Libros.

Más allá de la ficción

Pero ¿qué sucede cuando la ficción es capaz de atravesar la realidad y ponerla en duda? Miguel de Unamuno en Niebla, y Pirandello en su drama Seis Personajes en busca de autor, tratan de romper las fronteras entre ficción y realidad

Noteboom le escribe cartas a Poseidón

Escrito por // Raúl Durán Ayala // raulduran67@gmail.com

Fotografía // Daniel Lara // vanjerono@gmail.com

 

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Me hubiera gustado preguntarle al poeta: ¿Qué viene a hacer el mar en la feria del libro? Aunque de alguna manera sin preguntar me respondió. Noteboom le escribe cartas a Poseidón. ¿Para qué le escribe cartas a Poseidón si la correspondencia con los dioses va en una sola dirección? Noteboom viene de una ciudad que se hunde en el mar, eso explica porque prefiere escribirle a Poseidón y no a Gea. Ya pasaron al olvido los viejos dioses inmortales, pero no hay que olvidar que más que inmortales son eternos. Lo que es eterno es inmortal pero lo inmortal no significa necesariamente que sea eterno. Más bien lo eterno carece de un principio claro, no se sabe bien de donde viene, aparece de súbito y se prolonga hasta el infinito; como las olas del mar.

Del mar hay mucho que se ha escrito y mucho más se seguirá escribiendo. Poseidón debe sentirse contento de eso; al fin y al cabo, de alguna manera, hablar del mar es hablar de él mismo.

Me sigo preguntado: ¿Qué viene a hacer el mar en la feria del libro? Da minha língua vê-se o mar dijo Vergílio Ferreira. La FILBO también hoy dice lo mismo, pero no es lo mismo. Aquí lo más cercano al mar es el aguacero que empapa la feria, o los barcos azules en la cabeza de la gente; como navegando por ese mar de pensamientos; aunque creo, a veces, que el mar de pensamientos ya hace mucho se secó.

Esta FILBO es un diluvio ¿caen gotas como libros? No sé; los libros no se derriten aunque sí se secan. Sé que el sábado en medio del diluvio un pequeño barco de papel caminaba sobre la corriente hasta hundirse en la alcantarilla. Vaya suerte para un barco en una feria donde “desde mi lengua se ve el mar”, donde el invitado es Portugal y donde Noteboom me cuenta que le escribe cartas a Poseidón. Seguramente Poseidón con su infinita sabiduría habrá elegido la alcantarilla como el mejor destino para un barco de papel.

Buscando el mar en esta feria llegue al pabellón de Portugal. Allá hay unas cabinas para meter la cabeza y oír lo que susurran las aguas. ¿Acaso esa lengua desde la que se ve el mar no es otra cosa que el sonido del mar?  ¿Será la voz  del mismísimo Poseidón? Será que hoy reposan las palabras de los dioses en un “bus universal” como en las viejas bibliotecas. Claro que, aunque esto sea cierto, Poseidón perdió poderes y quedó atrapado en el papel, y lo que sea que pueda decirnos en su lengua de mar, por desgracia del olvido ya no significa nada. Nosotros con agua en los oídos saltamos en una pierna y nos golpeamos la cabeza, no sea que se nos pegue una infección.

Allá también está Pessoa, Saramago, camões,…Ilustrados con sus ojos secos y sus palabras húmedas. Se me ocurre mientras naufrago en uno que otro libro: ¿cómo llevar al mar a esta ciudad de libro al viento?

El mar aquí baja del cielo, el cielo es ese mar suspendido dispuesto a aplastar nuestras cabezas, a derretir nuestros cuerpos. No sé si todos los bogotanos vemos al mar tan lejos o si algunos estén conscientes de que esta ciudad es una isla; que las montañas son gigantescas olas estáticas a punto de derrumbarse y sepultar toda esta feria, dejando nombres de bancos y autopistas como epitafios en este mausoleo citadino.

Contra ese oleaje reflexivo vino a estrellarse este poeta: Noteboom se ve fresco, duro, no tan viejo como el Neerlandés que habla. Leyó con su acento extranjero  marcando las erres y las jotas roncas, y mientras hablaba se me ocurría: que no si el mar llegue a la feria, que eso en realidad no me interesa, que la lluvia seguirá escupiendo en todos los meses, que por que Poseidón no se digna, aunque sea con una minúscula frase, a responder esas cartas. Y claro, se me ocurre, que lo más cercano al mar es ese silencio de Poseidón; el silencio de las playas, de las palabras escritas.

Del libro leído al libro vivido

Escrito por // Jhon Jairo Ortega // jota.ortega@gmail.com

Fotografía // Daniela Montenegro // danimonte94@gmail.com

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No existe lugar que genere más terror en mí que una biblioteca. Toda esa estantería atiborrada de libros se asemeja a los monstruos de mi infancia que me atormentaron por años. Para un lector entrenado en estos campos el viaje será una aventura pero para este servidor una pesadilla. La Feria del Libro es esa pesadilla multiplicada por montón. No solo existe una biblioteca, hay miles, con sus estantes monstruosos, coloridos, deformados, sincronizados y aterradores. ¿Cómo ver un árbol dentro de un bosque? ¿Cómo ver un libro en una bodega infinita llena de libros? Solo la idea me daba dolor de cabeza. Algunos pensarán que el hallazgo de una pieza literaria que nos sacuda la cabeza, en medio de esta jungla, es precisamente lo que le da valor a un libro. Eso suena muy lindo, en la práctica es un infierno.

Aún más si los servicios de información de la Feria son deficientes. Las puertas no las abrieron hasta las doce del mediodía pero en prensa, la cita era a las nueve. Largas filas de niños con mamelucos policromados se retorcían entre las patas del arco de Corferias. Servicios de información cuya mejor respuesta era “no sé”. Profesoras que mutaban entre astronautas, renacuajos, piratas y toda clase de variopintas especímenes haciendo monerías incompresibles, con tal de calmar la ansiedad de los enanos ya cansados de esperar.

Adentro todo era un caos de cajas de cartón, señoras finas con escoba en mano barriendo la atareada alfombra, ejecutivos con corbata clavando puntillas, niños jugando por los corredores y libros, muchos libros, una selva entera llena de ellos. Arrumados, parados, colgados, desafiantes y amenazantes.

Los libros huelen tu miedo y se abalanzan sobre ti. A mí me cayó encima uno de Cocina Thai para Dummies. A mí que se me quema un agua y cuya máxima creación gastronómica ha sido un café instantáneo salido del microondas. Salí corriendo de pánico. En otra esquina me brincó uno de Walter Riso “Enamórate de ti mismo” se llamaba. Depresión inmediata. Me refugié en un sofisticado stand con modernas pantallas de video y olor a pino y nuevamente fui atacado por una póstula evangélica que me invitaba a la salvación. Huí desesperado.

No me quedó otra alternativa más que salir de aquél pabellón y tomar un poco de aire. Me temblaban las manos. De pronto un gigantesco gusano amarillo hecho solo de niños me empujo hacia adelante. Nada podía hacer. La entrada del pabellón infantil se hacía más grande y me vi irreductiblemente conducido a un infierno peor. Un enorme salón lleno de niños inquietos, saltando y brincando encima de mí. Es el fin, pensé.

Pero cuando atravesé la puerta, el caos desapareció. Un cielo gigantesco inundado de globos y sombrillas sicodélicas dominaba el lugar. El piso era un pastizal sintético de donde emergían toda clase de animales y personajes salidos de las páginas de los cuentos infantiles. Una pobre viejecita, un renacuajo muy tieso y muy majo, un gato armado con una carabina pero con la mirada de un niño que se moría por un helado doble de vainilla y chocolate.

Hordas enteras de enanos circulaban por las autopistas improvisadas. Cuidado. La bruja malvada de Blancanieves recorría el lugar buscando a la doncella que se escondía detrás de una columna. Algunos niños la delataban, otros la ocultaban. En la mitad del pabellón, numerosas plantas flotantes destilaban luces de colores cuando los pequeños en carrera brincaban de una en una, de otra en otra.

Justo al lado, una extraña medusa de tentáculos azules me sedujo y en un sugerente lenguaje me invitó a conocer sus entrañas. Caí sin remedio ante sus encantos y me perdí entre sus faldas mientras en el suelo circulaban pequeños insectos que parecían burlarse de mi ingenuidad. En el centro el corazón de la medusa era una esfera luminosa en donde nadaba libre una ballena jorobada, lenta y elegante, al lado de su hermoso ballenato, ay ombe!

En los huecos de las paredes se asomaban pequeños duendes que dibujaban sobre el papel. Me miraban, dibujaban y se reían. Y cuando trataba de acercarme a ellos desaparecían en un parpadeo y se burlaban con descaro. Los trazos de colores que abandonaban sin preocupación alguna eran lobos, insectos, y seres sin forma que me sacaban la lengua y me señalaban con burlas insolentes.

De repente el gusano hecho solo de niños corrió a mi lado desesperado y detrás de él una colosal araña hecha solo de niñas que le perseguía. Me dan una vuelta, me dan dos vueltas, me dan tres vueltas y terminamos hechos un terrible nudo de patas y brazos que se derrumbó en medio de las carcajadas más divertidas de mi vida.

Salí del pabellón infantil una hora y media después totalmente despeinado, con la camisa por fuera y con quince años menos. No toqué un solo libro porque no había ninguno y sin embargo fui parte de todos ellos y de ninguno a la vez. ¿Será que entro de nuevo?  Y… ¿Por qué no?

 

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