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Avestruz

Avestruz

Escrito por: JJ Ortega || jota.ortega@gmail.com
Fotografía por: Nicolás Rocha || nicolasrocha@blackgate.com.co

 

Avestruz era una gallina que se creía gallo. Se llamaba así porque tenía la cabeza y el pescuezo desnudos y apenas le brotaban unas cuantas plumas que la hacían ver idéntica a su prima africana. Fea desde huevo, hasta su propia madre la rechazó. Nació en una caja de cartón llena de aserrín y una bombilla de sesenta watts reemplazó el calor de su mala madre.

Un misterioso capricho de la naturaleza permitió que aquél amasijo de pellejo, flácido y enjuto, sobreviviera y se convirtiera en gallina. Y aquella vida que por poco le es arrebatada, lejos de recompensarla por su dantesco acto de supervivencia, le cobraría por adelantado la osadía de haber contrariado su destino.

Las otras gallinas jamás la aceptaron. La sacaban a picotazos del gallinero y la pobre infeliz pasaba las noches sola y engarrotada en cualquier rincón. El gallo se regocijaba de placer al pisarla tanto y más que a las demás, al punto que le arrancaba las pocas
plumas, y en más de una ocasión tuvimos que sanar sus terribles heridas.

Avestruz no era una gallina cualquiera. Desde que vino al mundo tuvo que hacerle el quite a la muerte y se aferró a la vida con desesperación. Cierta madrugada un espantoso quejido irrumpió entre la niebla y, cuál no sería nuestra sorpresa al descubrir a Avestruz trepada sobre el palo de tomate de árbol, aleteando como el más macho de lo plumíferos y cantando con la mayor solemnidad el inicio del día.

No salíamos del estupor cuando de repente apareció el gallo, desplumado de la ira, y de un brinco alcanzó a Avestruz con todo el rigor de sus espuelas y la mandó de un sopetón al suelo. Cayó como una hoja seca, mientras el gallo alfa cantaba más fuerte que nunca y aleteaba con todo su poder, recordándole a la plumífera disidente cuál era su lugar en el gallinero.

Pero Avestruz era terca y tenía los huevos bien puestos. Pronto aprendió a sortear los embates del matón, y al pajarraco violador no le quedó más que descargar toda su frustración de la peor manera entre las encopetadas del corral, al tiempo que Avestruz, día tras día, lograba cantar mejor que el gallo mismo, y hasta se trepaba en aquel árbol con la destreza de una ardilla.

Una noche cualquiera y enceguecido de ira, el gallo se ocultó entre las ramas del tomatero y espero paciente a la madrugada. Cuando Avestruz apareció en medio de la niebla, el pajarraco le cayó de la nada y descargó en la miserable gallina toda su furia. La encontramos horas más tarde, refundida entre el pasto y ahogada en su propia sangre.

Mamá lloraba y Papá se desdoblaba en improperios contra el infame avichucho. Organizamos un grupo de búsqueda, fuimos tras el convicto y antes de que pudiera cacarear nuevamente, sus poderosas espuelas ya flotaban en un espeso cocimiento de arracacha y hojas de guasca. Por desgracia, la suerte de Avestruz no fue diferente y a los pocos días sus aporreados ojos se cerraron para siempre. Fue el primer sancocho de avestruz que se vio por estas tierras.

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