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Dos escritoras del silencio

Dos escritoras del silencio

Escrito por: Michelle Páez-G || admpaezgi@unal.edu.co
Ilustración: Jonathan Arévalo || mashiro@gmail.com

Las palabras no son como los muertos que con tierra se pueden tapar. Perla Suez

Y hay muertos que prefieren taparse con silencios. La vida y la muerte guardan relaciones tan remotas y complejas, que jamás la idea del vigor o el «sueño eterno» de un cuerpo podrá simplificarlas. Hay muertes en vida, letargos. Acerca de esos súbitos y el relato de dos vidas que no pueden prolongarse sin recurrir a palabras, escriben una cordobesa y una antioqueña; cada una un fragmento autobiográfico. Declaran, como lo hicieron miles de mujeres en Medio Oriente durante la Partición, cierta experiencia del dolor y la incapacidad para nombrarla. Develan unas imágenes hirientes que rehúyen al lenguaje.

A esas autoras antecede en tiempo la historia de Hassan Manto sobre Sakina, una de las más de cincuenta mil mujeres que –entre hindúes y musulmanas– vivieron el enfrentamiento de la India y Pakistán durante la Partición, en 1949. Aquella niña viaja con su padre, allende la frontera. Se separan. La escena del reencuentro es la de un hombre añoso y otro cuerpo que no articula palabras pero proclama a gritos su brutal violación. El anciano se contenta: está viva. Solo la niña guarda luto por sí misma; calla. Su duelo no se entierra como se entierran los muertos (De este dolor, las metáforas y la experiencia de silencio de las mujeres durante la Partición, se encarga Veena Das). El suyo es un dolor que no consigue decirse y que solo a fuerza de evadir detalles y anestesiar recuerdos logra mostrarse en un lenguaje metafórico: es como un veneno o como un hijo que se rehúsa a nacer y cuyo parto impedido redobla el sufrimiento.

Recuerda la extrañeza del cuerpo que ya no se reconoce como antes y se rebulle en un letargo.

Esa insuficiencia de la lengua para expresar una experiencia de abducción y violación es tanto como la dolorosa paciencia de Piedad Bonnett para reconstruir a Daniel, su hijo muerto; tanto como los espaciados párrafos que recrean la voz amortiguada de la joven que fue Perla Suez en presencia de la muerte y la locura. No es la demencia, el suicidio o la maternidad, sino el silencio. Ese las vincula. Ambas son como esas lejanas mujeres con dupatta (velo) y esas niñas. Embargadas las dos por el dolor en un espacio mudo. Piedad teme porque intuye que por momentos su duelo la acerca a la locura. La mente se abisma a «un mar negro, infinito, sin orillas» y en esas aguas el cuerpo tiende a entregarse dócilmente a la muerte. Perla mientras tanto es una niña y «siempre es la niña la que debe callar». Y Piedad, ya madura, esconde las lágrimas porque no quiere traspasar sus raptos de pena; no habla «porque ninguna palabra expresaría verdaderamente el sentimiento». De un lado la locura y de otro el fracaso en la expresión, así es que la experiencia de pérdida las proscribe a ambas al umbral de una muerte en vida. Y si es verdad que los hechos acorralan siempre a las palabras, Piedad y Perla están a su vez dolorosamente acorraladas por estas.

Un sinfín de imágenes concurren en la mente envenenándola, embarazándola de dolor y conjurando el letargo.

Cada sabor, cada sensación táctil, cada recuerdo incrustado en la carne se repite mil veces, antes y después; todavía, eternamente. Puede «nacer de improvisto, en forma de un repentino desaliento, de un aleteo en el estómago, de náusea», dice Piedad. ¿Y cómo hacer la pérdida inteligible si la existencia entera se muestra profundamente indiferente en su orden; tan inútil, cruel y sin sentido?

Piedad se dirige a buscar fotografías y a repasar sus álbumes. Perla se esconde del mundo «bajo la luz del foquito rojo», en el revelado de retratos. La una quiere «hurtarle su ausencia a la muerte» hurgando entre papeles brillantes; la otra se complace en disparar a mansalva, apoderándose de bocas y ojos y manos con una Pentax. Pero al cabo de un tiempo las dos se alzan en contra de esas imágenes las dos se alzan en contra de esas imágenes que confinan a una realidad estática de efigies petrificadas y monumentos. ¡La fotografía!, dice Piedad, «recupera y mata». Un día esas imágenes serán la respuesta plana y férrea al interrogante por lo que fue y ya no es. Serán incapaces de mostrar el movimiento de los vivos y el dolor de otros, los medio muertos. «Ahora necesito ver las imágenes en movimiento», suplica Perla. Y entonces escribe. «Escribe una historia que no acaba nunca». Y Piedad Bonnett también escribe, pues «narrar equivale a distanciar, a dar perspectiva y sentido... Porque, como dice Millás, la escritura abre y cauteriza al mismo tiempo las heridas». Pero cada una, como Sakina, se duele de las palabras que no alcanzan, los puntos suspensivos, los espacios. Y es que «hay algo en la memoria que llega con la rapidez de la luz» y que no solo no puede apresarse en estampas, sino que es también innombrable. Sus búsquedas son testimonios del terco intento de lidiar con las palabras para parir el dolor ahí, entre puntos, paréntesis, metáforas. Con palabras, dice Piedad, «porque ellas, que son móviles, que hablan siempre de manera distinta, no petrifican, no hacen las veces de tumba»; con ellas que son las únicas capaces de hacer volver a un cuerpo de su hondo letargo.

Leer a Piedad y a Perla me descubrió que hay una secreta comunión en ese silencio femenino.

Que hace falta bravura para exhumar el propio dolor, devolverlo al lugar del lenguaje. Este recuento es para mí, para ellas; todas. Muertas en vida. Calladas. Ambos libros son mis recomendados.


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