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Noche

Noche

Escrito por: Ingrid Alejandra Linares Fajardo || ialinaresf@unal.edu.co
Fotografía de: Daniela Rojas Vizcaíno. || nanirouge.photodesign@gmail.com

¿Qué ha sido de nosotros, envueltos entre humo de cigarrillo, con doce botellas vacías y
un par de pipas que ya hicieron lo que debían? ¿Cómo llegamos a esta monotonía de
horarios rotos y sueños atrasados? Cada uno de nosotros, hundido en algún sofá viejo,
sobre algún cojín raído por polillas y ratas. Todo lo que oímos es la estática en la radio y
entre sombras vemos la ciudad tras la ventana. Los focos amarillos sobre la calle como
estrellas caídas, las luces traseras de los carros como un río de sangre sobre la acera y
nosotros, entre sombras, con medio rostro en brumas y el otro medio iluminado. Solo en
la madrugada se siente la belleza de la ceguera. Miro a un lado, alguien que parece
dormido. Miro al otro, alguien que ve a través de un cristal opaco las luces de la ciudad.
De nuevo ¿Cómo caímos en este baile en penumbra? ¿Ahora vemos el brillo de la noche
atravesar la oscuridad y lo opacamos con sueños ligeros y botellas vacías? ¿Cómo llegué a
esta impotencia? ¿Cómo caí en este letargo? ¿Cómo me dejé complacer por la calma de
una habitación oscura y sillón mullido?
Sí, ahora recuerdo nuestras mañanas y nuestras tardes, el resplandor que nos
cegaba y nos dejaba caminando a tientas; el estupor de la vida, la confusión abstraída.
Recuerdo las rutinas demandantes, y las fatigas entre amantes. Los vapores de suspiros y
susurros danzan sobre nuestras cabezas y recuerdo las decepciones, las tristezas, el llanto
los viernes a las cuatro, los susurros cubiertos por la lluvia. Recuerdo nuestra sombra,
oscura como tinta, caminando bajo el sol, abrumados por el furor, cansados, desgastados.
Estamos bien en nuestra indulgencia. Conducimos lentamente hacia esta caverna, solo
vemos las sombras de lo que realmente éramos, solo vemos cómo se mueven rojas las
luces en la avenida, atravesando las calles sin prestarnos atención. Ya nadie nos ve, ya no
estamos frente al escenario. Corrimos, bajamos de la tarima entre risas y llantos, y
tomamos asiento en el claroscuro donde se refugian los espectadores. Está bien
descansar en el residuo del día, está bien ser movido por el espíritu dionisiaco, encarnar a

Eros, está bien ser abrazado por la noche, y esconderse en el humo. No nos hubiéramos
arrastrado hacia ella, si no hubiéramos caminado a tientas en el día; ni hubiésemos
caminado a tientas en el día, si no supiéramos que la noche nos habría de acoger en su
abrazo. Ahora recibimos su dulce beso y nos cubre el velo de Morfeo. Regocijémonos en
silencio, que en la mañana tendremos que caminar de nuevo.

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