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Amadeus

Amadeus

Escrito por: Juan Carlos Lemus || elmohan@me.co
Fotografía por: Julian Bonilla || jumabopi@hotmail.com

Año: 1984.
Duración: 160 min.
País: USA.
Director: Milos Forman.
Reparto: Tom Hulce, F. Murray Abraham, Elizabeth Berridge.
Género: Drama, comedia, música.

Hace poco menos de 30 años, mi tía me llevó una tarde de sábado al cineclub de teatro Pigoanza en Neiva. Íbamos a ver Amadeus, cinta que según ella era graciosa y llena de premios —8 premios de la academia—. Sin más motivación que la de no romper el rito de ir a cine cada fin de semana con ella, en tanto que un biopic de un músico clásico al que apenas conocía de nombre cuando yo tenía poco más de 10 años —calculen pues—, entré en la función.

Desde el principio sabemos de que trata. Hay un hombre que dice ser el asesino del genio. Su nombre es Antonio Salieri —tal vez el mejor F. Murray Abraham—, un músico en sus últimos días que se está tomando el tiempo de saldar las cuentas con la vida. Su vida que era la música. Sus recuerdos van desde su dedicación propia, su consagración, su promesa a Dios para que, y debido a ese sacrificio, sea Él el encargado de colmarlo de gloria y hacerle trascender en la Historia. Así le parece funcionar a Salieri hasta la aparición en Viena de Mozart y los sentimientos que en él despertó.

Hay un hombre que dice ser el asesino del genio. Su nombre es Antonio Salieri —tal vez el mejor F. Murray Abraham—, un músico en sus últimos días que se está tomando el tiempo de saldar las cuentas con la vida.

Nomás al empezar, la película me arrobó por completo. En la pantalla gigante del teatro, el retrato de la sociedad ilustrada, los vestuarios y el maquillajes, el decorado, la ambientación y la todo el esplendor de Viena en tiempos de Joseph II emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, lucían maravillosos. Como no podría ser de otra manera, la música en el film logra transmitir lo justo en el momento indicado y de acuerdo al ritmo que el director checo Forman le dio. La cinta, no solo me gustó, sino que sigue siendo una de mis favoritas.

Como dicen los creyentes: «Los planes de Dios no son los planes de los hombres». En 1781, cuando Salieri era el predilecto de la corte del emperador, llega un muchachito precedido por una fama inmensa a competirle: Wolfgang Amadeus Mozart —Tom Hulce—. La rabia de Salieri contra Dios por haberle dado tanto a un vulgar, la envidia que él siente en cuanto comprende la música de Mozart y lo sabe genio, sabe que lo trascenderá a él. La pasión que domina a la razón: tanto que lo mueven hasta procurarle la muerte. En este espejo de Forman es donde el filme alcanza su cenit: el director logró a través de esta confrontación, que se hace épica en los dos actores enfrentados, revelar el alma humana dentro de sus límites de gloria y miseria. «Soy un hombre vulgar, pero le puedo asegurar que mi música no», dice en algún aparte de la película el mismo Mozart.


La rabia de Salieri contra Dios por haberle dado tanto a un vulgar, la envidia que él siente en cuanto comprende la música de Mozart y lo sabe genio, sabe que lo trascenderá a él. La pasión que domina a la razón: tanto que lo mueven hasta procurarle la muerte.

La historia parece indicar que la rivalidad entre Salieri —que no era ningún falto de talento— y Mozart no pasa de ser habladurías, explotadas en el teatro primero a manos del dramaturgo inglés Peter Schaffer (1979), desde donde Forman hizo la adaptación de esta película. Por eso no creo que esta sea una biopic, sino más bien otro intento de la ficción, en este caso en clave de cine, de buscar reflejarnos como seres complejos e impredecibles: como humanos. Entes a los que, muchas veces, nos mueven más las pasiones —oscuridad y luz— que cualquier racionalidad buscada desde la Ilustración.


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