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Mi billetico morado

Mi billetico morado

Escrito por: Daniel Mauricio Vanegas || dmvanegasr@unal.edu.co
Ilustración: Pablo Benavides || pebenavidest@hotmail.com

El año pasado logré ahorrar cincuenta mil pesos que al final me alcanzaron para comprar dos libros en la FILBO. Cada uno costó más de veinte mil pesos, dejándome con menos de diez para un almuerzo tan común como mediocre: empanada con gaseosa. Si los libros son caros, los almuerzos, ni le digo. Y se acabó la plata.
Uno se imagina que en una feria todo es bueno, bonito y barato, pero allá eso no existe. Me sentí robado y pensé: ¿qué hace que los libros sean tan caros?, el papel no siempre es el mejor y ni siquiera me compré los de tapa dura. Y sé que usted se ha preguntado lo mismo alguna vez. Por eso este año decidí averiguar, para dar más calma a mi bolsillo que a mi mente, cómo se calcula el precio de los libros.
Antes de ir esta tarde a la FILBO almuerzo con mi tía Diana Restrepo, directora técnica de la Biblioteca Luis Ángel Arango (persona perfecta para resolver mis dudas). Mientras co- memos le suelto mis preguntas; ella apenas se ríe y responde —Me diste cuerda para hablar— sabiendo que cuenta con toda mi atención, comienza a explicarme lo que se conoce como la cadena del libro.
El proceso nace cuando el autor decide publicar un manuscrito: —Digamos que tú eres el autor, me propone, tienes la opción de publicarlo por tus propios medios trabajando con un equipo de corrección de estilo y diseñadores gráficos, dándolo a conocer mediante medios gratuitos como internet o negociando con una librería bajo el método más popular, conocido como en consignación: la librería expone tu libro y solo al haber una compra, cada parte gana dinero.
— Listo ¿y cuánto gano yo? — La repartición se acuerda en una reunión entre el autor y un representante que se conoce como el librero, por ley gana en- tre el 30% y 55% porque era una persona que conocía cada libro del local y lo manejaba por años. Ahora casi han desaparecido.

Uno se imagina que en una feria todo es bueno, bonito y barato, pero allá eso no existe

— Muy mal, pero bueno, ¿y si quiero trabajar con una editorial?
— En ese caso hablas con un editor profesional, que asume la coordinación de llevar tu manuscrito al formato de libro impreso, ahí ya trabajas bajo contrato.
— ¡Uy no, papeleo!
— Más bien presta atención si no quieres que te tumben luego.
— ¡Señora, sí, señora!
— Los derechos de autor se dividen en dos: derechos morales y derechos patrimoniales. Los primeros garantizan la mención de tu nombre en cada ejemplar publicado, y los segundos te asignan un porcentaje de ganancia por cada venta.
—Me llega la platica.
— Sí, pero los acuerdos son algo kafkia- nos: los patrimoniales pueden ser comprados por el editor a cambio de una suma de dinero, que le garantiza todas las ganancias del primer tiraje y próximas reediciones si las hay.
— Ahí le regalo mi obra.
— ¡Exacto¡ si aceptas cinco millones por los patrimoniales, y tu libro resulta ser un éxito con ganancias que duplican esa suma, ya no recibes nada.
— No jodás ¿y si no los vendo?
— Te dan menos plata, pero mantienes tus derechos
Con esa frase terminamos la comida y tomándonos un par de tintos, salimos a la FILBO
— El editor profesional, al trabajar con una editorial, le encarga a su equipo el diseño del libro físico. Luego se negocia con una imprenta el tiraje, unos quinientos aproximadamente, teniendo en cuenta que eres escritor desconocido y los costos se reducen siempre que se produce en gran cantidad —sonrío estúpidamente imaginando tener mi primer libro publicado entre las manos—
Ahora llegamos a lo importante, el cálculo del precio: en el país los costos de producción son baratos, cada ejemplar cuesta poco más de quince mil pesos siendo una impresión menor a mil números. Pero un García Márquez sube el tiraje, reduciendo el costo a ocho mil pesos o menos por libro— el bolsillo empieza hacerme cosquillas.


—Dependiendo de la editorial, el valor de producción se multiplica por dos o por tres, ya que a la ganancia por venta, aunque sea la mitad, hay que restarle los costos de distribución: como desplazamiento de ejemplares a los puntos de venta.
—Si entiendo, un libro que costó quince mil pesos producirlo, para que sea rentable, termina costando cincuenta mil.
—Exacto. Veo cómo mis ahorros son insignificantes y me da rabia. Pero ella me recuerda que en la FILBO el asunto cambia. Siento cómo el billete en mi bolsillo, antes diminuto, parece que gana peso y ocupa más espacio en la billetera. Le cuento al lector dos razones por las que bajan los precios: al tener ejemplares represados en bodegas sin demanda, se venden a precios muy bajos para evitar el costo de tenerlos ocupando espacio útil. Así que piense en ese libro a cinco mil pesos que se felicitó por comprar, lo único que hizo fue llevarse un título rechazado por años. Nos ven la cara. Otra razón, que es la de más peso a fin cuentas, es que se elimina el papel de un intermediario entre el cliente y la editorial. El público compra directamente, bajando los precios de venta.
Llegando a la FILBO con mis dudas (y las del lector, espero) ya casi satisfechas, recuerdo una más:
—¿la cadena del libro que me explicas- te la puedo aplicar a cualquier libro? es decir, siempre están esas ediciones tentadoras, de tapa dura, papel fino, que pierden todo el encanto al verles el precio—
—Lo que pasa con esos ejemplares, es que generalmente son de editoriales extranjeras, y todos los costos de envío, siendo por barco (el más económico pero más demorado) o por DHL (envío aéreo pero más costoso) son asumidos por el comprador.

Así de simple. El precio total del libro aumenta fácilmente en un 150%— me duele el bolsillo

Mi tía termina su explicación justo cuando llegamos a la entrada, saca del bolsillo un Jorge Isaacs nuevecito que me ofrece con un “para que lo disfrutes”. Casi no logro hacer la sinapsis correcta para tomar el billete y agradecerle con un abrazo, ella se despide para cruzar la calle, voy hacia la taquilla y esperando en la fila, empiezo hacer cuentas para los billeticos morados de mi billetera.

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