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Bogotá, la de la Santa Fé

Bogotá, la de la Santa Fé

Por: Jorge Ocampo || jorarocdi@hotmail.com
Fotografías de: Andrea Bermudez Cuervo

A 2600 metros más cerca de la estratosfera, se edificó hace ya unas centurias Bogotá. Al recorrerla, cualquiera se puede fascinar con muchas cosas y dejarse entretener por otras; sin embargo, si hay algo que resaltar entre tanto paisaje vertical de concreto, son sus templos religiosos, que más que eso son huellas arquitectónicas de una innegable herencia española.  

No se tiene un registro oficial de cuantas parroquias erguidas en suelo capitalino habría que visitar para dejar que el alma se ilumine o el miedo se apague. Son varias las edificaciones de campanario que están en nuestra grande de la sabana en representación de Dios, como imagen convertida en piedra. En definitiva, son el lugar de encuentro del hombre con su fe y su religiosidad.

La historia de Bogotá comienza con una iglesia en medio de doce chozas. De ahí que de oriente a occidente, de Soacha a Chía en contracorriente, las iglesias estén presentes, y en ellas la idea de estar más cerca de un ser extraterrenal que todo lo puede y que todo perdona, pero que castiga con una furia inclemente a la cual hay que temer.

Ubiquemos, en Usaquén, una sencilla y acogedora iglesia; la Iglesia de Santa Bárbara. El blanco de su fachada y la traslucidez de su interior dejan claro que es un lugar de paz y de armonía, excelente escenario para quienes acuden a sacros actos de iluminación y aceptación al culto; una entrada autorizada bajo el nombre de tres importantes personajes o la unión de cuerpos, almas, y corazones. Un lugar de luz en un pequeñísimo oasis colonial en medio de lo cosmopolita y moderno de Usaquén. Su primer registro data del 23 de febrero (o tal vez marzo)
de 1585, pero resulta tan fresca como un adorno navideño al cual solo es cuestión de desempolvarlo para que vuelva a relucir. Tal vez, y solo tal vez, se habrá pensado como un pedacito de cielo iluminado en esta tierra llena de sombras errantes.

con negro profundo en sus vestimentas, de apagado sentir del momento y de oscura simpatía hacia el ciclo de la vida.

Sobre la Avenida Chile, se posa una luminaria santa que pareciera sacada de un cuento de bosque, de esos en donde las princesas rosadas se casan con príncipes azules que no destiñen. En medio del agite y el glamour de la calle 72 la iglesia de Nuestra señora de los Ángeles de la Porciúncula contrasta lo mejor de la arquitectura eclesiástica con edificaciones modernas que la circundan. Tiene un estilo neogótico tardío, pues se construyó en la segunda década del siglo XX (1921 exactamente); no obstante, sus elementos funcionales y formales corresponden al neogótico que se desarrolló en el siglo XIX. Es un pequeño castillo al mejor estilo ‘Disneyland’, pero sin la alegría que lo precede, puesto que es la iglesia con el mayor registro de honras fúnebres al día en toda la ciudad. Un escenario lleno de dolor, de caras tristes lavadas por cientos de lágrimas. Todo un cortejo de personas con negro profundo en sus vestimentas, de apagado sentir del momento y de oscura simpatía hacia el ciclo de la vida.

En la Avenida Jiménez, se posa la iglesia de San Francisco. Esta se construyó entre 1557 y 1595, de las más antiguas en esta urbe. Lúgubre, silenciosa y con un eterno aroma a incienso. Estas características hacen, de este espacio, un lugar propicio para acercarse a lo que sería el purgatorio, lleno de enormes cuadros opacos con escenas dolorosas, trágicas y de flagelos. Hay fuego en las velas que arden hasta la última gota de cera, fuego en la mirada de sus sufridos santos, fuego incesante que no es lo suficientemente fuerte para iluminar este mausoleo santo al que lo cubre una capa de oscuridad a la que no se le puede catalogar como densa o ligera. Es, simplemente, un manto que apaga la serenidad y enciende el sentimiento de culpa y el remordimiento de quienes han mal obrado. Apaga todo lo que nos define como humanos y nos deja en la oscuridad del juicio divino.

La Santa Fé de Bogotá está llena de luces y sombras que contrastan, pelean, se encuentran y se dan espacio en este pedazo de tierra que busca iluminar espíritus apagados.

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