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Marcos, el aspirante

Marcos, el aspirante

Escrito por: Javier Vargas || britneybritney@gmx.com
Ilustración: John Cardona || mcjohnja@hotmail.com

No tengo nada que decir: ninguna historia interesante, ninguna apreciación ingeniosa, ningún pensamiento profundo, pero, jueputa, en serio quiero ser escritor. Eso es lo que piensa Marcos mientras almuerza en el puesto de comidas rápidas al que va cuando no tiene dinero para almorzar bien, lo que viene siendo casi siempre.

Sin embargo, en un bolsillo de sus jeans negros tiene dos hojas cuadriculadas escritas por los dos lados, dobladas varias veces en un rectangulito. Acaba de escribir un cuento, un cuento que le parece bastante gracioso, pero intenta no pensar en eso y más bien pensar en lo inexperto que es, en su falta de originalidad, porque sabe que los escritores siempre deben estar dudando de ellos mismos, cuando no pensando que son lo peor. Porque eso significa que eres un escritor sincero. Porque eso significa que eres un escritor valiente.

En el fondo, y gracias a esa retorcida maquinación de la mente que nos hace sentir orgullosos acerca de cosas estúpidas, Marcos sabe que se siente muy bien. En sus jeans, el cuento gracioso, los mil cuatrocientos pesos del transmilenio y un encendedor; en su blazer, la cajetilla de cigarrillos y la edición de bolsillo de una novela escrita por algún dandy españolete. Afuera, la gris séptima con sus grises palomas, sus grises edificios y sus grises charcos que reflejan los grises rayos de un gris sol. Porque se supone que Bogotá es una ciudad fría y gris, a pesar de que esté haciendo sol todo el tiempo. Marcos se siente muy bien en el fondo, digo. Porque sabe que está viviendo como viven los escritores más apasionantes: pobres, fumando y leyendo mientras callejean encerrados en una ciudad de mierda.

Marcos termina el chorizo que se estaba comiendo y sale a la calle. Ahora prende un cigarrillo y camina hacia la cinemateca, porque ver películas raras en huecos afrancesados es otra de las cosas que un escritor haría. Sobre todo si es gratis.


Pero la vida de los escritores no es tan maravillosa como parece y a Marcos le empieza a doler el estómago. El chorizo, el cigarrillo y su mala dieta se han amotinado contra él. Es un dolor que lo hace detenerse y se apoya ahora contra un poste, mientras lleva un brazo a su vientre y piensa en lo dura y en lo triste que es la vida. La película rara está por comenzar. Así que se incorpora y, en menos tiempo del que uno se demora en decir verosimilitud, llega a la cinemateca y reclama una boleta para entrar a la función, que para él es ahora una boleta para entrar al baño.

Entra al cubículo ya con el cinturón desabrochado. Ve que no hay papel higiénico, pero eso ni siquiera importa ahora. Se sienta en la taza mientras cierra la puerta con seguro. Y en un placentero espasmo de dolor y de lágrimas, descarga los desechos de su estómago. Es solo que la descarga se prolonga y el dolor en su abdomen aumenta. No quiere llegar tarde porque no quiere perder los puestos de adelante, donde tiene que sentarse porque Marcos es miope y no tiene gafas —y si las tuviera serían seguro gafas de marcos gruesos—, pero sabe que no va a salir pronto de ahí.

Cagaré perpetuamente, piensa él, que intenta verle un trasfondo poético a todo, ver la belleza que se esconde detrás de las cosas más mundanas y triviales.

Ahora asoma su mirada por la boca de la papelera. Si ve algún papel usado del que se pueda quitar una parte que pueda servir, no duda en que lo tomará. Pero no ve nada. Reconoce ahora que debe hacer lo que hace unos minutos consideró. Pero evade de nuevo esa opción y piensa en otra alternativa. Podría simplemente subirse el bóxer, subirse los jeans y salir a ver la película. Vida hijueputa, dice todavía sentado, su cabeza recostada sobre sus rodillas. Sabe que no hay salida. O que sí la hay, que hay más de una, de hecho, pero son todas nada prácticas y repugnantes. Así que suspira dándose por vencido y dirige sus manos hacia sus jeans, un poco más abajo de sus rodillas. De un bolsillo saca un rectangulito de papel. Lo desdobla y dos hojas cuadriculadas salen a la vista. Están escritas con esfero por las dos caras. La primera hoja tiene un título, Apuntes hallados en una gabardina, y él empieza a leer. Apenas termina el cuento gracioso, se levanta y empieza limpiarse con él. Una después de otra las hojas van a dar a la papelera.

Ha querido volver a escribir el cuento, pero ahora le parece que, más que gracioso, es frívolo y simplón, así que renuncia como renuncian los escritores a lo que escriben y agradece que en ese día no hubiese papel higiénico en la cinemateca. Sigue fumando, leyendo y callejeando, pero aún no sabe qué escribir.

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