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Rafaela me enseñó a coquetear

Rafaela me enseñó a coquetear

Escrito por: Catalina Ruíz-Navarro|| catalinapordios@gmail.com

Ilustrado por:  Carlos Cubides || cubides.carlos@yahoo.com

Si un perro puede seducirnos es porque
en realidad no hay amo y esclavo.

Rafaela y yo vivimos juntas desde hace once años. Ambas, y por distintas razones (ella estrenaba dientes, yo estudiaba artes) destruimos varias veces este apartamento. Dormimos en cucharita. Ella se acurruca ergonómicamente en mi cintura y en las corvas de mis rodillas cuando tiene mucho frío. Cuando llega visita se sienta en la sala, elige a alguien y le dedica su atención hasta conquistarlo. El visitante termina hechizado en los ojos gigantes y bicolores de Rafaela. Yo no tengo esas dotes sociales. Soy una ríspida hija única. Llevo once años observándola, tratando de entender cómo es que seduce y enamora sin decir una palabra.
Así es como Rafaela me enseñó a coquetear.

El  gran acierto evolutivo de los perros es poder entender nuestras emociones y comunicarnos las suyas. La empatía es la habilidad social que ha hecho que, como los humanos, estén en todas partes y tengan todas las formas. Si un perro puede seducirnos es porque en realidad no hay amo y esclavo. El perro no sabe de nuestra autroproclamada jerarquía interespecie.

¡Qué torpes somos emocionalmente los humanos! Necesitamos del lenguaje, de complicadas construcciones y máscaras y aún así fallamos estrepitosamente en decir lo que sentimos o conseguir lo que queremos.

  También es notable que yo pueda aprender de Rafaela. Que mi vida con ella modifique mis maneras de ser en el mundo. Esto desestabiliza ese dualismo naturaleza/cultura, tan opresor para eso que llamamos naturaleza. Sería más fácil sacudirnos esa nociva actitud utilitaria si entendiéramos que no estamos separados, que nosotros somos la naturaleza, que la cultura y la tecnología también son naturaleza, que no hay un aquí y un allá, un adentro y un afuera.

   En el primer libro de la trilogía de La materia oscura de Philipp Pullman, Luces del norte (llevado al cine desastrosamente como “La brújula dorada”) Pullman propone una dimensión paralela en donde los humanos no son un solo organismo sino dos, unidos inextricablemente por un lazo inviolable, dos cuerpos (cada uno con un nombre es decir, una suerte de identidad) y una misma alma. Uno de estos cuerpos tiene forma humana. El otro, llamado daimonion, tiene forma animal, una forma que al principio cambia según las circunstancias, pasa de libélula a pez, a mono, a pájaro, pero un día se fija en la apariencia de un animal que de alguna manera devela la forma del alma que el daimonion comparte con el humano y marca el lugar que ambos -como uno- ocupan el mundo.

  Mascota es un “animal que lleva felicidad y buena suerte a la casa en que es acogido”, o al menos así se entendía el término en tiempos más animistas. La palabra viene del francés mascotte que significa amuleto, y que a su vez viene del provenzal masco, que significa hechicera. Lastimosamente en la vida diaria el término ha tomado unos tintes peyorativos: implica propiedad y sumisión. Por eso, cuando alguien se refiere a Rafaela como “mi mascota” me inquieta esa jerarquía implícita. Sí, es cierto que Rafaela es mía. Pero yo también soy suya. Ella me tiene y yo la tengo. Conocemos nuestros olores, nuestros sonidos, anticipamos nuestros movimientos. Confiamos la una en la otra. Ella me defiende y yo la defiendo.

   Es evidente que no todo el mundo tiene con su perro la relación que tengo yo. Yo misma no he tenido esta relación con todos mis perros. Los humanos y los perros somos todos diferentes, lo mínimo es que nuestras relaciones sean igual de múltiples y variadas. No pueden estandarizarse las relaciones que entablamos con los perros en la dicotomía amo-mascota, que uno incluso podría decir que es violenta -e ingenua- en sus simplistas jerarquías. Por el contrario, sí sería muy provechoso pensarnos desde fuera del ombliguismo narcisista humano.

   Los perros nos enseñan a ser mejores humanos. La fortuna que trae el animal es una perspectiva descentrada del mundo, darle un poco de humildad a nuestra especie tan arrogante. La fortuna está en la compañía, en aprender a cuidar a un otro como a uno mismo, en saberse cuidado de la misma manera por ese otro tan otro, que tiene cuatro patas y no necesita las palabras.

Un día de julio Rafaela y yo nos vimos
y desde ese día fuimos juntas.
Más que perro y humano, daimonion o mascota,
un hogar la una para la otra. 

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