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Claroscuro

Claroscuro

Escrito por: Juan Sebastián Barrera Cely || jsbarrerac@unal.edu.co
Fotografías de: Camila Acosta Alzate || acostalzate@gamil.com

Odessa, Texas. 1982. Chris tiene ocho años y está sentado a la mesa del comedor. En la
cabecera se encuentra su padre, un hombre de rudas maneras, ajeno a los dilemas de la
gente común. A la derecha del padre, la madre, se encuentra oculta tras unas gafas
siempre empañadas. Junto a Chris está Jeff, el hermano menor. Un moretón bajo su ojo
derecho confirma que ha llevado la peor parte en una riña escolar. Chris escucha a su
padre vociferar sobre ovejas y perros ovejeros, y lo inaceptable que es la cobardía, no solo
en su casa, sino en el mundo entero, repleto de lobos hambrientos. El padre retira su
cinturón del pantalón y con gesto amenazante conduce al pequeño Jeff a su habitación,
mientras Chris y su madre salen al pórtico a observar en silencio un perro huesudo que
les devuelve la mirada con desconfianza.
Fundido a negro.
Bagdad, Irak, 2002. Al sentir bajar el sudor por su espalda, Chris, acostado boca
abajo en la terraza de un edificio en ruinas, acomoda el rifle y contiene la respiración, tal y
como le enseñó su padre cuando salían a cazar. Un tatuaje de corona de espinas rodea su
brazo izquierdo. Su compañero de patrulla susurra “tengo miedo” y entonces Chris
finalmente lo ve, enmarcado en la mirilla del rifle, aquel hombre de ojos oscuros que de
repente cae desplomado mirando al cielo, como suplicando a Alá una respuesta imposible.
“¡Mierda!”, grita el compañero de patrulla. “Dios ha guiado esta bala”, sentencia Chris,
sacando de su bolsillo un teléfono celular. Del otro lado de la línea una voz somnolienta
dice, “¿Chris?”. Con un nudo en la garganta él responde: “Amor, ya quiero regresar a
casa”.
Fundido a negro.

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