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Narrar lima las asperezas

Narrar lima las asperezas


 

 

La polvareda que había levantado el camión del boom le dejó a Julio Ramón Ribeyro los hombros cubiertos de polvo, pero el siglo XXI, que empezó como una época fatigada con las grandes historias, le hizo un lugar a sus cuentos, a sus prosas breves y a su diario. La pequeña fiebre que produjo el redescubrimiento de la obra de este escritor peruano también hizo visibles a unos cuantos de sus amigos. Fue en ese contexto que conocí a Fernando Ampuero, específicamente por medio de una crónica suya sobre Ribeyro, “Largos de piscina con Julio Ramón”.

A pesar de que ahora me parece evidente que los dos eran personas con muchas diferencias, en el momento de mi primer acercamiento pensé en ambos como escritores idénticos. Ampuero era peruano como su amigo, había sido periodista en Europa como él y también escribía relatos cortos (algunos de los que se diría, están escritos a lo Ribeyro). Por eso cuando lo vi en la Filbo me sorprendió comprobar que ese escritor que yo imaginaba como el doble de otro tuviera una estampa tan distinta. La testa de Ampuero era cuadrada y sólida, empotrada sobre un corpachón espartano que se sacudía a cada momento con carcajadas igualmente recias. Ribeyro, en cambio, era “un flaco elegante” de facciones angulosas y una frente amplia y despejada como la de un poeta.

Ampuero estaba acompañado por Jorge Eduardo Benavides, Santiago Roncagliolo y el moderador Sergio Vilela. La trayectoria de Benavides es considerable, pero antes de la feria era un escritor completamente desconocido en Colombia; Roncagliolo fue considerado el niño prodigio de la literatura peruana hace unos años, y hoy se mantiene vigente por su gran dominio de la técnica narrativa; y Vilela es un escritor peruano residente en Bogotá.

Era una de las conferencias de la serie “Conversaciones que le cambiarán la vida” acerca de la narración urbana: “Narrar Lima”. Fui a comprobar mi vieja hipótesis de que esa ciudad y Bogotá tienen más cosas en común de lo que el vívido recuerdo de Laura en América está dispuesto a dejarnos reconocer. Ampuero empezó haciendo una enumeración que comprendió desde los cronistas de Indias hasta los narradores del siglo XX, pasando por el ineludible Ricardo Palma, el simpático Bryce Echenique, un José Diez Canseco, etc. En una de esas se le ocurrió decir que él también era un narrador de Lima y que muy pronto iba a aparecer en Colombia un tomo de cuatrocientas cincuenta páginas con sus cuentos completos, sugiriendo al paso que si no nos gustaba la lectura, al menos podíamos utilizarlo como arma de defensa personal, dada su forma de ladrillo. El auditorio rió animadamente, pero en la esquina opuesta la sonrisa eterna de Roncagliolo tuvo que esforzarse para no parecer amarga ante una broma que tuvo que haber escuchado unas cuantas miles de veces.

Luego, continuó Ampuero, también estaban los otros narradores, como el mismísimo Ribeyro y Benavides, así como “Sebastián”. “Sebastián”, dijo, y luego quiso rectificar con una disculpa que hirió más aún a Roncagliolo: —No sé por qué siempre le digo Sebastián a mi amigo… a mi amigo, este… Santiago—. El auditorio acompañó nuevamente con sus carcajadas, y Roncagliolo luchó aún más contra la expresión de odio que se le asomaba a la cara. Más tarde habló Benavides, con sus ojos enormes que por efecto de la vejez se le habían escurrido hacia las bolsas de los párpados, con sus ojos tranquilos de pestañas negrísimas que daban la impresión de tener un poco de maquillaje, habló Benavides, y dijo que los limeños de tradición eran sensuales, esnobs y clasistas.

Cuando llegó el turno de Roncagliolo y empezó a hablar sobre lo que para él había significado regresar a Lima luego de su exilio, todavía siendo un adolescente, tuvo lugar en la mesa el tema de la época del terrorismo en Perú. Roncagliolo recordó que en los años ochenta a los limeños se les decía que en caso de una explosión debían abrir mucho la boca para evitar que los tomara la onda expansiva. No había terminado de decir la última sílaba, y ni siquiera había abandonado el gesto que explicaba la popular indicación, cuando Ampuero le sujetó el micrófono desde el costado en un movimiento abrupto para añadir que también debían tomarse los testículos. El auditorio estaba completamente ganado para Ampuero y esta vez rió tanto que no le prestó ninguna atención a la revancha que intentó Roncagliolo: —Bueno, eso no lo sabía, porque me lo dijo mi madre y ella no tiene testículos—. Entre tanto, completamente ajeno al desespero de Roncagliolo, Ampuero seguía murmurando en los intervalos de la risa: —Los testículos, tomarse los testículos—.

Una segunda ronda permitió a Fernando Ampuero volver a hablar sin interrumpir a nadie. Comenzó lamentando la deformación del buen lenguaje, característico en el barrio de Miraflores. Culpaba a las corrientes migratorias que se habían desplazado desde el interior del país hacia la capital. —Cuando yo era niño, contó, mis mayores decían que sólo una ciudad hablaba el castellano tan bien como Lima: esa ciudad era Bogotá—. Ampuero me recordó a Alcides Arguedas, el escritor boliviano que vivió aquí y que pensaba más o menos lo mismo. Con respecto al buen uso del idioma, señalaba Arguedas, los periódicos Colombianos eran los primeros de América. Ojalá que esta vez ninguno de esos personajes ligeros típicos de nuestro medio lo haya escuchado, no haría falta un titular de prensa sobre el asunto.

Lo cierto es que Ampuero se explayó un buen rato sobre el atropello al que los migrantes habían sometido a su idioma y a su ciudad. Por un momento, cuando fue el turno de Fujimori en la invectiva, me pareció escuchar a Fernando Vallejo acusando a Álvaro Uribe de malhablado: —Que mate, que robe, que atraque pero por Dios, que no hable. Que se calle—. Los peruanos, sin embargo, al menos tuvieron un poco de redención cuando llegó el cuzqueño Valentín Paniagua como presidente interino del Perú. Un hombre que supuestamente hablaba el castellano de manera exquisita. ¡Ay!, si Ampuero supiera lo que son los Marco Fidel Suárez, los Miguel Antonio Caro y los Guillermo Valencia para la historia de un país, entonces no insistiría tanto en la importancia de que los políticos hablen bien una lengua. Con todo, al final de la charla salí con la sensación de que Perú debe estar harto de esos escritores que tienen algo de sensuales, esnobs y clasistas. Las contorsiones del rostro de Santiago Roncagliolo así lo demuestran.

 

Recomiendo:

“Diario de un diario”, de Juan Gabriel Vásquez. Sobre Julio Ramón Ribeyro. http://elmalpensante.com/index.php?doc=display_contenido&id=128

“Largos de piscina con Julio Ramón”, de Fernando Ampuero. http://es.scribd.com/doc/190835889/Largos-de-piscina-con-Julio-Ramon

“Que pase Laura Bozzo”, de Juan Manuel Robles. Sobre lo que implicó Laura en América para la imagen de Perú. http://www.soho.com.co/contacto/articulo/que-pase-laura-bozzo/10255

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