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Grafito y Sangre

Grafito y Sangre

Escrito por: Andrés Gulla-ván || fabian.gulla@gmail.com
Ilustración por: KHAOS/Nicolás A. García D. || nikore.agd@hotmail.com

Con el ataque al semanario francés Charlie Hebdo queda marcada una fecha que sobrevivirá en la larga lista de muertes provocadas por el fanatismo religioso. A los siete primeros días del año 2015 (del calendario cristiano, 1436 del islámico) 3 individuos perpetraron las oficinas de la revista justo una hora después de que empezara una reunión de las directivas, con fusiles Kaláshnikov, matando a redactores y caricaturistas de la publicación. Entre ellos a su director Stéphane Charbonnier. Los detalles hasta ahora develados por las autoridades y medios franceses son de por sí desconsoladores, atroces, repugnantes, sórdidos, condenables y hasta sádicos.
El atentado se atribuye a miembros del estado islámico, a fanáticos religiosos. Estos 3 hombres al huir proclamaban en medio de las calles parisinas del distrito 11 “¡hemos vengado al profeta!”. Claro, lo han vengado. Porque en la omnisciencia y omnipotencia de todo Dios, no hay mejor manera de encausar la energía cósmica que condenar lo que la misma magna creación (el hombre, a imagen y semejanza) hace y deshace. Porque Dios nos da el privilegio de actuar contra él y responder en contra nosotros mismos para restablecer la divinidad. Equilibrio natural. Adaptación teo-biológica.
Dentro del sistema de valores de los 3 hombres era lo justo y lo necesario. Reivindicar la santidad del profeta y de Alá, a veces implica llegar a las últimas consecuencias sin importar la cantidad de sangre o de plomo desparramado (igual al cristianismo durante casi toda su historia). Porque lo que no es igual a mí es malo y por eso tengo que atacarlo.

Tengo que dispararle. Tengo que maldecirle. Tengo que satirizarlo; satanizarlo. ¡Madre santísima!

Pero volviendo a los hechos, por supuesto que las caricaturas y portadas publicadas eran de un alto contenido mordaz, incluso ofensivo. Según algunos comentarios, la publicación se escudaba en la figura de la sátira para atacar al islam en una práctica de odio contra este credo; también contra el catolicismo. Pero ello no justifica la matanza. Uno no mata a otro porque lo amedrante. O bueno, tal vez en un Estado bestial como este sí, pero nunca en la patria y nación madre de la igualdad, la fraternidad y la libertad. Sencillamente si una idea no soporta la crítica, es porque en el fondo resulta ser una idea débil.
O no, mejor no. Acá no se trata de culpar deidades o instituciones. Se trata de decir la verdad (¿o verdades?, vaya uno a saber dónde está la Razón). El ataque a Charlie Hebdo no fue por mano del islam; más bien me gustaría decir que fue producto de 3 hombres quienes en el fondo no tienen temor de Dios y con sus manos ejecutaron a 12 personas como si Mefistófeles, o un demonio más aberrante, les hablase al oído y jalara los gatillos. Humanos deshumanizados que arrebataron vidas, y con ellas, un pedazo de humanismo a la humanidad. Sí, así me cuadra más.
Tal vez el debate de la libertad de expresión y la censura deba revaluarse constantemente, pues parece que se está permitido decir hasta el límite que la intimidación, el miedo y el asesinato lo permita. Algo a lo que tal vez en Colombia ya nos hemos acostumbrado solamente con recordar el caso de Garzón. Porque eso sí, no hay forma más honesta para decir verdades que a través de la risa. El humor, en esencia, es crítico. Lección de Rabelais y los carnavales que siempre pasamos por alto.
¿Pero entonces qué hacer? Lo ocurrido parece una suerte de advertencia, un mensaje de quienes portan el poder en forma de dinero o balas, donde se grita

—frieguen lo que quieran, pero si nos hacen enojar, tendremos que callarlos—. Run, run, run. Igualito al sonido del motor de las sierras.

Un aliciente que nos queda, una trinchera que se abre con más profundidad cada día, radica en los medios digitales y libres. En los medios de comunicación independientes, donde no se dejan amedrantar tan fácil, donde una conexión a internet ensancha los pulmones y hace que el grito sea más alto, más fuerte, más duradero. Gritar es lo que nos queda; no callar la voz de la consciencia, de lo que creemos correcto; por eso nos consideramos actores sociales, dadores de opinión, moldeadores de pensamiento. Pero esta es una responsabilidad que se debe tomar enserio, con compromiso y dignidad, cada quien como le parezca.
Porque bajo ningún caso se puede aceptar que lo que más nos gusta (escribir, dibujar, animar, vivir) se desarrolle con miedo. Decidimos no arrojarnos del todo al mundo gris y de oficina. Nos gusta el color, pero no cuando el magenta se confunde con la sangre. Nos gusta la tinta, pero no cuando esta está atravesada por amenazas y balas. Nos gusta animar, pero no que de esto rueden lagrimillas por el miedo o el luto.
Pienso que estos actos volverán a repetirse en el futuro, y que la guerra de los medios y las ideas continuará, porque esto no es algo de ahora ni nuevo. Como todo, la historia es cíclica; una vorágine que va en espiral. Tal vez lo mejor que nos queda por hacer es parar de vez en cuando, mirar dónde estamos parados y tomar un nuevo aire; una bocanada de sentido común que nos dé el aliento para gritar.
Y cómo dijo Lacordaire

La libertad es el derecho de hacer lo que no perjudique a los demás


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