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Habitar páginas oscuras – (Una mirada a una novela sobre la ceguera)

Habitar páginas oscuras – (Una mirada a una novela sobre la ceguera)

Escrito por: Juan David Rincón || judarhu_correo@hotmail.com
Fotografía por: Luis C. Acosta || tallerfoto.lucaro@gmail.com

Autor: Guadalupe Nettel
Título: El huésped
Editorial: Anagrama
Año: 2006

Tengo miopía y astigmatismo, uso lentes desde los diez años. Hace un tiempo, en una de las consultas médicas del proceso de admisión al pregrado, me enteré de que mi ojo izquierdo se irá desviando progresivamente. Por eso, además de las sesiones de ortóptica y las visitas al optómetra, los cambios de gafas y otras rutinas, cada mañana una de las cosas que primero hago, es dirigirme al espejo a ver el estado de esa mirada que me devuelve la mirada, temiendo el momento en que ese ‘progresivamente’ se convierta en un ‘ya está pasando’.

Hay algo que la literatura puede haberme enseñado durante todo este tiempo de gastarme
la vista frente a la luz reveladora de los libros: existe cierto arquetipo por el cual se cree que los ciegos tienen el don de una visión más allá de lo evidente, de predicción, si se quiere, o de una comunicación con una naturaleza sobrehumana que se escapa del ojo caprichoso de aquellos que pueden ver. Más allá de esta concepción, perder la visión es algo que me produce sobrecogimiento, incluso pensando que esa hipotética ceguera me llegue en una futura vejez.

Es como si, en vez de ojos, tuvieras un par de piedras inútiles que alguien te ha ensartado a
la fuerza en medio de la cara. Sin embargo, poder ver cada objeto irradiado por la luz que le otorga un color es algo por lo que doy gracias cada día. Por ello, temo que vivir entre las sombras deje de ser una simple metáfora. Soy de los que no teme a la muerte, claro, mientras pueda verlo todo de aquí a que llegue. Así que le temo a la ceguera.

Esta divagación cobra sentido porque es esta mala vista la que me ha acompañado en los
días y noches de lectura. Este miedo anticipado encuentra un eco literario en uno de tantos
personajes encontrados en el camino de vasos comunicantes, entre libros y escritores, realidades y ficciones, que desembocan en El huésped de Guadalupe Nettel.

En esta primera novela de la autora mexicana, se construye una metáfora sobre la
despedida del sentido de la vista, por medio de la transformación de su protagonista y de un desdoblamiento (inquietante y sutilmente monstruoso) que se da en paralelo entre el cuerpo y la ciudad. Ana es una chica que ha vivido y soñado su vida en tonos carboncillo negro, y que siente una doble presencia en su cuerpo de alguien que la irá arrastrando progresivamente al mundo de la oscuridad. El huésped o ‘La cosa’ la ha acompañado (a veces discreta a veces catastrófica) en cada momento de su vida y se ha visto asociada a la desgracia familiar y personal de Ana. Todo en medio de la Ciudad de México, una ciudad claroscura que también se va disgregando en múltiples focos, en un sinfín de aristas, en medio de una luz evanescente que devela otra ciudad insospechada. Al igual que el cuerpo de Ana es el espacio de confluencia de dos personalidades, la Ciudad de México es entonces dos ciudades opuestas y paradójicamente inseparables, que batallan por un mismo espacio. Una de ellas está habitada subterráneamente, a través del Metro de la ciudad, en una geografía oculta que es el reino de los invidentes; pero también está esa otra que está a la vista de todos, contemplada con recelo por aquellos outsiders que no encajan del todo en la realidad que comparten con aquellos ciudadanos de lado luminoso de este mundo. En medio de estas dos ciudades, está Ana, quien transita entre una y otra, gracias en parte a esa cosa que la acompaña y por la cual se sumerge en el territorio destinado a los ciegos.

El trabajo narrativo de Nettel se ha visto constantemente asociado con una poética de la
visión y la ceguera, una de sus mayores obsesiones, que es recurrente en sus textos junto a las manías de personajes fácilmente catalogables como anormales. Esto se ve, por ejemplo, en su novela El cuerpo en que nací (Anagrama, 2011) de un manifiesto tono autobiográfico, y su libro Pétalos y otras historias incómodas, donde uno de sus cuentos se centra en un fotógrafo dedicado a retratar parpados imperfectos, explorando así la imposibilidad de ver igual que los demás. Ella misma, Guadalupe, ha visto su vida marcada por un hecho: desde su nacimiento ha tenido un defecto físico en un ojo, el cual generó problemas de visión a lo largo de su vida y fue especialmente fuerte en su infancia.

En El huésped, esa presencia convulsa rehúye de la luz y usa otros mecanismos para
testimoniar su existencia: una relación con el mundo de los olores y una comunicación por medio de sonidos imperceptibles, con un espectro distinto. Así mismo, la novela es la exploración a través de cierta sensibilidad familiar de la autora frente a la ceguera. Esta no solo se da como el encuentro con la oscuridad, sino también representada por medio de los impulsos incontrolables del individuo, ese cariz iluminado por una luz distinta, esa otra cara del sujeto que viene a ser ‘La cosa’, el lado secreto, monstruoso y frenético. Cierta la belleza subliminal que hay en todos.

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