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¿Usted baila cumbia?

 


Escrito por Juliana Peña  ||  juli_p19@hotmail.com
Ilustrado por Zamir Bermeo  ||  www.zamirbermeo.com

 

Él va hacia la Séptima, ella tiene entradas para el Teatro Jorge Eliécer Gaitán, ellos están en el parque Simón Bolívar, yo llego a la Media Torta y todos vamos a Colombia al parque en su VIII versión, un evento que se llevará a cabo del 21 al 31 de mayo. Éste festival nace en el 2003 por una fusión del Festival de Música Colombiana y el Festival de Músicas y Danzas en el mundo, con el fin de reunir los sonidos y ritmos de nuestro país como cumbias, currulaos, guabinas, torbellinos y porros.

 

Otra de Anderson

 

 

Escrito por Nina González  ||  catagon@hotmail.it
Ilustrado por Carolina Alarcón  ||  www.flavors.me/caroal 

 

Pasión, miedo, aventura, amor son sólo algunos sentimientos que suscita la historia de dos jóvenes que en contra de sus familias deciden escapar de su lugar de infancia por el amor que los envuelve; sus padres y amigos deciden emprender la búsqueda para traerlos a casa de nuevo. Se trata de Moonrise Kingdom, la última película del director texano Wes Anderson,  ambientada en los sesentas con imágenes cálidas y un reparto de numerosos actores reconocidos que estará próximamente en cines.

Lector de números

 
Escrito por Ana María Díaz Castillo  ||  hanu_210@hotmail.com
Ilustrado por Santiago Guevara  ||  flickr.com/santiagosantiago 
 

Fausto tiene cuatro perros y ocho gatos, una tienda de productos para animales en el garaje de su casa y un piano que no sabe tocar. Lee poco aunque le encantan los libros y le gustaría leer más literatura, pero no tiene tiempo. Tiene en su biblioteca entre cien y doscientos libros de física y matemáticas, en donde están los dos clásicos Física de Resnik Halliday Krane y Cálculo de Tom Apostol. Todos los años va a la feria del libro dos o tres veces y se queda desde las cuatro hasta que lo saquen.

Su objetivo principal en cada feria son las novedades editoriales de matemáticas y física y algunos libros en inglés. Siempre va con la intención de no comprar mucho, pero se antoja, no se resiste y compra. Su argumento son los precios bajos y la facilidad para conseguir libros importados.

El primer libro de física que Fausto compró por gusto fue en 1978 y era la Física de Alonso Acosta. Allí empezó su colección de libros de números que incluyen desde historia, filosofía o pedagogía de las matemáticas, hasta técnicos. No habla de leer sino de estudiar cuando se trata de números; él los estudia en su casa aunque preferiría hacerlo en una biblioteca, pero no tiene tiempo. Cuando busca las novedades editoriales en la feria del libro sabe que entre más especializado sea el libro es más costoso, pero más bonito; y entre menos público, menos ventas tiene y por eso también es más costoso.

En cada feria encuentra ediciones nuevas de algún libro, pero los cambios son mínimos, algunas veces es la presentación de los temas o los ejercicios, no hay diferencias importantes, a veces sólo es moda. Por eso Fausto sólo renueva sus libros cada cinco o diez años, cuando los cambios se acumulan y existe una diferencia importante entre la edición que él tieney la que va a comprar.

Otros libros no tienen más de dos ediciones, como el Cálculo de Tom Apostol y en ese caso lo importante es tener una edición bonita, con pasta dura. No tiene un libro o un tema favorito, tiene aprecio por los clásicos como con el Álgebra de Baldor. Después de mirar las novedades de los libros de números pasea un rato por los otros pabellones y mira libros de letras. Dice que mirar y ojear otros libros es su pasatiempo, así no los compre. Le gusta pasear y mirarlos, leer la contraportada y seguir. Fausto es ingeniero aunque debió ser matemático, lee números aunque le gustaría leer letras y dice que es más preocupante la falta de tiempo que la falta de plata. Números en cualquier caso.

Los escritores jóvenes buscan su Filbo

 
 
La escritura, más que una herramienta sin sujeto, es el producto de un sujeto que se mide frente a una herramienta que no significa nada si no se relaciona con un mundo interior y exterior. Por eso los integrantes del Teuc deben confrontarse dentro del aula y fuera de ella.
 
Escrito por Isaías Peña Gutiérrez  ||  isaias1317@gmail.com
Fotografía por Andrés Barriga  ||  www.cargocollective.com/abarriga 
 

En el proceso de investigación sobre la creación literaria, basado más en las prácticas inductivas durante los treinta años del Teuc, —Taller de escritores de la Universidad Central—, cuidé pensar en todo cuanto rodea a la persona que un día se asombra con las palabras que forma en su pantalla o cuaderno: aquellos mundos reales y diferentes que pronto tendrá que admitir como la más legítima ficción.

La escritura, más que una herramienta sin sujeto, es el producto de un sujeto que se mide frente a una herramienta que no significa nada si no se relaciona con un mundo interior y exterior. Por eso los integrantes del Teuc deben confrontarse dentro del aula y fuera de ella. Nunca las horas curriculares agotaron la extensión del proceso de creación literaria. La noción de hora/clase, la del programa que se cumple en una franja limitada, una relación que se extingue entre profesor y estudiante tan pronto termina el calendario, no fueron mis parámetros.

La creación literaria no se provoca, no se anima, no se alcanza por una simple convocatoria burocrática, para que los seleccionados reciban un paquete de conocimientos teóricos, o las advocaciones de algunos escritores “mayores”; debe alcanzar una dimensión suficiente para que los iniciados sientan la complacencia y la complejidad del proceso de la creación. Muchos de los recursos a los que se debe acudir van más allá de la rutina pedagógica de la clase y el examen.

El escritor novel necesita el acompañamiento del amigo, el taller, o  la academia. Y, en los dos últimos casos, no resulta suficiente la comparecencia en los salones donde se reciben conocimientos, que se aprueban o desaprueban. El joven debe experimentar acompañado los lugares y procesos que lo vinculan con el exterior, que no siempre le son favorables. Me refiero a los concursos, las editoriales, las revistas, los periódicos, las librerías, los correctores de pruebas y, por supuesto, las ferias del libro.

En 1981, la Feria del Libro de Bogotá no era internacional, ni se hacía en Corferias; tenía lugar en el Parque Santander, al aire libre —con o sin lluvia—, sin pagar entrada, sin conferencias, con toldos organizados en filas, editoriales y librerías a precios de feria. No era lo mejor; ni lo peor. Hasta que el poeta Jorge Valencia Jaramillo creyó que la feria debía ser internacional. Es la Feria que hoy conocemos como Filbo, con un logo que representa a un lector leyendo sus manos y que llega a su versión 25. Esa Feria Internacional del Libro de Bogotá, dedicada hoy al gran Brasil, siempre fue una dama convincente y cómplice de los gustos e ilusiones de los escritores como de todos los jóvenes, en general. Pero, a 31 años de creado el Teuc y a 25 de nacida laFilbo, la relación entre los nuevos escritores, hayan o no pasado por un taller, por una aula de creación literaria o “escrituras creativas”, y las ferias del país debiera ser de más intensa, ser activa e interactiva, porque hasta el momento se ha pensado en esos jóvenes de manera pasiva: son invitados de piedra, obligados a escuchar a los autores mayores, que en muchas ocasiones, son los mismos. ¿Cómo romper esa distancia? ¿Con una franja especial dentro de la Feria para que los escritores noveles presenten sus creaciones literarias o expongan sus concepciones literarias? ¿Con un mercado del libro para los jóvenes escritores?

El fenómeno de los talleres formales y de los estudiantes y egresados de las aulas universitarias de creación literaria o “escrituras creativas”, obligará a la Feria a pensar en ellos. ¿Se les deberá otorgar una credencial para que asistan y participen de la Feria del Libro de manera gratuita y no sean sometidos a la discutida política de Corferias de pago universal sin tener en cuenta diferencias?

La presencia de los nuevos escritores, promovida y aceptada por la Filbo, se reflejaría, así, más tarde, en la producción que ellos mismos le devolverían para renovar la mismísima cinta de Moebius. Producción sin la cual, dentro de algunos años, no tendríamos Feria, sencillamente.

 

Lectores, más allá del bien y del mal

 

El lector moralmente malo sabe que asesinar es una acción impía pero necesaria, porque existen lugares más preciados que debe proteger, como su familia o su patria.

 

Escrito por Carlos Fino  ||  carlos.fino@revistaexlibris.com
Ilustrado por Santiago Guevara  ||  flickr.com/santiagosantiago 
 

Mi madre aún cree que la lectura hace mejores personas. También muchos medios de comunicación sostienen la misma tesis: hace un par de años la Biblioteca España, del arquitecto colombiano Giancarlo Mazzanti, ganó el premio internacional de Arquitectura Sostenible del Instituto Francés de Arquitectura, con el argumento de que cambió las armas por los libros. Parece noble y notable el fin, cuando pensamos que la lectura aleja a los jóvenes del Santo Domingo Sabio de Medellín, de las armas. Lo cierto fue que meses después la Comuna III sufrió un grave incendio que calcinó varias viviendas y donde fallecieron varias personas. La violencia los volvió a visitar, como una despiadada; su presencia prueba la vigencia de la amante de las montañas. La Comuna III gozó de un periodo de pacificación, más que de paz, cuando construyeron la Biblioteca. La militarización de la zona fue inminente y esto debilitó los poderes locales; por un tiempo los silenció. Pero no nos venció, al poco tiempo la violencia retomó su ritmo habitual. Es decir, la Biblioteca no solucionó el problema de la violencia. Los libros no enseñaron a los habitantes de la Comuna III a ser “mejores personas”. Ésta creencia es sólo una justificación que usan muchos amantes de la lectura para promover su objeto de deseo, su fetiche.

Existen dos tipos de lectores que desmienten dicha creencia, el lector moralmente malo y el lector amoral. El lector moralmente malo es generalmente un amante de la lectura; devorador de volúmenes. Para él, la lectura es una de las labores más nobles que desarrolla, sin embargo, esta acción no impide sus acciones violentas. Basta recordar la Santa Inquisición, proyecto de la institución más librera y letrada de la Europa entera en donde se dio cacería masiva a miles de personas acusadas de herejía. Los procesos eran volúmenes gigantes copiados minuciosamente en un exquisito latín seglar. Las ejecuciones tan públicas y espectaculares como los mismos procesos. Los Santos inquisidores sabían que quemar a una persona era un acto malo, pero necesario, para conservar loablemente el Catolicismo en el mundo.

Los camorreros italianos engendran, de manera distinta, el perfil del lector moralmente malo: son hombres cultos, con un profundo sentido religioso, coleccionistas de arte y personas muy educadas que pueden indistintamente citar el “Cantar de los cantares”, Las Elegiás del Duino, la Divina Comedia, acompañados por una buena cepa de vinos, y por las órdenes para asesinar a varios mafiosos del bando contrario. Los ilustres asesinos son una constante en la historia occidental. El lector moralmente malo sabe que asesinar es una acción impía pero necesaria, porque existen lugares más preciados que debe proteger, como su familia o su patria. El amor familiar contrarresta el odio a los otros, y el amor por los libros y la lectura le brinda una puerta de escape al poco valor que su vida tiene en la camorra.

En América, en donde lo real maravilloso nos visita constantemente, el actual máximo jefe de las-FARC, Timoleón Jiménez, —de cariño le decía “Tirofijo” Timo— es uno de los personajes más enigmáticos de la Colombia contemporánea. Sus “Comunicados” tiene más referencias al mundo literario que al real; su retórica comparte recursos con Cicerón y Séneca; cita en Latín. Sus discursos —dejando de lado su contenido inminentemente político— resultan hermosos y sensibles compendios literarios, sólo posibles por un hombre entregado a los libros, pero en medio de la selva. Lo más contradictorio es que su interlocutor principal, el Presidente de la República, de familia letrada y propietaria de uno de los gigantes mediáticos del país, tenga dificultades para hablar en público y escasamente puede escribir coherentemente un párrafo. Juan Manuel Santos no es un lector moralmente malo, Juan Manuel ni siquiera es un lector.

Pero existe un lector aún más perverso y determinado: el lector amoral. Este que gracias al conocimiento obtenido por su experiencia lectora logra construir un sistema de valores en oposición a los valores colectivos pero en pro de su colectividad. Primero imagina una colectividad en la cual adjunta pruebas argumentativas y materiales, después, como máxime creador de la misma se autoproclama amo y señor, con la capacidad de ver la causalidad de su mundo y la opción que la libere de su determinación. El lector amoral es tal vez, el lector más disciplinado porque sabe que de la lectura e invención de los textos depende el sostenimiento de su mundo imaginado. Este lector puede llevar a una colectividad a la gloria o al exterminio masivo, y es tal su habitación en la sustancia de lo inexistente que logra entenderse como la piedra angular en su rompecabezas de mundo, una que le permite devenir. El lector amoral está más allá del bien y del mal, porque el bien y el mal humano no son los criterios de necesidad de gravitación del orden cósmico que acaba de inventar. Este lector se caracteriza por su polaridad: puede ser un tranquilo ermitaño, o un exterminador masivo. Es simpático con los animales, vegetariano y odia ciertas colectividades humanas.

El lector digital


Escrito por Daniel Torres  ||  jdanieltc@hotmail.com
Ilustrado por Santiago Guevara  ||  flickr.com/santiagosantiago 

 

Un concepto acogedor de cuanta edad, idea y cultura exista; un entramado de expectativas, promotoras a su vez de desarrollo cultural y tecnológico; pero sobre todo un término dentro del cual todos deberíamos estar inmersos por su actualidad: el lector digital.

Desde el niño, posiblemente afortunado por haber nacido en el “boom” de la sociedad informatizada; pasando por el adolescente, quien gracias a la práctica y al uso constante de las redes ha logrado consolidarse como el usuario digital de mayor relevancia; hasta llegar a los adultos, e incluso los adultos mayores, quienes tal vez por hobby o por la simple necesidad de ir acorde a una sociedad que, en cuanto a lo tecnológico, avanza a pasos agigantados. Se puede decir que el lector digital no es una persona ni una generación en particular: es cualquier individuo, con cualquier tipo de gusto o edad.

Quizás joven, de pronto viejo. La edad es lo más relativo al momento de intentar dar una pincelada básica sobre el personaje que podría encarnar a lo que hoy en día llamamos el “lector digital”.

Este lector busca comodidad; rompe los esquemas tradicionales de párrafos largos y densos; desea, tal vez lo más importante, ser tenido en cuenta por medio de una crítica que pueda ser manifiesta, comentada, debatida y nuevamente criticada.

Sin duda, se podría observar que muchos pueden acceder a las redes sociales, o adquirir dispositivos móviles, especialmente teléfonos inteligentes y tabletas para la lectura de libros y artículos digitales.

Con esto queda demostrado que el usuario permanente de la web no tiene que ser necesariamente un “geek” (aficionado a la tecnología y a temas informáticos), o un “nerd”, como nuestra sociedad podría estereotiparlo. Los usuarios de Twitter y/o Facebook, somos de una u otra forma, lectores digitales, pues tenemos lo que mencioné: preferimos la comodidad al leer; escogemos algo entre una multiplicidad de redes informativas, y queremos que nuestra actividad, llámese foto, comentario, tuit o artículo, sea comentada, retuiteada y vista por el mayor número de personas posibles. Podría verse como ese lector un poco arrogante y narcisista que más que leer busca ser leído.

El no lector

 
Escrito por María Paula Díaz Castillo  ||  mary_kstillo92@hotmail.com
Ilustrado por Santiago Guevara  ||  flickr.com/santiagosantiago

 

No hablaré de los que estamos, de los lectores apasionados, enloquecidos, casi quijotescos. Lo haré de quienes no asisten a la feria, y además dejan en espera infinita a los libros, en todas sus citas.

La otra cara de la moneda: el “no-lector”, aquél mira con extrañeza, el apetito voraz con que comemos todo tipo de tomos. Y nosotros, también sin entender, cómo a ellos les desagrada el sabor múltiple de una novela, que va desde el dulce que hastía hasta el amargo que duele, la poesía cómo postre, o el entretenimiento que se consigue al masticar un cuento.

Puede ocurrir que la cuestión de la tendencia por leer o no, sea algo tan sencillo cómo la de cualquier otro gusto, debilidad hacia las espinacas, o rechazo por el chocolate. Pero este artículo ahondará un poco más, en ése lector antagonista.

Empezaré por decir que todos los citadinos leen, porque el lenguaje es inherente al hombre y en cualquier parte están las letras. De repente, leer un libro, es como los suspiros: toda la vida respiramos, pero uno de ellos basta para recordarnos que lo hacemos; el aire común se convierte en una masa etérea, inefable y mística.

Lea. ¿Por qué no lee? Retazos de conversaciones pronunciadas al arbitrio dela cotidianidad. Supongo que muchos de los “no-lectores” lo son porque han leído por obligación, bajo la presión de otros. A las malas, hasta la más excelente obra literaria, podría sentirse incómoda al ser leída.

“La tarea de español para el próximo lunes es leer un libro muy complicado, que no podrán entender, claro”. Así surge, el “no-lector” por frustración: intentó, pero se rindió.

En lo personal, no hay excusa que me haga cambiar de opinión: los “no-lectores” son cobardes. Pregúntele a alguno por qué no le gusta leer y se encontrará, como yo, insatisfecho ante la respuesta: “porque no”. Acérquese a un amante de la lectura, pregúntele el por qué y con seguridad, le dará más de tres razones y hasta producirá en usted cierta fuerza de convicción.

Probar con libros diferentes, para encontrar ése género especial, ése autor que escribió para alguien como usted, no es una tarea en vano. Es parecido a la búsqueda de la media naranja, sólo que en la nuestra, hay garantía: no existe alguien para quién no se haya escrito un libro. El punto es buscarlo, con paciencia y sin mesura, y ¿quién quita?, puede encontrar a más de uno. Es menos lo que se pierde que todo aquello que se gana. Si no es así, ¿usted por qué lee?

Leer no te hace grande

Escrito por Sara Trejos  ||  sara.trejos@revistaexlibris.com
Ilustrado por Santiago Guevara  ||  flickr.com/santiagosantiago

 

La primera vez que se sintió adulto fue cuando leyó un libro completo sin “dibujitos”. Luego leyó el periódico, novelas y autores que le gustaron, otros los ojeó sólo para alardear, también cayeron algunos Best Seller y poemas de cualquier señor latinoamericano. Leyó también muchas cosas académicas sin inicio, nudo y desenlace. Pero un día, poco después de recibir su cartón profesional, cuando se sentía muy grande, descubrió por casualidad un libro que le parecía prohibido. Se asomó, leyó una frase, pasó la hoja, leyó otra y ya no pudo zafarse. Leyó a escondidas. Lo leyó a pedacitos, iba y volvía, noche tras noche, ocultándolo de la mirada de los entrometidos de la casa.

Le gustaba que esta historia no estuviera contada sólo con palabras. Los personajes se veían nítidos en cada hoja. A veces sólo se veía una pierna o la trompa de un elefante. Las páginas estaban teñidas de colores y al parecer podían resumir todo ese sentimiento que había reprimido cuando no era un adulto. No le gustó crecer.

Siguió comprando libros ilustrados para niños. Un día lo vi saliendo de una librería con Oliver Jeffers bajo el brazo. ¿El pingüino está arriba o abajo? ¿Perdido o encontrado? No lo recuerdo. Después saliendo de la oficina consiguió una historieta algo sórdida y negra, creo que logró que un tipo se la vendiera por menos de $5.000 después de mucho redondear, de poner cara de poco interés aunque por dentro se moría de miedo de pensar que pasara otro y viera la belleza desgastada que tenía al frente y diera una mejor propuesta.

Más tarde en el mismo mes, lo vi ojeando a Rebecca Dautremer, la que pinta ojos gigantes y cabellos hermosos de princesas perversas ¿Era un libro para niñas? Para él, ni siquiera era un libro para niños. Era un tipo duro que con el tiempo aprendió a reconocer los trazos irónicos de una Dosis Diaria de Montt y el humor, tan sarcástico como tierno, de Liniers.

Su biblioteca se llenó a poco a poco de libros de diseño de personajes, de otros que eran Pop ups donde un puercoespín cuenta hasta 5 y mueve su brazo cuando alguien jala la flecha que está abajo. Le gustaba creer que a veces estos libros los hacía gente que también se sentía grande pensando en lo que les hubiera gustado leer cuando eran niños. Con el paso del tiempo se le quitaron las ganas de esconderse. Cuando le pregunté que hacía con todo eso, me dijo que no estaba coleccionando libros para niños, sino que por el contrario tenía toda una galería de arte, coleccionaba ilustradores.

Maneras extrañas de morir…

 

… Y OTROS DESENLACES IRÓNICOS A CAUSA DE LA LECTURA

 

Escrito por Andrés Gulla-Ván  ||  fabian_gulla@hotmail.com
Ilustrado por Julián Cedeño  ||  julian_edeo@hotmail.com 

 

¿Qué ocurriría si se realizan lecturas demasiado literales?, ¿cómo sería una interpretación radical e irónica; en que el cosmos y las dimensiones tergiversadas por deseos despiadados llevan a la muerte y a otros resultados no tan amenos?

¿Se imagina que alguien caiga al ataúd, víctima de una depresión después de leer a Riso o Coelho? ¿que buscando una satisfacción sexual en pareja le caiga un libro de Sade encima lo descalabre, o peor, lo cape, que es igual a recibir la afilada visita de Rosario? ¿que un suicida dé el paso cuando, en su última esperanza por vivir, lee el Ulises y no entienda?

A mí no me gustaría despertar y ver un dinosaurio, o ser un bicho, que feo, mejor tomo unas pastillas y que el ensueño termine. Tampoco quiero un viaje a Holanda para matar molinos por contagiarme de la locura del ingenioso hidalgo. En vez de eso prefiero morir del aburrimiento con Mario Mendoza, o ser víctima de alguna afección pulmonar por tanta polvareda del mundo garciamarquiano.

Para las señoritas, ¿qué tal una intoxicación por sobredosis de bloqueador solar escarchado luego leer la saga Crepúsculo? O decapitadas porque Scheherezada no actuó rápido. Pero ojalá, jamás de los jamases Mr. Jack les pregunte si su mamá sabe coser, ¡uy no!, que la Virgensita las ampare.

A lo mejor el desenlace no sea el fin del lector, sino de quienes le rodean. Que se le aparezca Tyler Durden dando patadas y puños a todo lo que se mueva, así sea su propio padre; luego Holden Caulfield lo convenza de manera misteriosa para acabar con sus ídolos después de una firma. Y después se arroje a la bestialidad con la compañía de Rimbaud. Y ya que cascó a su progenitor, viole a su mamita porque se pasó de copas charlando con Edipo.

¿Qué me dicen de la chica esperó toda su vida al príncipe azul? Esperar a alguien o algo ficticio es tan nocivo para la salud como conformarse con una vida mediocre. En algún rincón del planeta alguien sueña con irse de viaje a marte, creyéndose el Rey para escribir desde allí sus crónicas. Para esas cosas mejor que sea sentado, sobre un coco en una playa con la esperanza de que llegué el Viernes. Ni mucho menos espere que aparezca un pájaro parlanchín en la orilla plutoniana de la noche; y ya que hablamos del infierno, pierda la fe si quiere que Mefistófoles le ofrezca algo jugoso, o que Virgilio le guíe en el viaje.

Pilas con seguir fielmente a esos personajes y autores que cautivan. Que a ellos les haya funcionado su estilo de vida no significa que a la gente de verdad nos sirva. Que no se le estalle la nariz por oler tanto pegante queriendo dárselas de Jean-Baptiste Grenouille. Ni que le dé toxoplasmosis porque quiso un gato luego de leer Opio en las nubes, que vaina tan brava, toc, toc, toc. O ser tan burro para querer meter todo lo que Burroughs metió.

Si no se le antoja un final tan violento deje que el deceso sea natural. No obstante, si le duele mucho la pleura y Hans Castorp no cumplió con su visita por andar morboseando a otras pacientes, pida la ayuda del doctor Watson, si es que tiene tiempo. Pero eso sí, no se vuelva un hipocondríaco como Moliere ni sea la rata a la que Raymond Fosca le dio la inmortalidad.

Mejor dicho señor lector, “dime qué lees y te diré cómo terminarás”. Por lo pronto me voy a cazar leones antes de que la falta de creatividad haga que me ponga a volar unos puentes en España y mi propia cabeza de un escopetazo.