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Hänsel von Wanderlust

Hänsel von Wanderlust

Escrito por: Esteban Fierro Díaz || efierrod@unal.edu.co
Ilustración de: Camila Acosta Alzate

El aire estaba vuelto un chiflón violador: frío, y a todas luces un comienzo de tormenta.
Hänsel Von Wanderlust sujetaba su sombrero y miraba al cielo como si acabara de ser
hechizado. Me contó que adoraba cuando la tarde se ponía así: a un lado, un horizonte
lleno de nubes tan negras que parecía fuera a llover tinta; al otro, el sol en puesta
tranquila. Las hojas secas revoloteaban contentas porque, en ese instante —supe yo—
presencié el alma del señor Wanderlust.
Tengo una fascinación por la luz y la sombra en la rotación de Nave Espacial Tierra.
Me gusta creer que nosotros, los tripulantes, secretamente adoramos una parte específica
del día. Así, jugamos a formar bandos y buscar a nuestros semejantes. Varias veces me he
enamorado de las Auroras: las recuerdo tetonas y saltarinas, con los dientes destapados
en nombre del Sol y hablando a voces altas. Presencié al alma de Penélope Féliz cuando
de repente la encontré suspirando con sus gafas de sol puestas bajo el Perfecto Cielo Azul:
“por cierto; te amo.”, me decía. Y volvía a poner una sonrisa irresistible; casi histérica.
Luego, sus labios se batían como diciendo “bésame” pero cantando una de esas canciones
pegachentas que ponen a todo volumen para alegrar a la familia.

Así se persiguen como el día
persigue a la noche. Los demás estamos en el intersticio entre el alba y el anochecer.
Somos Medias Luces.

Las penumbras tienen fulgores discretos en sus ojos. Cuando encontré a Violeta
Bellobosque, por ejemplo, estaba envuelta en telas negras y se deslizaba como una
anguila hacia el zaguán de su casa. Oía a los grillos cantando mientras entrábamos como
ladrones bajo la luz de la luna a su madriguera de gitana, adornada con tejidos arco-iris en
zig-zag; donde hasta las sombras parecen oler a mirra y poseer colores propios. “Todos
estos años he estado persiguiendo al silencio de mi antigua casita de vereda.” Yo también
lo recuerdo: su piel olía a lavanda y podíamos mirar por el barranco; las hojas de
eucalipto dejaban de acariciarse y las luces del pueblo abajo parecían más lejanas que
las estrellas.

Los Auroras odian al silencio (de verdad, les he preguntado) y siembran el jolgorio;
los Penumbras buscan tranquilidad y exploran en lo oscuro. Así se persiguen como el día
persigue a la noche. Los demás estamos en el intersticio entre el alba y el anochecer.
Somos Medias Luces. Las hay chicas que adoran al sol cuando se acuesta en azul y se viste
con ámbar; hombres fascinados con el cielo tormentoso de una tarde casi inglesa; o yo,
con miedo a la oscuridad y unas ganas vehementes por sangrar el alma por los dedos,
cuando nadie está despierto y son las dos de la mañana bajo una débil luz amarilla.
Tenemos al alma capturada en instantáneas alrededor del día. Estamos grabados en la
atmósfera, cada uno en un puntito de la circunferencia de la tierra. Y ella se hace acariciar
del sol y la luna sobre cada puntito conforme hace su ballet por la Vía Láctea. O eso me
gusta pensar.

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