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“Nosotros no tuvimos que matar a García Márquez”

“Nosotros no tuvimos que matar a García Márquez”

Escrito por: Javier Vargas || britneybritney@gmx.com
Fotografía por: Angélica Conde ||behance.net/angelicaconde

Entrevista a Juan Esteban Constaín.

Después de que un motociclista entusiasta terminara de darme sus impresiones acerca de las costumbres sexuales de mi mamá, tuve que parar de correr. Igual ya no podía hacerlo más, estaba sin aliento. Aquí, por millonésima vez en mi vida, voy tarde. En todo caso, y con las manos apoyadas sobre mis rodillas, sonrío. Pero no sonrío porque sea de esos idiotas que se creen interesantes por ser súper incumplidos —soy otro tipo de idiota. Sonrío porque hoy no voy tarde a pagar un recibo o a presentar un parcial final, hoy voy tarde para entrevistar a un escritor.

En realidad no me sorprende que su casa esté atestada de libros. Pero al estar en presencia de ellos de repente tengo la sensación de que, no importa cuánto me gusten: hay un abismo entre la relación que yo tengo con los libros y la que tienen ellos con Juan Esteban Constaín. Algo que va más allá del hecho de que él haya leído más libros que yo o que mi biblioteca esté compuesta de tan solo dos modestas repisas. Algo que raya en la pura camaradería, como si le estuviese conociendo a un amigo de la infancia. Quizá sea que los estantes son más altos que yo y eso me intimide, al punto de que escucho a los libros susurrar cosas que tienen que ver con que no soy nada y que no valgo nada bajo la mirada acostumbrada y divertida de Constaín que disfruta cuando sus libros reciben con ese tipo de chanzas a las personas que lo visitan, supongo. Y así me esfuerce por convencerme de que es una estupidez producto de una insolación al correr, me como el cuento.

Me siento y mientras me tomo la coca cola con hielo que me ofrece, me ataca otra sospecha: que Constaín es feliz, que en este rincón tranquilo y abastecido de libros y sofás cómodos quizá no necesite de más, que acá tiene todo lo que quiere. No sé, puede que en el momento en que me vaya se disipe esa neblina amable y tanto él como yo volvamos a la dura realidad, pero no creo. Incluso ahora yo también soy feliz; y sin ninguna clase de vergüenza se lo hago saber. Sonrío estúpidamente hasta que comprendo que estoy ahí para hacerle una entrevista, y entonces comienzo.


Quería empezar preguntándole por su Juventud. Por lo que hizo que decidiera inclinarse por la historia y por la literatura.

Yo nací en Popayán, que es una ciudad pequeña que fue muy importante en la historia de Colombia, en la historia colonial. Y como dice un escritor de allá “una ciudad que fue grande cuando era chiquita”. Pero también, como todas esas ciudades con una carga histórica tan fuerte y aberrante, es una ciudad llena de demonios y retorcimiento. Cosas maravillosas y l, lo que le digo, como unos planos delirantes en donde uno nunca sabe qué es real y qué no, llena de personajes. Entonces yo nací allá y por el solo hecho de nacer allá pues uno tiene una aproximación a las cosas muy distinta. Y también mi familia ha tenido, o tuvo siempre un vínculo muy profundo con el arte, con las humanidades. Al punto de que, y esto ya lo he dicho antes, si uno en mi casa se atrevía a decir que iba estudiar medicina o administración o derecho, ponían el grito en el cielo, que es lo contrario de lo que siempre pasa. Digamos, allá lo obligatorio era estudiar arte y ser teatrero o ser poeta.
También me empezó a gustar mucho la música y por cuenta de mi pasión musical que nació en ese momento, que me enloquecí con el rock británico de los 60 y 70 y que empecé a tocar guitarra, a los dieciséis me fui al Reino Unido como pensando buscar un destino así Y allá quería dedicarme a eso. Pero allá terminé dedicándome a la historia porque siempre me había apasionado también, aunque yo era vago, aunque no fuera un gran lector. Me dediqué a la historia y entonces me di cuenta que ahí estaba mi otra gran pasión. Y cuando empecé a trabajar me interesaba mucho la investigación y la historia como una disciplina intelectual, como lo que es o debería serlo, pero también consciente que al final lo que más me estaba gustando era la dimensión narrativa de la historia. Igual yo siempre oscilé entre el amor por la historia y el amor por la literatura y así fue como, ya trabajando, ya siendo profesor, me fui deslizando de la academia y de la historia hacia la narrativa y la literatura y ahí empecé y digamos que en eso influyó mucho el azar y la suerte porque en momentos fundamentales conocí a quienes me ayudaron a dar ese paso definitivo y lento

¿Pero fue una decisión o algo más bien gradual?

Pues a mí me encantaba la literatura y leía tanta literatura como historia. Mi pasión era leer. Y oscilaba siempre entre libros de historia y grandes escritores que me gustaban mucho. En esas lecturas encontré a una cantidad de autores, desde Álvaro Mutis y Enrique Serrano, para decir solo colombianos, hasta Marguerite Yourcenar y Zoé Oldenbourg, para hablar de escritores de afuera, que combinaban la historia con la ficción. Entonces leyendo ese tipo de autores me di cuenta de que eso se podía. Leyendo Marzo de Mujica Láinez, leyendo a Borges, por supuesto. Y empecé a escribir, sin muchas pretensiones y sin otra idea que hacerles un homenaje a mis maestros y a los temas que me gustaban, unos cuentos. Pero como le digo eso no buscaba ni aspiraba a ser en ese momento una apuesta literaria. Yo era un profesor de historia y un historiador que quería hacer investigación y unos libros serios; lo que pasa es que ya también desde ese momento, desde que empecé a ser profesor y me metí en serio en la academia, me desencanté de inmediato porque en realidad el mundo académico es el escenario de unos delirios muy vanidosos y muy insignificantes. Lo que marca, por desgracia, a la academia no es lo que debería ser, es decir la pasión por el conocimiento y el amor por aprender y por la curiosidad sino que lo que marca a la academia es, además del dogmatismo político y teórico y todas esas boberías, la vanidad y la insignificancia. De hecho, esos dogmatismos y esas tonterías se deben precisamente a eso: que hay vanidad y hay insignificancia; son unas discusiones que a nadie le importan, completamente restringidas, mezquinas. Entonces yo decía “pues me voy a meter ahí pero yo no quiero eso, a mí eso me aburre, no me interesa, yo quiero otra cosa”. Y empecé a escribir como unos cuentos que son unos relatos históricos sobre escritores, y una amigo mío, Gabriel Iriarte, que hoy es mi editor en Random House y que en ese entonces era el director editorial de Planeta me preguntó un día si yo no escribía ficción. Yo le dije que sí, le pasé los cuentos, unos, a él le gustaron, me dijo que si hacíamos un libro, me preguntó si tenía más, yo le dije que sí —yo no tenía más— me tocó sentarme y escribir los demás rapidísimo, lo confieso, una semana santa del año 2003 hace ya once años, escribí como diez relatos en ocho días, para hacer el libro. El libro salió y lo publicó planeta y tuvo buenas reseñas, pues yo dije “de pronto ahí hay otra puerta que no es solo para mamar gallo sino de pronto puede ser chévere”. Y me metí a escribir una novela que es mi primera novela, El naufragio del imperio, que fue de puro aprendizaje, porque no sabía nada de escribir una novela, había leído a mis maestros y tenía una anécdota, que es muy buena, una berraquera, la historia de unos criollos que van a sacar a Napoleón de Santa Helena es una maravilla. Ahora, yo no la he vuelto a leer pero me gustó mucho escribirla, me divertí y aprendí un resto. Luego me fui a Italia a hacer una maestría, todavía en la academia pero cada vez más desencantado; osea, la maestría era un pretexto para estar en Italia. La hice, la terminé. Y estando allá se me ocurrió la idea de mi segunda novela que es ¡Calcio! Le fue muy bien en todo el tema de las críticas, de las reseñas, incluso comercialmente.

Claro, fue por esa novela que yo lo conocí a usted. La leí hace unos dos años. Quedé tragado de Momigliano.

Es que es divino ese personaje. Yo tenía la idea de escribir la novela y había hecho toda la investigación sobre el calcio florentino y un día antes de sentarme a escribir, soñé con Momigliano. Yo tengo por ahí una biografía de él y cuando me desperté, abrí la biografía y donde puse el dedo, era una escena en la que el tipo se iba a zoológico con sus amigos a emborracharse y a hablar de Homero, y yo me cogí de eso para empezar a escribir y se volvió una novela sobre él, y claro, sobre el fútbol.

Precisamente le quería hacer una pregunta sobre ese pasaje, porque no hace mucho leí Todas las almas, de Marías, y leerla me hizo acordarme mucho de ¡Calcio!, osea, toda esta escena de académicos emborrachándose y hablando de sus vainas. Y usted en varias ocasiones ha, digamos, profesado su amor por Marías, entonces quería preguntarle si ese leve parecido fue premeditado o si simplemente se dio así.

Pues le digo que en efecto yo admiro muchísimo a Javier Marías, es uno de mis autores favoritos, y obviamente sí creo que habrá de ejercer una gran influencia sobre mí, al punto de que la novela que viene, con toda claridad lo digo, sí debe tener unos ingredientes de asimilación de la influencia de Javier Marías más visibles, pero cuando escribí ¡Calcio! Yo todavía no había leído el ciclo de Oxford, había leído otras cosas. Vidas escritas, que es una obra maestra. Un libro de ensayos sobre escritores, pequeñas biografías de escritores y es una obra maestra. Eso era lo único que había leído de Javier antes de hacer ¡Calcio! Entonces después de leer el ciclo de Oxford, después de haber leído Todas las almas y la que más me gusta que es Negra espalda del tiempo vi que claro, hay una cantidad de cosas que coinciden y que pertenecen al mismo mundo, digamos.


¿Y qué otros escritores contemporáneos le gustan?

Muy pocos. No soy un buen conocedor ni un buen lector de literatura contemporánea. Hay un inglés que se llama Nick Hornby que me gusta. De España he leído a Millás, a Eduardo Mendoza, a Muñoz Molina, pero los que más me gustan son Pérez Reverte y Marías, siendo muy distintos, siendo muy amigos también. Pero es que yo todavía estoy muy retrasado en mis lecturas y no he leído casi nada. Bolaño no me gusta para nada: lo he empezado a leer y no me interesa para nada. De Vila-Matas me gustan sus ensayos pero no me gusta su narrativa. De América Latina ni siquiera tengo clara cómo es la vaina ahí. Quizá Andrés Neuman, que escribe bien y me parece chévere… Margaret Atwood me parece chévere, Noteboom me encanta, me parece un monstruo. No me gusta Murakami, por ejemplo. No he leído casi nada de Philip Roth; me gusta Joseph Roth. A McEwan tampoco lo he leído mucho. Y uno que ya se murió pero que era maravilloso, Sebald, me parece un maestro.

¿Y colombianos?

Pues los he leído a todos y la verdad es que tengo una visión muy positiva de la literatura colombiana reciente. Me encanta Enrique Serrano, que me parece un maestro y lo es. Un gran escritor, un gran prosista y sus ficciones históricas me parecen magistrales. Me encanta Ricardo Silva Romero. Lo que pasa es que en esos dos casos hay un sesgo personal muy grande y es que ambos son amigos míos, amiguísimos. Los quiero mucho pero por suerte ambos son muy buenos escritores. Sería terrible que no lo fueran, entonces igual me tocaría leerlos y me gustarían. Ricardo me encanta. Es un escritor que tiene una cosa muy difícil de lograr en literatura que es una voz propia y un universo propio. Él tejió un universo que fue suyo desde el principio. Y muy particular, ese universo es como él, como sus columnas, como sus opiniones. Un tipo brillante, con humor, lúcido. Me gusta muchísimo Juan Gabriel Vázquez. Me parece un gran escritor. Un tipo disciplinado, talentoso, con unos temas en serio y escribe muy bien. De los que son un poco más grandes como Abad, Gamboa, Mendoza, los he leído y me gustan. Me gusta Antonio García. Juan Cárdenas, que acaba de aparecer y publica más en España que acá, es excelente. Carolina Sanín me gusta mucho, me parece que tiene una prosa y un estilo únicos. Luis Fernando Charry… Sí, me gustan.

Entonces no hay un escritor de su generación, por ejemplo, que a usted lo haga decir “no, éste no”.

Eso lo hemos hablado mucho con Ricardo y con muchos de los demás también —sin que haya ninguna estructura generacional que nos agrupe, en absoluto—: nosotros tuvimos la enorme ventaja de que ya no teníamos que matar a García Márquez. Ya la sombra de García Márquez no era la de él como un autor colombiano, sino la de él como una estatua venerable, como un clásico de la literatura universal. Eso fue lo que mató a la generación de contemporáneos a él y a los que vinieron inmediatamente después, que vivieron muy amargados y muy resentidos porque eran unos genios o creían serlo—peor que ser un genio es creer que se es uno. Y les fue muy mal porque nadie iba a leerlos con García Márquez allí. Germán Espinoza y todos ellos vivieron muy amargados y creyendo que García Márquez les había robado una gloria que ellos se merecían. Pero a nosotros no nos tocó eso; y también nacimos en una época en la que todo es muy fácil. Osea, si uno quiere publicar, publica, y lo hace en editoriales grandes y buenas. Entonces cada quien encontró su espacio sin rencillas y sin mayores problemas. Por eso yo tengo esa visión favorable que le digo sobre la literatura colombiana y es que hay unos que me interesan más y otros que me interesan menos, como lo mío les interesará a unos y a otros no; pero me parece que todos lo han hecho bien. No puedo decir que en ninguno de esos casos hay un fracaso, o una equivocación, o ausencia de talento. En todos esos casos yo creo que hay talento.


Por ahí me enteré que no demora en presentar su nuevo libro, El hombre que no fue jueves.

Es una novela sobre un escritor al que adoro, Gilberth Keith Chesterton, que era un gran humorista, gran prosista, poeta, autor de relatos policíacos, ensayista como no hay otro y católico; muy beligerante y mordaz, con una lucidez implacable. Y resulta que desde el 96 hay un intento disparatado de unos seguidores suyos en todo el mundo, que incluyen una cantidad de curitas, que quieren que la iglesia católica lo vuelva santo. Entonces la novela es sobre el proceso de santidad de Chesterton. Un divertimento en la misma senda de ¡Calcio! Jugando con la realidad y la ficción. Hablo sobre un presunto proceso de santidad de Chesterton, anterior a éste que le cuento, en el año 58 porque el tipo supuestamente le había prestado unos servicios a la iglesia haciendo espiritismo porque el tipo en su juventud fue espiritista. Tiene ese nombre por la novela de él El hombre que fue jueves.

¿Y al escribir esta novela, cómo eran sus rutinas de trabajo?

A mí me rinde mucho, soy muy eficiente escribiendo. Pero no soy muy disciplinado. No tengo horario ni nada de esas cosas. Lo que sí necesito es tranquilidad, silencio y libros. Para escribir una frase saco seis libros y así revisar bien una cantidad de cosas. Escribo por las mañanas. De ocho a doce si se puede, si no de nueve a una, si no pues por la tarde. Y también descubrí que es mejor escribir rápido las novelas, aunque esto pueda sonar herético. Porque la idea es que la novela sea una cosa serísima y que uno tenga que escribirla con una expresión fatal y solemne. Yo me demoro mucho investigando y armando la trama en la cabeza, pero cuando me siento es mejor sacar la novela lo más rápido posible. ¡Calcio! La hice rapidísimo. En ésta, la escritura también fue rápida aunque a cuestas tenga dos años de investigación. Creo que es mejor así porque uno no alcanza a desencantarse y la novela no se agría; creo que escribir una novela por mucho tiempo hace que se le vaya agriando a uno en el paladar, se vuelve insoportable.

¿De ¡Calcio! A El hombre que no fue jueves notó algún cambio en su proceso de escritura?

Sí, claro. Ahora soy más indisciplinado que antes, por ejemplo. Pero también más suelto. Es que independientemente del resultado, de si salga bien o mal, o de si uno es mal escritor o no, la escritura también es un hábito, también es un aprendizaje en el que uno va descubriendo nuevos trucos, nuevas trampas, nuevas cosas con cada apuesta. Entonces, como dicen acá en Colombia, uno le va cogiendo maña a la escritura. Se va volviendo más hábil en ciertas cosas. A mí no me gusta ese tono trascendental del escritor que está lidiando con sus demonios y que está en una búsqueda vital. Pero sí me parece necesario que con cada nueva novela haya nuevas cosas para explorar, una nueva voz que uno pueda descubrir, aunque el estilo seguirá siendo el mismo y la voz del autor se va consolidando con cada nueva novela, sin duda. Me parece interesante tratar de lograr un progreso. Ir aprendiendo y haciendo las cosas mejor.

En ese sentido, ¿no hay alguna de esas mañas que haya aprendido en ese proceso que le hubiese gustado aprender antes, algo que, de poder viajar en el tiempo, le hubiese gustado decirle al Juan Esteban Constaín de hace diez años?

Sí, muchas cosas. Y al revés también. Siento nostalgia por hallazgos inconscientes del aprendizaje que salían muy bien y de los que hoy sería incapaz. Me encuentro con cosas maravillosas que ocurrieron por milagro y alquimia, que yo ni sabía cómo estaban ocurriendo y que hoy, si me lo propusiera con un método de pronto más decantado, no las lograría. Pero, claro, hay muchas cosas que he aprendido que me habrían servido mucho cuando estaba escribiendo mi primera novela, por ejemplo. Corregir cada capítulo como si se fuera ya para la imprenta, por ejemplo. Esa es una cosa que me enseñó Rafa Baena, un muy buen escritor colombiano que tuvo un problema de salud tremendo. Se iba a morir. Él estaba escribiendo una novela y decía que no iba alcanzar a escribir la novela y corregirla después. Entonces decidió escribir cada capítulo y corregirlo inmediatamente; para que así, al terminar el último capítulo, la novela ya estuviese terminada. Cuando él me contó eso, yo decidí escribir ¡Calcio! De esa manera: escribía un capítulo y lo trabajaba, lo castigaba, hasta que sentía que era el que debía ser. Entonces me iba al siguiente. Creo que eso le da una unidad, una uniformidad a la novela que no se consigue cuando uno se lanza como en un río a ir explorando mientras nada y tiene la idea de que al final va a corregir. Y al final uno llega tan cansado que en la corrección se le pierden una cantidad de cosas. Eso fue lo que me pasó en El naufragio del imperio, además de que estaba aprendiendo mucho. Ahora, yo desde el principio sí tenía unas premisas que considero positivas y que tienen que ver con no querer deslumbrar. Por suerte ese tipo de pecados los había curado antes de empezar a escribir: la sensación de estar escribiendo una obra maestra o que me voy a consagrar por esa misma razón. Nunca he tenido esas tentaciones grandilocuentes y trascendentales. Escribo porque me gusta, porque me hace feliz, porque me entretiene. Con la esperanza de resultar lo más entretenido y amable posible para mis lectores, muchos o pocos. Entonces sí, hay muchas cosas que he ido descubriendo con el tiempo y que me habrían servido antes; pero si no hubiera sido así, no las habría descubierto.

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