pueblo que Plinio.

 P: En una columna de Arcadia usted dice, describiendo una foto de Álvaro Uribe en la que aparece con poncho y carriel, que está disfrazado de él mismo. ¿Se puede decir lo mismo de Santos o es muy variable su pinta?

 C: Supongo que también podría. Nunca he visto una buena foto de Juan Manuel Santos disfrazado de Juan Manuel Santos. Pero él sí es una persona que se disfraza de él mismo. Habría que ver una de él jugando golf en el Country. Pero como lo vemos es en calzoncillos en Valledupar, pues no, no está disfrazado de él mismo.

P: Sin Remedio es una novela sobre el malentendido. ¿Leeremos más literatura suya en el futuro? ¿No hay otro tema que lo apasione para volver a escribir? Oí que de la fealdad…

 C: Sin Remedio no es solo sobre el malentendido. Ese es el centro, pero hay más temas. Pero lo que pasa es que a mí no me parece que uno deba escribir en forma de novela, de ficción, algo que se pueda decir de otra manera. Y la verdad no tengo ningún tema. Hay escritores que escriben muchos libros, y yo podría escribir otros cuatro libros iguales sobre el malentendido: la dificultad de que se entiendan las cosas como se dicen. O la imposibilidad. Pero para eso basta con dar entrevistas.

P: ¿Pero ahora está escribiendo algo?

C: No. Tengo pedacitos de cuentos. Digo cuentos porque en un cuento uno puede decir una cosa mucho más inmediata, breve, rápida. Pero tampoco creo que los termine ni los publique.

P: ¿Lee nuevos escritores de literatura colombiana?

C: Sí, a varios. Pero cada vez leo menos ficción, no solo colombiana, sino del mundo. Pero sí, he leído a Gamboa, a Silva, a Vásquez… La mayor parte.

 P: ¿Cómo ve el estado de la literatura con estos representantes?

 C: La verdad es que no me interesan mucho.

 P: ¿Cuál es su relación con el trago? ¿Busca en él el efecto sutil de la embriaguez, como sugiere en un artículo, o la borrachera brutal, como sugiere en otro?

 C: Depende. Yo he dicho ya muchas veces, cada vez más, que el filósofo que me inspira a mí con respecto a toda la realidad es Julio Iglesias, que dice: “a veces sí… A veces no”. Entonces, depende. El trago me parece maravilloso y me parece dañino. Entonces depende, como todo.

 P: ¿En Colombia hay buen humor político?

 C: ¡No! En Colombia no hay buen humor en general. Hay muy pocos humoristas. Hay algunos caricaturistas. Pero no hay escrito, ni de radio, ni de televisión. Jaime Garzón era un tipo absolutamente genial pero también absolutamente excepcional. Aquí no había habido algo así ni se ha vuelto a presentar. El humor en Colombia tiende a ser zafio y procaz, como era hace 3.000 años en Grecia: la gente se reía cuando se hablaba del culo de Sócrates. Un humor muy primitivo, muy elemental.

 P: ¿Esto de la televisión, su participación en un programa de Canal Capital, es nuevo?

 C: Sí, nunca había hecho. Yo había hecho radio de joven. No es nuevo en el sentido de que he participado en programas de televisión. Pero nunca como semiprotagonista.

 P: ¿Le gusta?

 C: No. Creo que yo lo hago muy mal. No me gusta.

 P: En Ex-Libris le damos mucha importancia a la parte gráfica. ¿Cómo es la relación con los personajes que ilustra y cómo empezó eso?

 C: Siempre me ha gustado dibujar. Me gusta más dibujar que escribir, pero, a la vez, nunca me he puesto a hacerlo en serio. Porque cuando mi hermano y yo éramos chiquitos, a los ocho o nueve años, yo era mejor que él y ambos queríamos ser pintores. Pero a los once años él empezó a ser mejor que yo, entonces lo abandoné. Le cedí los pinceles a mi hermano. Ahora lo hago por distracción. Y, a la vez, yo tengo una visión caricaturesca de la realidad y hacer caricatura me permite expresarla libremente sin los circunloquios que exige la literatura. Es mucho más directo lo que digo con las caricaturas que lo que digo por escrito. 

 

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