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Por la puerta trasera

Por la puerta trasera

Ilustración // Retroxi Santa | retrooxisantana@hotmail.es

Texto // Camilo Moreno | camil69@hotmail.es

Tengo la impresión de que la música es al espacio, lo que las pinturas al óleo. Esa es la razón de que no pueda creer que se reduzca a una distracción más, pues cuando escucho música no pretendo escuchar, sino crear armonía con el ambiente, una conexión con el lugar. Esta puede ser caótica, furiosa, llena de paz, alegría, fiesta, psicodélia, para un cigarro, una cerveza o simplemente un ambiente tintero. ¿Acaso cada canción no es una invitación? ¿No es verdad que el punk nos llama a poguear, el rock a mover la cabeza de un lado para otro, la salsa a un baile y la carranga a la fiesta comunal que va luego del jornal? Por este tipo de pensamientos, me resulta incomprensible cómo se puede hacer un cover de una banda con tanta fuerza como The Doors y dejar al público inerte, con la cerveza en la mano y con la letra de las canciones de boca para adentro. Algo está mal en el mundo, algo falla; de eso trata esta columna.

No quiero hablar de ese concierto (me refiero a uno de los tributos que está realizando cierta marca de cervezas sobre bandas de rock del momento), recordar el tedio es insoportable. Sin embargo, necesito hablar de lo que vi, ya que en realidad es algo que había visto varias veces y que no había entendido, al menos hasta ahora. Necesito darme una explicación, lo he pensado bastante y por fin entiendo qué fue lo que pasó.

Lo crucial es que, a diferencia de hoy en día, los que de allí salieron no se fueron a sus casas a postear sus videos en facebook o a revisar los corazoncitos que tuvo la foto del Instagram; sin saberlo terminaron formando la escena independiente que fue el principio de muchas de las cosas que nos emocionan todavía.

Comenzaré por comentar un acontecimiento o un rumor, quizá más falso que verdadero, que tiene un fuerte valor simbólico para nuestra generación (así no lo conozcamos). Se dice que algunos de los personajes centrales de la escena post-punk en Manchester, como algunos integrantes de los Buzzcocks y de New Order, por cosas de la vida se reunieron sin saberlo en la primera presentación de los Sex Pistols en esa ciudad (Esto ocurrió a finales de los 70). Esta reunión pudo haberse quedado en una simple curiosidad histórica, claro, si las cosas pasaran porque sí. El público de aquel evento era de apenas cuarenta y un personas, los salones de las universidades públicas están más llenos. Sin embargo, y esto es lo importante, el trisito de público que tenía Sex Pistols saltó como loco sin saber quiénes eran los que se presentaban. Delicioso. El sonido era una mierda, el equipo de producción eran los integrantes de The Buzzcocks, el salón... el salón era casi que un auditorio escolar gringo. ¿Austeridad? ¿Dónde? Lo crucial es que, a diferencia de hoy en día, los que de allí salieron no se fueron a sus casas a postear sus videos en facebook o a revisar los corazoncitos que tuvo la foto del Istagram; sin saberlo terminaron formando la escena independiente que fue el principio de muchas de las cosas que aún nos emocionan todavía. ¿Cuáles? Sería bueno pensar en una escena de la película que condensa este acontecimiento (24 Hours Happy People) dónde el narrador, Tony Wilson, quien asistió a aquel memorable acontecimiento, nos cuenta que en The Haçienda (su discoteca) fue el primer lugar donde se le aplaudió a un Dj por su habilidad para mezclar pistas. ¿No es acaso esto un nivel muy alto de abstracción, disfrutar por la manera en que están puestas las canciones?

Aunque puede parecer que eso fue un hecho sin precedentes de ninguna manera es algo nuevo. Pasa todo el tiempo. Pasó con los primeros tangos, las primeras cumbias, el jazz, el blues, el rap y, a nosotros particularmente, nos ha pasado con la música andina y los sonidos folclóricos. Por eso, no está mal proponer este concierto como un punto de referencia para pensar el desarrollo musical y cultural de una comunidad.

No es en principio un fenómeno de masas, tampoco es una vaina completamente innovadora y frita, lo central es, más bien, que es una explosión de energía que con su onda expansiva logra alcanzar y despertar a los genios dormidos de una generación.

Volviendo al cover de los Doors, el caso era el completamente opuesto. Opulencia es la única palabra que podría resumir el asunto: una puesta en escena decorada por equipos de sonido de punta, un equipo de producción que se veía bastante bueno (un amigo me dijo que eran los mismos que recibieron hace poco a Quiet Riot y Faster Pussycats), una ambientación un poco fashion pero coherente con el objetivo: lanzar la marca. Todo estaba a full, y el lugar estaba ubicado nada más y menos que en la zona T de Bogotá. Una cerveza tenía el módico precio de 7500 pesos colombianos (3 dólares) y las primeras dos hileras de sillas estaban reservadas. Bastante prometedor ¿No? Lo lamentable es lo que sucedió... no recuerdo el nombre de la banda, no importa, eran personas serias que hicieron su mejor esfuerzo para interpretar las grandes joyas de un grupo tan aclamado como los Doors (aunque es verdad que les hacía falta un teclado, lo cual hacía de su interpretación un fracaso a priori) y lo lograron sin pena ni gloria. Sin embargo el público, en medio de varias cervezas y de algunos otros tragos, permanecía inmutable, cantando casi que por obligación, sentados, con pereza, sin ánimo para responder como debería ¿Qué carajos pasó con la gracia de The Doors? ¿Dónde está que no la vi? Y lo mismo ¿Dónde está la fuerza de la música? Yo sólo sentí cómo los parlantes me hicieron doler la cabeza con su alta fidelidad. ¿Quién mató la música?

Este evento nos muestra más bien un paradigma para pensar la decadencia cultural. Es como estar mal en una relación de pareja, pues es estar juntos (quizá demasiado cerca) y no poder entablar el más mínimo contacto o comunicación. Atomizarse, alejarse del resto, dejar a los demás al margen y creerse el ombliguito del mundo, no pensar en nada más que el disfrute propio. Abandonarse a la masturbación constante que tiene como intermediario el mercado (o lo que sea) que crea la ilusión de que no se está solo. Falsedad. Hace falta que pase algo grave (verdaderamente grave) para que descubramos que tanta comunicación, mercadeo, eventos, redes sociales, fiestas o lo que sea, son solo un juego de sombras que pretenden acompañar pero que están condenadas a su inmaterialidad. Así, la supuesta cultura ya no sirve para nada, absolutamente nada. Ya no hay novedad, ni alegría, ni si quiera asombro. El mundo se ha empobrecido profundamente. En principio se podría decir que los culpables son las industrias ¿Será? A mi parecer los culpables somos todos, pues estamos escasos de obsesiones.

Del mismo modo nadie decide si bailar o no, puede que la música no sea bailable o que uno no sepa bailar, en ese sentido, cuando uno baila lo que sucede es que uno se da la oportunidad de bailar.

Por otra parte, tranquilo, la música no ha muerto, quizá nosotros somos los que nos vamos a morir musicalmente. El gusto musical no es algo que se pueda controlar, uno nunca decide qué música le gusta escuchar y por ello no es algo que haga mejores o peores personas. Del mismo modo nadie decide si bailar o no, puede que la música no sea bailable o que uno no sepa bailar, en ese sentido, cuando uno baila lo que sucede es que uno se da la oportunidad de bailar. Tú bailas no porque quieras bailar, sino porque te quieres dar al baile. Este último es decisión de la música, es ella la que al final te da la oportunidad de donar tu cuerpo a los ritmos del Guaguancó, del vallenato, del punk, del metal, del Electro House o lo que sea. Ahora, ¿Qué pasa cuando es imposible para nosotros entregarnos al baile, no porque seamos unos amargados, sino porque francamente no podemos? Toda esta gente de toque se veía bastante contenta y se notaba que amaban a The Doors, pero era imposible para ellos pararse y saltar como en aquel concierto de Manchester. Al parecer la música no los manoseaba como suele hacerlo ya que no lograba más que un movimiento tímido de cabeza. Aunque la interpretación fue regular tampoco era para que a lo bien nadie hiciera nada. Estaban muertos, quizá en una sobre dosis de marcas, productos, dinero, felicidad y comodidad. En realidad nada los podía tocar porque de antemano habían perdido el gusto y lo que querían era emborracharse levemente para eventualmente salir a follar con sus parejas de turno. Un cigarrillo o dos y hablar sobre lo que pasó en Metástasis y de lo ‘ricas’ que estaban las camareras. Desencantador ¿No? Pero tampoco es algo nuevo, debemos recordar que es lo mismo que pasa con la política, la cultura, la religión, la academia, y otros espacios que antes servían para encontrarnos y alocarnos (cada uno a su manera).


Amigo, ahora le hablo en segunda persona para hacerme entender mejor. ¿Usted alguna vez ha escuchado un concierto de the Doors? Seguramente no y es normal, pero ha escuchado algunas canciones de ellos por la radio o por el internet, quizá tenga un disco o dos, puede ser que usted sea un amante de su música. Ahora ¿Cuantas veces ha escuchado L.A. Women? No me importa, y espero que haya escuchado esta banda, o al menos que ame la música, en serio que es de esas cosas que hace la vida menos miserable. Pero volviendo al punto ¿Dónde está la pasión por la Música, el arte y la cultura o lo que sea? No me diga que en el futbol o en los reinados de belleza, eso es de muchos y luego de un tiempo deja de ser una pasión para convertirse en una excusa. ¿O no le parece que cuando todo un país está abocado solamente sobre el mismo deporte lo que se demuestra no es más que una falta de creatividad? Piénselo, es fácil, es aceptado por todos, es simple, es común; seguramente no le va a tocar pensar en nada nuevo nunca y va a quedar bien. ¿Entonces, dónde está esa tal pasión?

Creo yo que él único camino a seguir para responder esta pregunta es el mismo que se debería usar para responder preguntas como ‘¿Existe el punto G?’ (o su versión feminista ‘¿Existen los orgasmos?’). ¿Que cuál es? Fácil, buscándolo, follando como un conejito en verano.

Por eso quiero (yo) invitarlo (a usted) a que tenga una obsesión.
Puede ser que se sienta muy cómodo en su vida común (por no hablar de lugar común), haciendo siempre lo mismo y teniendo únicamente pequeños espacios de divertimento tan pobres como los tributos a una banda, la música del bus, o la gran mayoría de las imágenes que ve en Facebook. Aunque también podría decir: “yo paso tiempo con mis amigos, con mi familia, mi novio, etc...”, “¿Qué me importa eso que usted tanto dice?” y “Vete con tu chachara intelectualoide a otro burdel, bitch”. Está bien, no creo que todo sea para todos, de hecho me parece que es mejor así, pero en este caso al menos un intento sería razonable, pues podría traerle un par de sorpresas inesperadas que haría de su vida algo más rico.

¿Por qué tener una obsesión? Sonará enfermo, perjudicial y contrario a lo que nos dice el mentiroso emporio de la Salud. [¿Qué salud puede ser la de alguien que consume su día entero en preocuparse por su salud? ¿Es eso saludable?] Mire, ¡obsesiónese! dese la oportunidad de que algo lo enloquezca al punto de comenzar a saltar como loco sin darse cuenta que es usted el que salta o, mejor aún, atrévase a hacer algo (o disfrutar de algo) que no sea lo mismo. Sea creativo en sus propias obsesiones, sea codicioso con ellas, no deje que nadie más descubra que le obsesiona porque esto es tan valioso que no lo quiere compartir con nadie. ¿Y esto que tiene que ver con la música? La respuesta es amor, sí señor, amor por la música, por el arte, la política y la cultura. De un momento a otro verá que su obsesión permite que usted entienda las obsesiones de los otros, e incluso quiera robarlas. Sin darse cuenta comenzará un tráfico de obsesiones que inesperadamente hará que usted se encuentre con los demás y vuelvan a sentir juntos el mundo, la vida e incluso la fuerza de una banda como The Doors. Esto hará rememorable la vida, a los demás, y sin saberlo, lo hará amar (sin pierde) el mundo que entre todos hemos construido. ¿No me cree? Pues lo invito a que se atreva a volver a escuchar música y que borre la playlist, olvide todo lo que cree y vuélvase a enfrentar a la vida como un niño (ciertamente sin ser infantil). Así tendrá más oportunidades de encontrar eso que puede llegar a obsesionarlo, pues uno no decide qué le obsesiona (pues de ser así seguramente no habrían tanto psicólogo y psiquiatra), Sencillamente siempre es un encuentro afortunado y desconcertante.

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