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Invención

Invención

Escrito por: Carlos Leonardo Mahecha Parra ||clmahechap@unal.edu.co

Ilustración por: Nancy Zapata

La noche es artificio. Yo no existía en la noche, nadie. ¿Qué era? ¿Qué nos hacía sentir

pavor? ¿Qué nos hacía hincar las rodillas y pedir devotos? ¿La extensión del hilo en las

manos de la Moira? ¿La prolongación de la vida? A esta hora —miro el reloj con cautela—

cuando la última luz se ha repartido entre los hombres, la ciudad se llena de fantasmas.

Yo conocí a alguien que inventó la noche en el ochenta y tres. Sofía, Sofía, dos

veces tu nombre para que no lo olvide nunca, entregada para siempre a la ciudad, como

una ofrenda, como queriendo tregua con algo incomprensible. ¿Qué causa? ¿Qué ritual

redentor? ¿Qué ardid fue capaz de librarte de la culpa y la desolación que te acosaban?

Recuerdo el día: dos años y tres meses, Lunes, en que dejó la casa y anduvo derecho

hasta la veintiséis para coger un taxi. Para entonces la noche no existía, era apenas una

trémula intención en la idea de los hombres. Calles desiertas, nauseabundas,

monumentos, ruinas, llanto de los extraviados. Dicen unos que vivió una vida particular,

una existencia para nada secreta, otros dicen que, en los últimos días, antes de su regreso

terminal, la ciudad la llamaba ‘hija de mi sangre, de mi entraña’.

Yo la esperé en esta misma casa frente a esta ventana y nunca supe bien, ni sabré,

por qué cuando volvió, luego de haber brillado el doble, luego de haber saciado su sed en

tantas bocas, su urgencia en tantos cuerpos que ansiosos la buscaron y la llamaron suya,

¡Sofía, hija de Adán y de los corazones tallados en la piedra! subió derecho al baño, navaja

en mano, y cerró la puerta con pasador. Eran las seis de la tarde cuando empezó a

oscurecer.

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