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Relato de un colado en la conferencia de Mario Vargas Llosa

Relato de un colado en la conferencia de Mario Vargas Llosa

Escrito por || Daniel Vanegas danielm.vanegas94@gmail.com>

Me colé. Así fue como pude entrar a la conferencia de aquel que le dejó un ojo morado a García Márquez. Aproveché el desorden natural de la fila para meterme mientras chiflidos y gritos le caían encima a otra persona que no logró colarse. Así que como reconocimiento a mi hazaña, me tomé una Club Colombia de degustación. Adelante mío oí una señora quejarse sobre la falta de respeto de hoy día, de como ella había esperado no menos de tres horas, con un saldo de pies y rodillas agotadas, para poder ver a Vargas Llosa. Casi me dio pesar. Me tomé el cuncho de la cerveza en su honor y esperé a que me dieran la entrada al auditorio.

Cogí un buen puesto para mayor descaro, y mientras el público terminaba de entrar, atrás mío un paisa y una joven universitaria, de esas de voz aguda y prepotente, empezaban a pelear

—Yo de acá no me muevo ¿entendés?

—Ese puesto está reservado ¡quítate ya o llamo a la policía!

—Qué vengan! ¡Ja! Acá los espero

 A los dos minutos llegaron los tombos. Ahí intenté parar oreja discretamente, es decir, me volteé para ver la escena en primer plano. La chica hablaba con un policía bachiller moviendo los brazos muy rápido y señalando al paisa. El policía solo asentía y la miraba con una cara de amor a primera vista: pelo mono hasta la cintura, tez blanca, y unos ojos claros que también me flecharon. Al final con un “Si ve que yo tenía razón, ¡qué cosa estas rolitas hombre!” el paisa ganó el certamen y la contrincante se sentó al otro extremo.

A los pocos minutos apareció Mario Vargas Llosa saludando y tomándose las respectivas fotos junto a su entrevistador, Juan Gabriel Vásquez. A la hora y media de haber empezado la conversación se habían llegado a los lugares comunes de toda entrevista a un escritor reconocido: cómo surgió su vocación literaria, cómo escribió su primera novela, anécdotas graciosas etc. Hablaban sobre unos ensayos académicos y yo me estaba quedando dormido. Las sillas cómodas y el calor humano me arrullaron. De un momento a otro, salió una voz pidiendo atropelladamente que se le permitiera hacer una pregunta.

Los gritos y chiflidos contra el hombre no se hicieron esperar. Vásquez con su voz de barítono negó educadamente la solicitud, y rechazó tal comportamiento. Sin embargo, el personaje en cuestión se paró y pidió que Vargas Llosa respondiera inmediatamente por sus relaciones con Ricardo Montaner (Sí, el mismo de Tan enamorados y Me va a extrañar) y con Álvaro Uribe Vélez (el mismo de —Si lo veo, le voy a dar en la cara, marica—) los gritos no tuvieron compasión. Gracias a un chiste del nobel el señor se volvió a sentar únicamente para pararse segundos después, y empezar a romper un libro acusando a Vargas Llosa de ser contradictorio con su discurso literario, y de confabular con el cantante romántico y el ex presidente, de opacar la revolución. Hasta ese momento estuve callado, pero no aguanté y se me salió lo gamín gritándole — ¡No tiene por qué romper el libro!, ¡Idiota! —

Esta vez Vargas Llosa respondió con un tono más serio, diciendo que se empieza rompiendo libros y se termina matando gente. La gente aplaudió con fuerza y se gritaba ¡Bravo! Fue una mezcla de confusión e indignación, de adrenalina y  sobre todo de esa pena ajena que nos caracteriza cuando alguien no entiende el protocolo.

La charla terminó poco después con un agradecimiento de Vargas Llosa dejando claro que (al igual que yo) fue víctima del aburrimiento hasta que el hombre del público lo empezó a interrogar. Recalcó la importancia de este tipo de personajes irreverentes que gritan, rompen libros y cuestionan, de cómo son provocadores fundamentales de grandes historias llenándolas de vida. Cerró la conferencia hablando de la energía y maravilla que hay en este país, y deseó una larga vida a su acusador.

El aplauso fue épico, la gente se sentía bien consigo misma, la pena ajena se olvidó, el nobel dijo que la gente que “hace el oso” nos hacía maravillosos, o nos da ideas para personajes villanos de libros. Todos nos fuimos tranquilos de tener una anécdota tonta para contar, y seguro los organizadores se felicitaron, "después de todo fue un éxito". Todos, menos el pobre hombre, quien al final sacaron arrastrado mientras gritaba: “yo pagué, y tengo derecho a estar aquí”. Seguro el tipo sí hizo la fila como debía.

 

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