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Libros de la calle

Libros de la calle

Escrito por: David Felipe Sánchez Suárez || dafsanchezsu@unal.edu.co
Foto: Sebastián Pita || http://sebastianpita.tumblr.com

Cuando pude volver a pasear por el centro, dejé que el aroma a salsa de ostras y a orina concentrada me guiará por los callejones de las ventas de libros. A la izquierda la planta baja de un edificio de Chicago es una sucesión de pescaderías de líneas azules, compraventas ruinosas, rincones oscuros cubiertos de grasa, tiendas de azar, líchigos florecidos de racimos de plátano, panaderías fosforescentes, pollerías asépticas, restaurantes de comida china con asientos y rejas escarlatas. A un lado de su ámbito particular, varias casas de ascendencia francesa reposan a la manera de los libros cansados. Sus molduras neoclásicas figuran las notas ininteligibles de un antiguo lector. Los ventanales son amplios y funcionan como puertas de dos hojas. Podría decirse que en este barrio el viento nunca abre un libro completamente sin dejar una ventana de par en par. Los balconcillos españoles son los dobleces de las páginas en las puntas. Las barandas de hierro forjado, los exlibris heráldicos. Casas apolilladas del centro que no pudo salvar la naftalina.

Esa tarde no había sentido nada en especial, ningún presagio, pero los ojos del librero me escrutaron de una forma diferente. Todavía desempacaba las últimas revistas junto a una serie de análisis amarillos de las principales obras de la literatura universal. No me gusta ser observado ni que me digan “a la orden”, porque pierdo la serenidad necesaria para la práctica del credo de los compradores profesionales. Ya no sentía culpa cuando un libro muy deseado me caía del cielo. Del otro lado de la compra había un hombre libre y en pleno uso de sus facultades que decidía hacer un pequeño descuento en el precio de sus productos. De no haber sido porque en una de mis primeras ojeadas asomó El Gatopardo en aceptable pasta dura y una simpática María en las antiguas ediciones de Losada, me hubiera evadido hacia otro tenderete. Levanté cada libro con estudiada indiferencia desdiciendo de mi viejo método de compra, menos inexpresivo y tal vez más expedito. “A la orden, a la orden”, dijo el vendedor con voz cadenciosa de pregonero. Todo era a cinco mil. Volví a dejarlos en su lugar sin ninguna intención de llevármelos. No obstante, cuando regresaba del suelo tuve la sensación de haber leído un título prometedor.

“Diario de Bucaramanga, de Perú de Lacroix”, el famoso libro del edecán de Bolívar, el incisivo diario sobre los episodios frívolos del hombre-dios. “Estudio crítico y reproducción literalísima del manuscrito original de Luis Perú de Lacroix, con toda clase de aclaraciones para discernir su valor histórico, por Monseñor Nicolás E. Navarro. 1935”. ¿Cuánto podría llegar a valer ese libro?. Lo tomé de un conjunto de volúmenes apoyados sobre el corte de las hojas. El lomo de cuero conservaba las letras repujadas con lezna de oro. A pesar de mi entusiasmo, recordé las indicaciones que Juan Esteban Constaín había mencionado en una vieja columna sobre un volumen que obtuvo en circunstancias similares. “Cuando uno compra libros viejos no puede jamás demostrar el menor interés por la joya que se le atraviesa entre la basura”, dijo la voz mefistofélica y de sílabas alargadas de Constaín. “Hay que mirar con desprecio, hojear apenas, y luego poner el libro otra vez en su lugar”. Así lo hice, con estoicismo, y después estuve de paso por otros ejemplares para despistar al vendedor sobre mis verdaderas intenciones. Aunque no estaba seguro de querer El Gatopardo o La María, y a pesar de que el capricho por unos Colcultura no era demasiado intenso, pensaba seguir a rajatabla las recomendaciones que me llegaban desde la memoria. Debía reunirlo todo y al final también el Diario. Preguntar: “cuánto lo deja, vecino”, con la voz recia para evitar las confusiones: “que no nos tiemble la mano al pagar los dos mil pesos, que no se nos vea el corazón en la garganta”.


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