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Carniceros

Carniceros

Escrito por: Andrés Eduardo Zárate Orjuela || aezarateo@unal.edu.co

Ilustrado por: Sergio Ivan Ortiz

Raimundo entra al lugar con la maleta de cuero café con que llegó a esa ciudad siendo un

campesino del norte: sin nada. Pasa por el pasillo y recuerda la tarde en que el ‘italiano’ le

dijo en el mercado: –Raimundo, esto es el arte de las artes: la carnicería–. En la sala

observa a sus convocantes: los tres carniceros, él es el tercero. No sabe bien por qué

merece ser llamado a este club, pero sabe que es por una buena causa: hallar al cuarto.

Los mosqueteros no estuvieron completos hasta que apareció un cuarto mosquetero.

– ¡Mierda, Rai! Ahora lees libros, ¿cambiaste el culo de Joao por literatura?

– Vi la película.

Mientras Raimundo se acomoda en la sala y deja su maleta en el suelo –esa que

reclamó después de pagar 12 años de cárcel por apuñalar a su jefe y cercenar el culo de

su ex novia para freír un trozo de nalga en la cocina del Rizzoto– observa una sombra

atenta en la ventana.

– ¿De quién es la silueta del fondo? –pregunta–.

– Soy Bill, de Nueva York –responde la sombra–. Pero atendamos el motivo de esta

reunión, algo simple y sencillo.

***

De cualquier manera, nuestra presencia en el lugar no se debía a un asunto tan

importante, podría faltar alguno, pero era necesario que todos nos enteráramos. Cada

uno había recibido una carta en su domicilio con detalles claros del sitio y la manera de

llegar; sin embargo, solo Bill sabía para qué estábamos allí.

La carta llegó por correo tres días antes, pasada por el borde de la ventana. Sin

remitente ni destinatario. Quien la envió sabía que cuando la recibiera estaría en casa

ordenando mi fuga. El día anterior de su llegada había atomizado las energías que

mantuve intactas y latentes desde el amanecer del 9 de marzo: una madrugada espesa

que ya no recordaría más. Me había desahogado de tal manera que había expulsado mis

demonios. Cuando desperté, sentía la magnificencia del aire puro, cargado de hierro. La

sensación metálica de los olores que salía de mi ropa me hacía aspirar con calidez cada

mácula dilatada. Había limpiado y secado los instrumentos dos veces, exponiéndolos al

calor y al detergente. Sin pistas.

Recordé las emociones y pulsiones de hombres aguerridos, siendo yo uno de ellos.

Las lecciones sobre la comida, el tiempo, los instrumentos, las especias y la propia miseria

después del cansancio, así como la mañana regada de frío y ansiedad, me habían

enseñado a cocinar. Abrir la carne, paso fundamental. El filo del cuchillo hacia un lado;

carne lista, fresca, roja. Deslizar el cuchillo con suavidad y firmeza hacia abajo mientras

el filo gira lento, empujando hacia un lado el resto de la masa carnuda. Y la carne se

abre. Así, según la dirección en la que van las estrías de los músculos, mientras desciende

el filo y gira, más penetra y más rápido abre la carne. Consejos eternos para mí, quien tres

días antes de recibir la carta los había puesto en práctica con la delicadeza y fluidez de la

sevicia, abriendo la carne y haciendo sangrar al animal, esta vez vivo y asustado, por el

cuello.

Con tal experiencia y reunión de saberes en un sitio, estábamos listos para buscar al

cuarto carnicero. Por supuesto, la sombra que nos hablaba, indicando detalles de la

búsqueda –resaltando que debía ser un tipo ágil, habilidoso, elegante y con olor a

muerte–, era también uno de los tres: era Bill ‘el carnicero’.

El filo del cuchillo hacia un lado; carne lista, fresca, roja. Deslizar el cuchillo con suavidad y firmeza hacia abajo mientras el filo gira lento, empujando hacia un lado el resto de la masa carnuda. Y la carne se abre.

***

Don Arsenio Diatlov es un tipo fofo y tosco. Casi calvo; con una barriga enorme que se

marca en sangre sobre el delantal blanco impermeable; el que usa para trabajar y que

tenía puesto cuando desmembró su primera víctima en el platón de los cerdos. Nació en

una vereda de Ráquira, en Boyacá; su padre –carnicero también– le enseñó a cortar carne

a través de un libro de anatomía de modelos dibujados por Da Vinci y técnicas para

descuartizar cuerpos en un país de Asia.

Diatlov asesinó a los carniceros. Al encontrarse con los otros, el feroz boyacense de

ascendencia rusa trozó de dos tajos la garganta de sus colegas. Asediado por la ansiedad y

el hambre los devoró con especias y a mordiscos, ojos extrañamente envueltos en una luz

brillante y repitiendo sin control que él no era el ‘carnicero de Rostov’.

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