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De apagones y ausencias

De apagones y ausencias

Por: Fernanda Trías || fertrias@gmail.com

Ilustración de: Juan Felipe Espinosa de los Monteros

"No hay pura luz ni sombra en los recuerdos:
éstos se hicieron cárdena ceniza o pavimento sucio."
Neruda

Primera lluvia desde el incendio y yo pienso —ilusa o ignorante— que esto alcanzará para apagar un monte en llamas. Ahí la primera constatación: confío demasiado en el trópico. Y la segunda: difícil apagar la luz de un fuego que arde, viejo ya, dueño de la tierra. Duermo, pero en el sueño puedo distinguir tanto el odio por los destrozos del fuego como el asombro, casi la admiración, por la resistencia de su luz. Despierto al mediodía con fiebre; la claridad escasea en los bordes de la cortina. La tormenta solo se oye, postrada como estoy sobre cinco almohadas. Oigo la lluvia. No, la escucho. Quiero creer que la fiebre me conecta de algún modo con el incendio (¿o soy yo el incendio y esta lluvia logrará apagarme?). El granizo se convierte en ruido cuando toca la ventana. Nada veo, el oído me guía con torpeza, pero sé que la tierra seguirá ardiendo después del incendio; un calor que ya no arrojará luz sino tizne y desechos de ceniza. 

Yo vengo de una ciudad gris, de una casa oscura cuyas tres ventanas miran a un paredón agrietado y donde el único milagro son las plantas frondosas que siguen creciendo, aun sin fotosíntesis.

Insisto varias veces con el interruptor de la lámpara antes de entender que hay corte de luz. Espero. No me queda más que esperar —la luz impone su ausencia—. Espero, hundida en las almohadas, la nuca húmeda, un charco de agua en la sábana que antes perteneció a mi cuerpo. Agua enferma, o agua llena de enfermedad, arrastrando lo innecesario. La oscuridad me calma. Yo vengo de una ciudad gris, de una casa oscura cuyas tres ventanas miran a un paredón agrietado y donde el único milagro son las plantas frondosas que siguen creciendo, aun sin fotosíntesis. Vengo de un Norte donde la noche se instala antes de las cuatro y donde el sol de invierno es una idea astuta al ras del horizonte. Cuando otra vez despierto, a las seis, la luz no ha regresado. Pienso en la comida llenándose de hongos, en el charco de hielo derretido que se fuga como un último hilo de vida entre la goma floja de la heladera. Tengo tiempo de indignarme, porque ahora el tiempo sobra y ya no es esa caja con veinticuatro compartimentos que una llena de distracciones más o menos útiles, más o menos satisfactorias. El tiempo se ha detenido, o eso parece, y a su vez nunca antes ha sido tan largo. “¿Cómo pueden dejar a la gente así?”, pienso, y en mi dizque justa indignación imagino a una señora vieja, sola, en silla de ruedas y con un pulmotor. Imagino la lentitud con que se va a apagando el respirador eléctrico. ¿¡Cómo dejan a la gente así, abandonada!? Pero lo cierto, la purísima verdad, es que me indigno solo por mí. Todos mis aparatos se han quedado sin batería. Una no se acuesta pensando que al día siguiente la luz habrá desaparecido como desaparece la luna.

La batería del celular late en rojo, igual que el corazón de la pobre vieja que han dejado morir en el piso de arriba. Son las siete y media de la tarde y yo me aferro a ese gramo de luz roja que ya ni siquiera permite hacer llamadas. Pronto ella también se apaga y pierdo toda noción del tiempo. Dormito, vuelvo a despertar: ¿cuántas horas habrán pasado? El silencio va bien con la oscuridad, diría que se pertenecen. Ni una sola voz en el edificio o en los de atrás. Los tacones de la vecina, mudos: ha llegado el apocalipsis. ¿Y si pasó algo, otra cosa, una catástrofe de la que no estoy enterada? ¿Y si han evacuado la ciudad? Eros, pulsión esporádica en mí, enseguida se pone alerta. Empiezo a maquinar soluciones. No tengo velas —ese anacronismo que se ha ido ganado nuestro desprecio no por obsoleto, sino por new age—. No tengo fósforos ni yesquero, y qué daría por ser uno de esos humanos precavidos que aún guardan pilas. 

De niña me gustaban los apagones, algo común durante la dictadura. Estaban los de verdad y los que provocábamos nosotros, apagando las luces a la hora indicada para salir con nuestras cacerolas a los balcones y golpearlas con cucharones de lata. Queríamos libertad, pero para los niños como yo, la libertad ocurría durante el apagón: esconderse dentro del ropero lleno de frazadas pinchudas a leer los libros prohibidos bajo la luz amarilla de la linterna a pilas (siempre gastadas) u organizar guerras de almohadones. No me asustaba la oscuridad. El tiempo no era una malla viscosa ni algo que se padecía. El tiempo se contaba en las cuadras que había entre mi casa y la de Angelina, la de los ojos verdes, o en los minutos que faltaban para que el camión de la basura vaciara los tachos que luego serían nuestro refugio. El tiempo de la fiebre, en cambio, se cuenta en intervalos confusos de vigilia; la voluntad depone las armas ante el sueño, casi lo agradece. Cierro los ojos, aunque poco cambia entre el negro del aire y el negro verdoso de mis párpados. Por las noches, en el balneario, mi padre nos llevaba a pescar a la encandilada. Apenas un farol de mantilla, con la llama azul y tenue del kerosén, y unos calderines. Nos metíamos hasta las rodillas en el agua oscura e indescifrable buscando peces dormidos. En ese balneario sin luz eléctrica, salíamos a mirar el cielo. Mi padre desplegaba su mapa de estrellas y nos enseñaba las constelaciones que solo se veían en el Sur. Había un orgullo enorme en eso, la Cruz del Sur, nuestra, brillante, y los Siete Cabritos que hasta podían contarse sin problema. El Cinturón de Orión, un guerrero cabeza abajo, y su tenue espada. Pero también nos contaba sobre la Osa Mayor y su compañera, la Osa Menor, y estas dos osas que yo imaginaba con total claridad me llenaban de intriga, porque nunca se verían desde el Sur. En el techo de mi cuarto brillaban las estrellas fluorescentes que había pegado con dedicación y que absorbían luz durante el día. La oscuridad, en aquellos años, era el respeto a los murciélagos y al mundo de los animales que nacían con ojos grandes solo para moverse en la noche como nosotros en el día. El lémur, por ejemplo: la adaptación natural que las personas íbamos perdiendo, lentamente, como pintura descascarada. La oscuridad, antes de convertirse en un estado del alma, significó el misterio
bondadoso de los elementos.

Las diez o las once, calculé. Casi doce horas de apagón. Para entonces ya habrían muerto los bebés en sus incubadoras y todos los enfermos de cuidados intensivos. Yo no podía ducharme ni prender las hornallas para comer el único plato del día. No quedaba más que rogarle a la fiebre que me llevara de nuevo, aunque solo fuera a sus pesadillas de enfermedad y de muerte. La oscuridad no
es lo opuesto de la luz; la oscuridad es lo que hace la luz posible. Recordé otra vez las estrellas fluorescentes en el techo de mi cuarto: al menos ahora estarían brillando; al menos ahora el sol que habían robado vendría a aliviar esta ceguera. El estómago me rugía, los ojos se me cerraban. Difuso en la memoria sonaba un poema de Dylan Thomas, que tampoco pude leer hasta la mañana siguiente: “Light breaks where no sun shines”*.

*La luz irrumpe donde el sol no brilla.

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