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¿Doris?

¿Doris?

Escrito por: Santiago Flórez Sánchez || saflorezsa@unal.edu.co

Fotografía: Diana Duarte

Sentado en la ventana se le escapaba el humo por la boca, prendió otro cigarrillo y siguió

esperando. Quería sentir el fuego de las mariposas en llamas revoloteando por su

estómago, quería cocinar su cruda existencia. Estaba enamorado de estar enamorado. No

había otra forma, pensaba él, de sobrellevar la vida. El olor a tabaco y marihuana se

acariciaban cerca a la bombilla que alumbraba de amarillo la habitación del hotel. Los

mosquitos se paraban eventualmente en su piel desnuda, pero ya no los sentía. Botó la

colilla que le quedaba y se limpió las lágrimas sin acordarse de por qué estaba llorando. Se

dejó caer en el sillón que tenía al lado y se quedó viendo la puerta. Sonaban los cuerpos, al

caer en el asfalto, de los segundos que se lanzaban desde lo alto. Tic, tac. Uno detrás de

otro. Sonrió, y la perilla giró lento.

— ¿Doris?— murmuró. —No me pude aguantar las ganas— le respondió cuando

ya había entrado. Cerró la puerta y caminó hacia él sin clase. Se le sentó en las piernas y

le besó la mejilla suavemente, deslizándole los labios hasta la comisura de la boca. Él

terminó mordiéndole los labios, halándolos dulcemente. Estaba enamorado de sus besos,

de sus labios, de la forma en que decía ‘no me pude aguantar las ganas’, estaba

enamorado de sus playeras de niño que le

 

quedaban grandes, estaba enamorado de estar

enamorado de ella. Tirado en la cama olía su perfume ácido mientras veía el techo blanco.

Sentía los besos bajándole por el cuello como cálidas gotas efervescentes, sin acordarse

en qué momento se había recostado. Tomó un poco de ginger y se sentó en el taburete

del bar. ¿No estaba acostado? Pensó. Alcanzaba a escuchar un tambor lejos acercándose.

— ¡¿Qué está pasando, mierda?!— gritó con fuerza, y una gota de sudor frío le bajó por la

frente. El viento helado le movía el pelo. El tambor sonaba débil, pero cada vez más cerca.

Los árboles crujían con la noche. Los escalofríos se apoderaron de su cuerpo en

convulsiones. El bosque escondía los pasos del tamborilero aproximándose. Ya se estaba

enloqueciendo, o ya se había enloquecido.

Toc, toc. Todo se quedó en silencio. Apenas se escuchaban los murmullos de una sola voz.

Sonó la puerta sin abrirse y un grito que nadie gritó lo despertó. Abrió los ojos de golpe y

miró a la mucama pálida. No entendía. Se intentó poner de pie, pero no pudo, estaba

agotado. Sintió húmedo el suelo y al fin vio a su alrededor: dos tarros de jarabe flotaban

en un charco de sangre que nacía en sus venas, en el charco que flotaba él mismo. Lo

recordó todo. —¿Doris?— alcanzó a decir.

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