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SoundTrack

SoundTrack

Escrito por: Mónica Vásquez y Jefferson Mejía

Ilustrado por: Retroxi Santana || www.behance.net/RetrooxiSantana

Eso fue un abril, muy azul y frío, como de canción de jazz para amantes desesperados.

J.
No recuerdo cómo conocí a Mónica, ni tampoco lo primero que hablamos. Estaba demasiado ocupado escuchando música. Por aquellos días y durante muchos otros, escuchaba como loco: Creep de Radiohead, Far Behind de Candelbox, La Cama vacia, de Jaramillo y Al final del Sendero, de Diomedes Díaz. Porque sí, I`m a weirdo. Me quité los audífonos y escuché su risa. Cuando comencé a cantar en la ducha pensando en su sonrisa, me creía Satchmo. Ponía la voz ronca cantando When your smiling, porque cuando ella estaba smiling my whole world reía con ella. Eso fue un abril, muy azul y frío, como de canción de jazz para amantes desesperados.

Entonces compartimos los primeros discos. De haber sido los 70 o los 80 hubiéramos intercambiado acetatos; en los 90, casetes pirateados con canciones grabadas de la radio. Pero no fue así. Sencillamente nos enviamos un link por Facebook para escuchar canción tras canción, quizás un álbum completo en Youtube, saltando de un artista a otro.

Primero fue Bowie, y desde entonces no puedo escucharlo sin pensar en ella. Como si yo fuera el Mayor Tom, no hubo Ground Control que me ayudara…

Es más difícil aún encontrar un lenguaje común, libre de pretensiones, libre de juicios, libre de estereotipos, libre de recuerdos… libre de todo.

M.
Jefferson me distrae, me entretiene, me aleja por un momento de todo aquello que tengo en la mente. Esperar el inbox con la canción del trasnocho, se volvió un hábito, casi un ritual. Abrir Facebook y no encontrar el indicio del mensaje nuevo, una decepción, y encontrarlo, un nuevo comienzo: cada vez una canción diferente, cada vez una frase corta, un comment que me anticipaba lo que venía. Algo de jazz, algo de rock, algo definitivamente de Bowie. Semanas sin mensaje: un reclamo, luego del reclamo dos grandes: Waits y Reed. Con él, tras cada inbox, he aprendido a deleitarme con alguien para quien no hay repeticiones, no hay puntos ciegos, sino siempre puntos suspensivos (y me encantan los puntos suspensivos).

Este weirdo es nice. Es difícil encontrar a una persona que comparta tus gustos musicales de forma tan sincera y abierta. Es difícil encontrar una persona tan metida en tus entrañas musicales que las revuelva a su antojo: que haga contigo y tus memorias lo que se le da la gana. Es más difícil aún encontrar un lenguaje común, libre de pretensiones, libre de juicios, libre de estereotipos, libre de recuerdos… libre de todo. Ahora espero que vuelvan los inbox, espero el link que nos mantenga en contacto, sin tanta palabrería de por medio, espero el roce de los acordes de un tema que con un comment breve, me distraiga y me transporte, algo que me deje de nuevo pensando, algo que me ayude a entender: “Where are we now”...

No siempre se pueden tener rosas en la casa, como no siempre se puede escuchar la misma canción, es necesario cambiar de flores como de géneros y cantante.

J.
De entre el ruido de la radio alguna emisora con una poca de razón colocó How do you speak to an angel y recordé cuál fue mi verdadera opening line con ella. Su apartamento era un santuario de lo privado pero más allá de los pocos, suficientes, libros que tenía; más allá de ese jardín de pinceles, marcadores y lápices plantados en pocillos como materas; más allá de ese aroma a intimidad que emanaba de las cobijas y las toallas del baño, como seguramente de su piel, faltaba algo, algo más.

...What does he say for an opening line
What does he say if he's shy...

—Tienes un balcón increíble. Dije.

Todos en el apartamento voltearon a mirar lo que ya habían visto antes de que yo llegara. Aprobaron lo dicho y salí al balcón. No miré a casi nadie a la cara, ni siquiera a ella. Estar en medio de amigos y conocidos cerca de la persona que te atrae es terreno seguro pero limitante. Creí escuchar que dijo sí, como todos, pero afuera el viento y los autos no me dejaron oír nada más. La vista desde allí sí era eso: increíble. Por la noche todos esos edificios parecían un montón de tumbas iluminadas, como mausoleos de cementerios adornados en navidad.

—Te hacen falta unas flores. Atiné a decir y volteé a verla.

Su mirada despejada me dijo que sí y su sonrisa así lo confirmó.

—He querido comprar unas, pero no he tenido tiempo.

Los demás desviaron la charla pero por momentos nos reímos cómplices. Juro que dijo exacto lo que quería escuchar, una excusa suficientemente buena, y válida por lo demás. Amo las flores tanto como la música. No siempre se pueden tener rosas en la casa, como no siempre se puede escuchar la misma canción, es necesario cambiar de flores como de géneros y cantante. A los pocos días le llevé una pequeña maceta con astromelias para su balcón.

...You just say, hello, hello, hello baby.

Fill my heart with song,
Let me sing forever more…

M.

Ese día salió de mi casa, junto a todos los que nos rodeaban. Para mí, él no se fue del todo.
Días después un inbox llegó, no fue tan público como para describirlo, porque lo sentí privado, lo hizo sentir privado, era algo de los dos. Solo me atreveré a decir que por días enteros las notas de "esa" canción de Lee Moses que me envió, se apoderaron de mi Deezer, las palabras que oí me intimidaron, me arrinconaron, me presionaron, pero me llevaron a entender muchas cosas… ¿Cómo es que una canción puede llegar a hacer todo esto?

Días después, un reclamo (esta vez era de él). La verdad es que no le respondí en cuanto vi el mensaje, porque no avancé, simplemente decidí hacer un recorrido por mi zona de confort musical para responder a “esa” letra de Moses, para responder a esos cortos minutos que me cuestionaban. Y si, supe que respondería. Nada más vino a mi mente, nada más desde el primer día se me ocurrió, pasé por Miles Davis, por Ella Fitzgerald y Billie Holliday, algunas veces me detuve en Doris Day y en la emotividad de ese par de frases de Fly me to the moon, en ese breve, muy breve:

Fill my heart with song,
Let me sing forever more…

y llegué a Louis Armstrong -sí, el de él, el del principio, Satchmo, el de líneas arriba… Maldición, si es que caemos en los mismos lugares! -. Sin embargo, después de eso, nada pasó. Seguí enfrascada en la respuesta que ya tenía en mente, en aquella versión de Sinatra de I’ve got you under my skin, en ese cierre perfecto, sonoro y maravilloso (“I’ve got you under my skin” con un piano que se hace silencio lentamente). Pero como no hay felicidad comprada, muy a mi pesar, tuve que recordar cada una de las palabras de esa canción y que entre muchas frases desesperanzadoras, la potente voz dice:

"Don't you know, little fool,
You never can win?
Use your mentality,
Wake up to reality."

Pero… Quiero yo “use my mentality”? Quiero yo “wake up to reality”? Realmente estará el “under my skin?, estará el “so deep in my heart...”?

¿Estaré yo así para él?

El tiempo dirá.

Pero… Quiero yo “use my mentality”? Quiero yo “wake up to reality”? Realmente estará el “under my skin?, estará el “so deep in my heart...”?

J.

Jhon Coltrane dijo que la música no era interpretar notas y tocar instrumentos, sino interpretar los silencios. La vida es esto: una eterna interpretación de los silencios. Y es que son tantos los cotidianos, los vividos, con ella y por ella.

El silencio previo y posterior de que te presenten o conozcas alguien nuevo; el intermedio e inesperado en las conversaciones con amigos ¿acaso hay que decirlo todo, todo el tiempo?; el de las sonrisas cuando alguien te corresponde, para comenzar a preguntarse qué decir; el silencio después de la risa cuando -aunque casi nada haya sido dicho- no es necesario decir nada más sino que hablen los besos. Así como el de ahora, el de esta noche. El silencio, éste, durante, antes y después del beso cuando todo es nada salvo el sabor de una boca, su boca, el temblar de una respiración o la contención de la misma, cabellos entre los dedos y la dulce temblorosa cercanía de ese otro cuerpo tan desesperado como uno por dentro.

Desde los parlantes del bar donde ahora bailamos suenan canciones de salsa, house, reggae y boleros perfectos.

Ahora nos besamos y se ve hermosa con esa camisa tan rara y esa luz sobre sus ojos. Dice que va al baño y regresa luego. Yo no sé si también tengamos que soportar los silencios de las horas después de las horas, los silencios después de la atracción, ¿después del amor?, después del deseo. El silencio en el que se enfrasca la gente para no escuchar al otro; el de la completa indiferencia porque no le interesa en lo más mínimo si a Michael Jackson lo mataron porque se puso crítico en sus últimos años con la cancioncita de la tierra o con They don´t care about us, porque en realidad nunca le gustó Michael Jackson... En la pista un montón de zombies sin compás baila Thriller… Yo no sé si lleguemos a ese punto, no me importa y no lo pienso averiguar. Ahora regresa y su sonrisa es mi certeza para saber que no importa, no necesito averiguar nada de eso.

Solo escucharé la música, con ella entre mis brazos o a mi lado, sino fumando y tomando tinto, pintando o escribiendo algo, después o antes de las jornadas, regando las astromelias que adornan su balcón, haciendo el amor como desesperados correspondidos, tranquilizados por la consecución de los antojos, las atracciones y el deseo.

Chet Baker toca You and the night and the music y le digo que eso es todo lo que quiero: tú, la noche y la música. Aunque exista el riesgo de que todo se ponga Almost Blue.

Yo no sé si también tengamos que soportar los silencios de las horas después de las horas, los silencios después de la atracción, ¿después del amor?, después del deseo.

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