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Cinalternativa: El Color Púrpura

Cinalternativa: El Color Púrpura

Escrito por: Juan Carlos Lemus || elmohan@me.co
Ilustrado por: Manuel Jacobo Monroy Muñoz || majmonroymu@unal.edu.co

Año: 1985.
Duración: 154 min.
País: USA.
Director: Steven Spielberg.
Reparto: Whoopi Goldberg, Oprah Winfrey, Danny Glover.
Género: drama.

Cada vez que uno vuelve a ver una película, puede cambiar o aumentar los significados que le encontró. En El Color Púrpura, la primera cinta adulta de Spielberg, hoy me llega un claro mensaje sobre la clasificación y cosificación hecha y ejercida por el machismo sobre la mujer. Con base en ello, en el metraje se caracterizan La fea, Celie —Whoopi Goldberg—; la bella Shug —Margaret Avery—; y la rebelde Sofia—Oprah Winfrey—

En la primera escena, Celie juega con su hermana en un campo cubierto de flores púrpura. Pronto nos damos cuenta que la diferencia entre una y otra va más lejos que los colores de sus ropas y lo que ellos representan. Ella es la menos agraciada físicamente y por ello Celie no tiene derecho siquiera a la risa. En el mundo de 1909, ya por sí arisco con los de su raza, el físico poco agraciado Celie le deja pocas opciones. Ni Dios le tiene una respuesta. Igual, como para algo deben servir las feas, su padre la entrega en matrimonio. Cambio de plaza pero no rol. Escondida a los ojos de los demás, dentro de la casa y al servicio del hombre de turno y conjugando los verbos: limpiar, ordenar, criar, bañar, afeitar, cocinar, zurcir y que él haga lo suyo. Todo un descalabro. La primera noche, mientras el Señor —Danny Glover— hace uso de ella, ella mira la foto de una mujer en la mesa de noche. La felicidad no parece ser más que otro de los sustantivos que le será esquivo. Celie apenas sabe sobrevivir.

La felicidad no parece ser más que otro de los sustantivos que le será esquivo. Celie apenas sabe sobrevivir.

Shug es la mujer de la foto. La bella hija del reverendo dotada de una voz prodigiosa que quiere entregar al mundo. Shug se supo liberar del lastre que supone la religión y el qué dirán para, a través de su alegría y desinhibición, ser libre y no depender de ningún hombre. Ese, su pecado, en tanto que ella vive de lo que mejor hace cantar. A comienzos del siglo pasado cuando las mujeres de bien no entraban a los bares, ella ya es el espectáculo central del entretenimiento para machos. Vive pues de lo prohibido, vive de su físico a través de su voz. La eterna condena de la mujer: la belleza. Ella sabe usar a los hombres y por ende es una mundana que lleva una vida donde ser feliz no pasa por el hombre con el que se está, ni la casa, ni los hijos que se tenga, sino autodeterminarse. Shug, con ganas de agradar a su papá, le muestra su anillo de casada. Pero ella está condenada a ser, a ojos de su padre y de la sociedad marcada por el sino bautista, una simple puta que merece solo desprecio.

La eterna condena de la mujer: la belleza. Ella sabe usar a los hombres y por ende es una mundana que lleva una vida donde ser feliz no pasa por el hombre con el que se está, ni la casa, ni los hijos que se tenga, sino autodeterminarse. Shug, con ganas de agradar a su papá, le muestra su anillo de casada.

Entre los dos extremos tenemos a Sofia, la novia de un Harpo —Willard E. Pugh—. Ella es un espíritu libre, que no se deja dominar, que el mandona —el eufemismo que usamos para las líderes—. Ella sabe lo que quiere y no tiene reparos en ir por ello y exigirlo. Debido a esas cualidades de su naturaleza, ella pide el respeto que los hombres no le quieren dar. Ella va más allá y se enfrenta a la normatividad racial que dominaba la historia de su país a principios del siglo XX. El conflicto de Harpo con ella pasa por el modelo de familia con el que creció. En una conversación con su madrasta él pregunta:

—¿Qué debo hacer con Sofia?
—Golpéala —sentencia Celie

Sofia no puede entender que una mujer que ha vivido la pesadilla de Celie sea capaz de decirle a un hombre que someta a otra a lo mismo. Hay comportamientos que nos condicionan y que hacen que las cosas no se puedan ver de otra manera. No se extraña el pollo si no se ha probado nunca.

La cinta nos desvela la realidad que aún mantenemos en varias de sus formas, esa que monta a las mujeres como las peores juezas de sus congéneres. Oímos con facilidad: «Ella se lo buscó por andar así vestida», «es que se viste como una puta, ¿cómo no la van a tocar?», «Las mujeres decentes no estás a esas horas por la calle y menos en esos lugares»



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