Pages Navigation Menu

Lector de títulos

Lector de títulos

Escrito por: Sebastián Bejarano || lapidalus@gmail.com
Fotografía: Esteban Ramírez || esteban_9302@hotmail.com

—¿Es tan difícil escribir? ¿Más difícil que vivir? Silvina Ocampo

Su único deber —que no era para nada una obligación—era escribir. Ni siquiera, y aunque sus colegas se retorcieran, era su obligación leer. De hecho era un pésimo lector, y en este escrito explicaré, o por lo menos intentaré explicar, el motivo de su
reducida lectura.

Empezaré por revelar que en toda su vida leyó un solo texto completo. Pero, de todos los títulos que nombra en su diario, ninguno brinda los indicios necesarios para descifrar cuál fue este único ejemplar, así que nunca sabremos el verdadero nombre del escrito elegido.
Se dice que pudieron ser De la elegancia mientras se duerme (Visconde de Lascano Tegui), La casa inundada (Felisberto Hernández) o Todo lo mío le pertenece al impostor (Nicolás Saura), ya que son títulos muy utilizados en sus propios textos. Sin embargo esto es solo una suposición… no se puede afirmar cuál; pero sí se sabe con exacta documentación que toda su energía como lector la dedicó a los títulos. Cada título era una invitación al escape. Un motivo intenso de imaginación. El contenido no era necesario para él.

Su primer título, según recuerdan sus extensas cartas a sus amigos, fue Libro sin tapas (Felisberto Hernández).

Su madre lo hizo leer esas palabras, y no creo que se imaginara el mundo que sucedería a partir de aquel hecho: El porvenir de la ignorancia (Ernesto Sábato), así tituló su primer escrito.

Discreto como el paso de un cristal (Sebastián Bejarano), se acercaba El cocodrilo (Felisberto Hernández) y todo quedaba convertido en pequeñas pataditas debajo de la mesa.

Aparecía entonces Un artista del mundo flotante (Katsuo Ishiguro) y el inmenso Papel creativo del tiempo (Ilya Prigogine). Eso sí, solo él creía en Los libros voladores (Silvina Ocampo) de sus cuentos.


Por su vida pasaron tantas palabras incomprensibles: yermo, petanque, aluzar, alebrije… Palabras sacadas de un rincón. Pasaban enfrente de sus ojos y luego se refugiaban en su propio rincón, En lo alto para siempre (David Foster Wallace) y En el inalcanzable espesor del cielo (Nicolás Saura). Al lado de este recuerdo se presentaba otro más fuerte. Un señor que usaba sombrero y corbata que le preguntaba por el significado de la palabra pájaro… El misterioso señor Q (Germán Rozenmacher) se llamaba él. Y fue a partir de ahí que siempre le sorprendió el poco interés que las personas demostraban por palabras como pájaro, viento, nube, caballo o sueño. ¿Acaso son palabras predefinidas? Se usan mucho y la verdad es que no podríamos vivir si estas cosas no están solucionadas. ¿Qué pasaría si cada vez que usamos la palabra pájaro nos detuviéramos a definirla? Pero el misterioso señor Q sembró una duda permanente y esto reforzaba la mala y lenta lectura de los títulos.

Pero Cómo lee el mal lector (C. S. Lewis)… se preguntó alguna vez el señor Lewis. Al tartamudo le cuesta hablar, y sin embargo habla. Así leen los ciegos las estrellas, Cuando se asoma el cielo en la cabeza (Nicolás Saura). Le sucedía lo mismo con títulos que incluían palabras como linajudo o monjío, ya que producían el mismo misterio que la ignorancia. No los entendía, igual que los títulos escritos en otro idioma.

En toda su vida leyó un solo texto completo

En su quinto libro, El infinito e inútil debate de los sueños, insiste en la idea de crear, de ser realmente un escritor y solo dedicarse a ello.

Leo un título como Deshoras (Julio Cortázar) y comienzo a imaginar un lento viaje a ningún lugar —y defino la duda en ese no lugar—, que es donde estoy ahora, y que no importa cuánto dure, siempre estaré lejos y a destiempo del sitio al que debería llegar. Como una botella en el mar, que después de 7 años navegando, al fin lee la nota: ¡Auxilio!

El motivo de mi reducida lectura es mi propia imaginación.

Solo historias como estas (Enrique Lihn) merecen ser contadas. Alguien sueña (Jorge Luis Borges), sin duda, y se podrán decir muchas cosas De los sueños (Lin Yutang), sin embargo, cuando uno se voltea aparece la Magia de un libro (Mahatma Gandhi) en el lugar donde se deslizaron las certezas y se asomaron las dudas. Una breve confusión de planos (Marco Denevi).

Todas las noches, cuando se acostaba a dormir, sucedía una interminable Lucha hasta el alba (Augusto Roa Bastos). Afortunadamente murió una de esas noches, imaginando ser el niño que pasaba el dedo por la dentadura de Un cocodrilo (en De la elegancia mientras se duerme, de Visconde de Lascano Tegui), aquel mismo niño que veía el movimiento lento de los árboles alrededor y agilizaba su tormento con su propia enfermedad del sueño.

Comments

Medios Ex-libris