Pages Navigation Menu

Pausa (Un tributo a John Cage)

Pausa (Un tributo a John Cage)

Escrito por: Darío Rodríguez || @etinEspartaego || altacunabajacama@gmail.com Ilustrado por/ Fotografía por: Nicolás Williamson || niwipa@gmail.com

¿Recuerdas tus visitas al hospital psiquiátrico?

Solías presentar films a los internos sosegados y tranquilos. Un día les llevaste la versión de Esperando a Godot realizada por la BBC. Esta era, entonces, una pieza para ver en vivo que había sido filmada. Y la estabas exhibiendo al público adecuado: un conjunto de personajes que hubiera podido no solo interpretar, sino vivir las situaciones de cualquier obra escrita por Beckett.

Por más que intentaste no hubo forma de ponerle subtítulos en español a la pantalla. Pacientes, enfermera, cierto médico que llegó después y tú se vieron obligados a observar el film de dos horas sin entender ni media palabra proferida por los actores. Algunos espectadores terminaron por quedarse dormidos sobre sus bancas. Otros se fueron. Al final, cuando ya ibas de regreso a tu casa, el médico dijo:

—Yo sí me gocé la película. Me sentí como en un concierto, como en una ópera de gruñidos o de voces desentonadas. No entendí lo que decían los personajes pero me gustaba como lo decían. Fueron muy emocionantes, por ejemplo, esos momentos en que dejaban un rato sin hablar, solo se miraban, y luego arrancaban a hablar. ¿Te diste cuenta de eso?

La pausa

La nota musical imposible de oír que acostumbraba a demarcar por escrito el viejo Beckett. Vas a contestar a una pregunta urgente y de pronto te quedas callado durante cuatro o cinco segundos —una antesala, una alfombra que le pones a lo que dirás— y solo después de ese paréntesis contestas, hablas. A veces la pausa se recrudece. Citemos Ohio Impromptu o Los bellos días. Los personajes le hablan a alguien, están a punto de soltar un dato, una opinión, una queja, y aparece ese breve limbo de silencio previo a las palabras. No es raro que la pausa también sea posterior a lo dicho. Siete y hasta diez segundos de mutismo delante de los públicos.

Lo que de veras llamó tu atención dentro de la declaración del médico fue la manera como asumió la puesta en escena de Esperando a Godot. No asistió a una obra de teatro, sino a una interpretación musical. Y pensaste en esa cara oculta detrás de toda pieza teatral, de toda conferencia, inclusive de cualquier diálogo ocasional —esos cruces, lances y combates de palabras que siempre van con sus respectivas pausas—. Estos son, en el fondo y bien mirados, interpretaciones musicales. Los instrumentos son las gargantas. Las melodías son las frases, oraciones, interjecciones, omisiones y risas que se emiten.

Diversos teóricos de la música, cada uno tan inextricable como el otro, han discutido, polemizado y ya francamente peleado en torno a la valía sonora, armónica, tonal, sinfónica, estética, ideológica, intelectual o humorística de 4:33, la célebre composición o disposición del paso del tiempo, o manipulación de la quietud en que no se interpreta el instrumento musical, concebida por el norteamericano John Cage para gloria y desesperación de

estudiosos, espectadores y ejecutantes. Pero ¿es una obra musical, o se trata de una puesta en escena, una extensa pausa de Beckett que sirve como facilitadora, posibilitadora o excusa a la hora de revisar nuestro modo de recibir los sonidos, de parar, de detenerse con el fin de retornar a la música presos de cierta nueva inocencia, cierta nueva perspicacia?

Quizá 4:33 sí es música. Porque toda pausa de silencio es música.

Si hay obras de Cage que dejen entrever el silencio son las que involucran una gran cantidad de sonidos —Living room music; Water Walk—: intenta como compositor dar una admisión al silencio a través de ligeras pausas auditivas; los silencios que conjura Cage son agónicos y hospitalarios.

John Cage, el artista más árido, cerebral y menos entregado a las emociones o a los sentimientos que haya conocido la historia, cuyas obras son lo raro de lo raro en un ámbito como el musical donde a veces la sensibilidad —del espectador, del intérprete, del compositor— es todo o nada; este músico, generoso en silencio, prudencia, serenidad, y su débil presencia, con el fin de recordarnos la necesidad del decoro, de volver a pensar antes de los ataques, los impulsos y la necedad; idéntico a Lucky, el esclavo de Pozzo en Esperando a Godot, un ser sin palabras, no obstante, ese hombre que partió en dos las maneras de acceder a la música, sigue siendo casi un desconocido, y en ciertas esferas populares, casi un olvidado.

(Resaltados)

Y pensaste en esa cara oculta detrás de toda pieza teatral, de toda conferencia, inclusive de cualquier diálogo ocasional —esos cruces, lances y combates de palabras unidos a sus respectivas pausas—. Son, en el fondo y bien miradas, interpretaciones musicales.

Quizá 4:33 sí es música. Porque toda pausa de silencio es música

Comments

Medios Ex-libris