Cajuelas

Escrito por: Juan Sebastián Barrera Cely || jsbarrerac@unal.edu.co
Ilustración de: Manuel Jacobo Monroy || maganalig_system@hotmail.com

La mano salió de la olla de chocolate. Sus pequeñas manos (las manos de la mano, que
tenían por brazos los mismos dedos) le permitieron asirse del fino borde de la olleta. Al
impulso de las manos de la mano se vio al brazo salir como en un florecimiento, pero al
continuar su salida de la olla, vi que solo era un dedo más.
A una distancia segura –con un tenedor como arma defensiva– esperé. La
experiencia ya me indicaba que el recién aparecido podría tomar la decisión de revelar
hordas de ojos por debajo del lomo; que empezaran a ahogarme y enmarañarme con sus
escleróticas pupilas e iris lavanda o carbón. Bien podría hacer bocas con los dedos como
labios y lanzarse a amainar su apetencia con la madera de los muebles. Tras acabar de
salir y hacer que el chocolate, hasta entonces próximo a hervir, se regara sobre el fogón
a fuego medio, ahora chispeando y asfixiándose por la leche derramada, la mano gateó
sobre sus manos con agilidad aérea por el mesón de la cocina.
En el proceso, mientras la mano daba vueltas conociendo su nuevo territorio, saqué
del bolsillo trasero de mi pantalón la usual bolsa negra, siempre preparada para lo
fortuito. Acercándome lentamente, pendiente a la posibilidad de tener que atajar una
huida brusca o un movimiento ofensivo, desenvolví la bolsa cuadro a cuadro, oyendo las
palmadas agudas y desesperadas de sus fuertes choques contra el mármol. Mientras
reducía la distancia, la trayectoria de la criatura se hacía errática y desesperada, previendo
el peligro, el enfrentamiento y el llamado. El chocolate humeaba sobre las mesas y la
estufa, se oía a la nevera vibrar y susurrar en el silencio muerto.
Me lancé a atraparla. Fracasé, había evadido la tentativa rodando hacia la izquierda
un par de veces con velocidad pasmosa. Engomó las palmas a la pared chasqueando las
manos con potencia y trepó por la despensa hasta el techo, donde rodeó un par de veces
un bombillo (cuestiones del instinto, quizá) y se posó sobre él. Su carne era traslúcida; se
veían, oscuros, por efecto del contraluz ante el foco, delgados hilos de lana tensionarse o relajarse en respuesta a la motricidad de la mano y congregarse en los carretes que hacían
el papel de articulaciones.
Agarré el spray del limpiavidrios y le disparé un par de veces. Al contacto del
líquido sobre la piel rociada, se erizaron minúsculos picos en la piel de la mano, la cual se
estremeció, tembló y se arrastró por el techo, lamentándose con silbidos agudos y
brillantes que se interponían entre sí como voces crepitantes, sonando desde distintas
partes de la mano e incluso la habitación. Los dedos de las manos de la mano a su derecha
intentaron defenderse saltando hacia la zona atacada. Las otras manos (y sus dedos, o
manos) no resolvieron un acuerdo y la gran mano, finalmente, cayó del techo.
Sin darle un respiro, la metí con un par de patadas torpes en la bolsa, asegurando el
trabajo con un nudo doble y una bolsa más por seguridad. El paquete convulsionaba con
violencia, e incluso parecía que todavía intentaba trepar hacia la luz. Evitando perder el
tiempo, introduje la bolsa trémula en la caja apta más cercana y, cargándola, salí de la
cocina. Al bajar las escaleras, sin tomarme el cuidado de apagar la luz de la sala ni recordar
las prevenciones de antemano, abrí la puerta del sótano.
Se oyeron entonces los rugidos, los golpes, los gritos roncos y los metales que
sonaban agredidos, la angustia, los llantos, las carcajadas, el roce de las garras contra las
jaulas, las cajuelas y las cadenas, los sonidos de una jauría que todavía, aún con tal
tamaño y después de tanto tiempo, no podía saber si guardaban esperanza de la luz o
temor de la oscuridad. Aventé la caja dentro y cerré la puerta. La agresividad de los
gimoteos hacía temblar las tablas del suelo viejo, pero tras un tiempo, la multitud desistió.
Después un par de suspiros tranquilizantes, limpié el sudor recién notado en mi
frente, me acomodé la camisa y, tras de lavarme las manos, me dispuse a prepararme un
chocolate de nuevo.

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