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El pacto

El pacto

Escrito por: Daco || dac8907@gmail.com

Ilustración por: Miguel Angel Lopez Vargas

La otra noche tuve un sueño. Había sido abandonado por la musa de la escritura y llevaba cerca de dos días intentando escribir algo sin ningún resultado favorable. Uno sobre otro, se amontonaban los garabatos sobre las hojas en el pequeño escritorio de mi alcoba y el sueño me atrapó en medio del cansancio y el desorden que deja la búsqueda de la creatividad.

Todo estaba oscuro a mi alrededor. Aquel era un pequeño recinto, una especie de oficina con paredes de ébano y detalles de aspecto gótico. Desde la penumbra una voz suave me habló con educación y elegancia: -Bienvenido seas, joven escritor. Era un hombre alto y delgado, vestía un traje blanco de cóctel y sobre su cabeza llevaba un sombrero de ala ancha con una cinta negra, adornado por la pluma de un pavo real. Tenía un rostro afable, como el de un sabio cuya experiencia ha teñido de blanco el delineado bigote y las cejas pobladas sobre los grandes ojos claros.

No era necesario preguntar su nombre, había oído hablar mucho de él y sabía perfectamente de quién se trataba. La figura frente a mí era nada más y nada menos que la del mismísimo Mefisto.

-¿Qué quiere usted de mí? -pregunté seguro.

-Vengo en respuesta a una súplica suya -respondió sonriente-. Ha llegado a mis oídos un
deseo desde lo más profundo de su alma. Un deseo puro embargado en el más febril de los anhelos. Quiere usted la grandeza de Goethe, de Shakespeare, de Lovecraft, quiere usted que sus letras aniden en las almas de los hombres y sean invadidos por la sensibilidad con la que ve el mundo, quiere usted un escrito que lo haga inmortal, un Aquiles de su época y yo puedo darte tal cosa.

-Adivinaré, y a cambio quieres mi alma -respondí con excesiva ironía-.

-No, joven escritor. Te daré el escrito más grande en la historia de la literatura y a cambio sólo me darás algo que jamás conocerás y por ende jamás necesitarás.
De las sombras se materializó un habano que mi anfitrión llevó a su boca. El fuego ardió en la punta de éste y rápidamente la habitación fue invadida por el blanco y espeso humo del tabaco.

-A cambio quiero al amor de tu vida. A ella jamás le conocerás y jamás te hará falta. Más no desesperes joven escritor, tendrás una vida en la cual te relacionaras con cientos de mujeres igual de buenas y con más hermosura, mujeres que inspirarán otras historias, otros poemas, otras prosas y de esta manera dejarás tras tu muerte un legado imborrable de letras, las cuales garantizaran aquella inmortalidad que tanto anhelas.

Tras de mí, sentí la existencia de una silla que jamás estuvo allí y que supongo vino del mismo lugar de donde había venido aquel habano. Me senté suavemente sobre ella y en mi cabeza pululaban como hormigas las ideas. En la tradición popular, aquel personaje aparecía como un estafador y la pérdida resultaba con seguridad mucho peor que la ganancia, pero ¿qué sentido tiene el amar cuando no puede ser inmortalizado?, ¿acaso el deseo de querer es mayor al impulso natural de crecer y ser reconocido entre sus semejantes? Recordé entonces a los tres genios de Baudelaire y el vacío que dejaron al marcharse sin ceder su gracia en el escritor y fue así que acepté.

Una perlada sonrisa se dibujó en su rostro y entre las sombras, el humo y la oscuridad fueron purgados por el brillo de un pergamino que se encendió en un bello fuego azul, cálido como el abrazo de una madre y brillante como una gema preciosa. El anfitrión lo tomó en sus manos y con voz entrañable y profunda comenzó a leer una a una las palabras en él. Era algo realmente mágico, majestuoso. Cada verso acunaba dulce en mi oído, como copos de nieve que caen suaves cubriendo las ramas secas, adornándole de tanta gracia que al profesar el último párrafo, afloraron de mis ojos lágrimas de melancolía. El pergamino se cerró en medio de una cortina de humo y desperté exaltado por la belleza de aquella ensoñación. Corrí en medio de la oscuridad que aún imperaba en la noche, poseído por aquel encuentro que me arrojo sobre una hoja de papel en el pequeño y desordenado escritorio, intentando plasmar a ciegas lo que había escuchado.

Vieras si aquel demonio es tramposo. Aquellos versos se habían desvanecido de mi memoria como el humo de aquel habano, dejando sólo el aroma intoxicante del fracaso y la frustración. En la prisa había alcanzado a escribir dos pequeños versos. El primero, carente de sentido y perdido en los avatares de una caligrafía indigna para cualquier lector y el segundo, tan profundo y simple, que más que un verso, quedó como un recuerdo de aquella maldición, que de ser cierto aquel sueño, me acompañará toda la vida.

Soy el esposo de nadie
el amante de ninguna,
y en mi andar solitario
me acompaña la Luna

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