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Paseo Inmoral

Escrito por: JJ Ortega // jota.ortega@gmail.com

Fotografía: Mauricio Mejía // mauriciomejia90@hotmail.com

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Tristeza.

Se escucha a Roberto Laserie por la séptima y es imposible ignorarlo. La voz de quien lo interpreta está llena de nostalgia. Algunas personas se detienen por un instante, otras se agachan para depositar unas monedas y siguen de largo.

Este Laserie tiene los zapatos tan deshilachados como el resto de sus ropas. Se ayuda de un parlante y un micrófono viejos. Su voz es melancolía pura. La voz del bolero tallada en los andares de la vida con todas sus alegrías y tristezas, del amante solitario, del desengaño, del que apuesta, fracasa y se ríe  a carcajadas.

La mirada de los asistentes se pierde en la profundidad de la calle. Hay un inevitable regreso al ayer, a los buenos y malos recuerdos, a rostros de gente que ya no está, a risas, desdichas e ilusiones olvidadas. Una lluvia lenta espanta a los presentes y sirve de telón de fondo. El espectáculo ha terminado.

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Ritmo.

La encontré por la cincuenta y tres entre las ventas callejeras de Galerías. Usa sombreros de lana y abrigos de paño. Tras los mechones retorcidos de su pelo se esconde una minúscula sonrisa que brilla cuando las monedas rebotan en el estuche de su violín.

De las cuerdas surge algo lento que se va transformando en un jazz bailable. El auditorio marca los ritmos con pies y manos. Algo de surrealismo pinta la escena. Los transeúntes se contagian de un sonido extraño, lleno de color.

Un desconocido pregona que la violinista quiere llegar a Londres. Las colaboraciones no se hacen esperar y de la música nace una repentina atmósfera positiva, una solidaridad manifiesta que contagia por un instante.

La damita termina con una reverencia a Vivaldi y otra al público. Los aplausos resuenan y desaparecen mientras la ciudad se reconfigura. La calle vuelve a ser la misma de antes.

 

Movimiento.

Las claves sacuden el banquito de madera. En la otra mano, el mulato ciego sostiene una gorra donde recoge las gratitudes voluntarias. De su garganta se desprende cadencia y mestizaje. El espacio es reducido y el auditorio cambia constantemente mientras la imagen del sonero del puente de la ochenta y cinco permanece inamovible, tatuada en la piel de la ciudad.

Una comunión misteriosa entre la percusión y la voz se materializa. Una transmutación instantánea de sonido y movimiento. El sonero se despoja totalmente y cada extensión de su cuerpo actúa como un instrumento más.

En medio del insoportable bullicio citadino, el fuego de un son irrumpe sin complejos, fuerte y lleno de vida. Los pasos adquieren sentido y nace un ritual de danza espontánea al tiempo que una voz de leño ardiendo pregona: ¡Tuna se quemó, Tuna se quemó!

Noteboom le escribe cartas a Poseidón

Escrito por // Raúl Durán Ayala // raulduran67@gmail.com

Fotografía // Daniel Lara // vanjerono@gmail.com

 

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Me hubiera gustado preguntarle al poeta: ¿Qué viene a hacer el mar en la feria del libro? Aunque de alguna manera sin preguntar me respondió. Noteboom le escribe cartas a Poseidón. ¿Para qué le escribe cartas a Poseidón si la correspondencia con los dioses va en una sola dirección? Noteboom viene de una ciudad que se hunde en el mar, eso explica porque prefiere escribirle a Poseidón y no a Gea. Ya pasaron al olvido los viejos dioses inmortales, pero no hay que olvidar que más que inmortales son eternos. Lo que es eterno es inmortal pero lo inmortal no significa necesariamente que sea eterno. Más bien lo eterno carece de un principio claro, no se sabe bien de donde viene, aparece de súbito y se prolonga hasta el infinito; como las olas del mar.

Del mar hay mucho que se ha escrito y mucho más se seguirá escribiendo. Poseidón debe sentirse contento de eso; al fin y al cabo, de alguna manera, hablar del mar es hablar de él mismo.

Me sigo preguntado: ¿Qué viene a hacer el mar en la feria del libro? Da minha língua vê-se o mar dijo Vergílio Ferreira. La FILBO también hoy dice lo mismo, pero no es lo mismo. Aquí lo más cercano al mar es el aguacero que empapa la feria, o los barcos azules en la cabeza de la gente; como navegando por ese mar de pensamientos; aunque creo, a veces, que el mar de pensamientos ya hace mucho se secó.

Esta FILBO es un diluvio ¿caen gotas como libros? No sé; los libros no se derriten aunque sí se secan. Sé que el sábado en medio del diluvio un pequeño barco de papel caminaba sobre la corriente hasta hundirse en la alcantarilla. Vaya suerte para un barco en una feria donde “desde mi lengua se ve el mar”, donde el invitado es Portugal y donde Noteboom me cuenta que le escribe cartas a Poseidón. Seguramente Poseidón con su infinita sabiduría habrá elegido la alcantarilla como el mejor destino para un barco de papel.

Buscando el mar en esta feria llegue al pabellón de Portugal. Allá hay unas cabinas para meter la cabeza y oír lo que susurran las aguas. ¿Acaso esa lengua desde la que se ve el mar no es otra cosa que el sonido del mar?  ¿Será la voz  del mismísimo Poseidón? Será que hoy reposan las palabras de los dioses en un “bus universal” como en las viejas bibliotecas. Claro que, aunque esto sea cierto, Poseidón perdió poderes y quedó atrapado en el papel, y lo que sea que pueda decirnos en su lengua de mar, por desgracia del olvido ya no significa nada. Nosotros con agua en los oídos saltamos en una pierna y nos golpeamos la cabeza, no sea que se nos pegue una infección.

Allá también está Pessoa, Saramago, camões,…Ilustrados con sus ojos secos y sus palabras húmedas. Se me ocurre mientras naufrago en uno que otro libro: ¿cómo llevar al mar a esta ciudad de libro al viento?

El mar aquí baja del cielo, el cielo es ese mar suspendido dispuesto a aplastar nuestras cabezas, a derretir nuestros cuerpos. No sé si todos los bogotanos vemos al mar tan lejos o si algunos estén conscientes de que esta ciudad es una isla; que las montañas son gigantescas olas estáticas a punto de derrumbarse y sepultar toda esta feria, dejando nombres de bancos y autopistas como epitafios en este mausoleo citadino.

Contra ese oleaje reflexivo vino a estrellarse este poeta: Noteboom se ve fresco, duro, no tan viejo como el Neerlandés que habla. Leyó con su acento extranjero  marcando las erres y las jotas roncas, y mientras hablaba se me ocurría: que no si el mar llegue a la feria, que eso en realidad no me interesa, que la lluvia seguirá escupiendo en todos los meses, que por que Poseidón no se digna, aunque sea con una minúscula frase, a responder esas cartas. Y claro, se me ocurre, que lo más cercano al mar es ese silencio de Poseidón; el silencio de las playas, de las palabras escritas.

Tintas, amores y papel: Quijotadas bibliosexuales

Escrito por // Andrés Gulla-Ván // fabian.gulla@gmail.com

Fotografía // Daniel Lara // vanjerono@gmail.com

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Dulcinea de Toboso es poca cosa frente al amor que padecí en esos pocos días. Insensata fijación a lo escrito y palpable. Esos días y esas noches, de mi cabeza, el pecado lujurioso tomó.

A veces en un estante, a veces en los pasillos. Hallé múltiples amores, muchos antojos platónicos por tocar y oler lomos y cuerpos con alto y bajo gramaje.

—     ¿Qué importa?

—     No mucho.

Porque he buscado esas voces que destacan de la multitud, y claro, sin Odiseo que encere mis oídos, muchas veces me he revolcado en camas imaginadas. Me he perdido en mares de cartas enviadas desde la orilla de la imaginación. Allí, donde he imaginado acariciar a miles, bajo el intenso sol que ciega las pantallas, convirtiéndolas en costosísimos pisapapeles, y donde mis dedos han recorrido, milímetro por vez, esas curvas y superficies que transpiran deseo, como pisadas en el fango

Varios días he recorrido esos hangares, chalets y mausoleos de millares de vocales, espacios y tipos. Varios kilómetros en círculo y espirales, a lo alto y bajo, gateando y estirando el gaznate. Así encuentro a mis amantes, a esas y esos, porque el género poco me preocupa, cuyos besos y sexo cautivan mis ojos por decenas y miles de horas. ¡Cómo los amo!

Pero de vez en cuando la búsqueda es vacua, y en esos tiempos mi mente es víctima de Frestón, cuyos molinos hizo pasar por jóvenes y hermosas mujeres de carne y verdad. Con facciones marcadas y gruesas piernas y en ocasiones con lentes. Me contento con verlas caminar, así sea una vez, pues luego mi mente maquinará cientos de historias, que tal vez terminen en papel, y del mismo modo, pero en sentido contrario, esas frases libidinosas harán correr algunas gotas de sudor. No puedo ocultar mi fascinación por tal o cual, e incluso una lolita, la lolita.

Mis amores en ocasiones son rústicos y otras más son duros. Pesados o delgados, con años encima o con la tinta fresca. Esos amores que mucho he disfrutado y que mucho me han absorbido, generando periodos de chifladura y ostracismo. He perdido amigos, conocidos y mi familia me ha rechazado muchas veces por no controlar esos salvajes e ilustres deseos de leer. De actualizar mi software. Y por eso mismo he sido obligado a resguardarme del mundo real, justamente por serme poco leal.

Creo en el monte de venus, en las curvas y en la piel fragante. Creo en la palabra escrita y la palabra no dicha. Creo en las interpretaciones santísimas de cualquier lector. Creo en su sexo arrojándose contra el mío, en fluidos y lubricaciones. Creo en sus senos como en las letras que forman palabras. Y en sus besos, tibios y levemente empapados, que me recuerdan la página donde he quedado. En libros de física que expliquen el movimiento pendular continuo, en las caderas desjuiciadas. Creo en la arritmia de nuestros pasos cuando, nerviosos y con miradas furtivas, nos acercamos arrastrando las bolsas llenas de libros, y con alguna frase sacada de alguna novela inicia la épica. Creo, sobre todo, en los olores de recién destapado, de libro nuevo y de calzón mojado. Solo soporto los plásticos cuando sirven para proteger de la humedad y de la sífilis.

Pero cómo no perecer, enamorado y loco, cuando sus pieles lozanas y limpias parecen de plástico, o con parcial UV, inmortales  y siempre bellas. Así, sin más, es el primer contacto, con la primera fijación. Dirán que soy superficial y fofo, pero todos deben admitir que en amores y odios lo primero es el ojo. Pero eso sí, de las mujeres el ojo no quito.

—     ¿Por qué?

—     Porque me gustan todas. Y más si son las que me imagino cuando paso de un libro a otro.

—     ¿Y cómo las imaginás?

—     Haciéndoles de todo. Por arriba, por abajo. Regándome en ellas o que ellas eyaculen sus letras sobre mi cara.

—     ¡Tan guache, marrano!

—     No importa, así las amo.

Pero de caballeros es no revelar identidades de damas o concubinas, aunque licencia si me doy de revelar que en feria muchas mujerzuelas en papel, en digital o kindle, o desparramando firmas se encuentran por ahí, en cada banca o junto a los baños. Y como caballero andante que monta corcel que era Rocín antes, debo apelar a Palas y su sapiencia para, con humildad y hombría, reconocer que tanto amor unidireccional mi desgracia traerá.

Mejor dejo la caballería, y de los pasillos y stands dejo de pasear, pues poco aguanta mi bolsillo. Calmar las calenturas carnales y mentales no es barato, y menos en una feria donde pocos libros son realmente accesibles. Pero sé que a cita obligada debo acudir, año a año con mis putas encuadernadas y tristes. Me voy a leer, y a jalármela.

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Del libro leído al libro vivido

Escrito por // Jhon Jairo Ortega // jota.ortega@gmail.com

Fotografía // Daniela Montenegro // danimonte94@gmail.com

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No existe lugar que genere más terror en mí que una biblioteca. Toda esa estantería atiborrada de libros se asemeja a los monstruos de mi infancia que me atormentaron por años. Para un lector entrenado en estos campos el viaje será una aventura pero para este servidor una pesadilla. La Feria del Libro es esa pesadilla multiplicada por montón. No solo existe una biblioteca, hay miles, con sus estantes monstruosos, coloridos, deformados, sincronizados y aterradores. ¿Cómo ver un árbol dentro de un bosque? ¿Cómo ver un libro en una bodega infinita llena de libros? Solo la idea me daba dolor de cabeza. Algunos pensarán que el hallazgo de una pieza literaria que nos sacuda la cabeza, en medio de esta jungla, es precisamente lo que le da valor a un libro. Eso suena muy lindo, en la práctica es un infierno.

Aún más si los servicios de información de la Feria son deficientes. Las puertas no las abrieron hasta las doce del mediodía pero en prensa, la cita era a las nueve. Largas filas de niños con mamelucos policromados se retorcían entre las patas del arco de Corferias. Servicios de información cuya mejor respuesta era “no sé”. Profesoras que mutaban entre astronautas, renacuajos, piratas y toda clase de variopintas especímenes haciendo monerías incompresibles, con tal de calmar la ansiedad de los enanos ya cansados de esperar.

Adentro todo era un caos de cajas de cartón, señoras finas con escoba en mano barriendo la atareada alfombra, ejecutivos con corbata clavando puntillas, niños jugando por los corredores y libros, muchos libros, una selva entera llena de ellos. Arrumados, parados, colgados, desafiantes y amenazantes.

Los libros huelen tu miedo y se abalanzan sobre ti. A mí me cayó encima uno de Cocina Thai para Dummies. A mí que se me quema un agua y cuya máxima creación gastronómica ha sido un café instantáneo salido del microondas. Salí corriendo de pánico. En otra esquina me brincó uno de Walter Riso “Enamórate de ti mismo” se llamaba. Depresión inmediata. Me refugié en un sofisticado stand con modernas pantallas de video y olor a pino y nuevamente fui atacado por una póstula evangélica que me invitaba a la salvación. Huí desesperado.

No me quedó otra alternativa más que salir de aquél pabellón y tomar un poco de aire. Me temblaban las manos. De pronto un gigantesco gusano amarillo hecho solo de niños me empujo hacia adelante. Nada podía hacer. La entrada del pabellón infantil se hacía más grande y me vi irreductiblemente conducido a un infierno peor. Un enorme salón lleno de niños inquietos, saltando y brincando encima de mí. Es el fin, pensé.

Pero cuando atravesé la puerta, el caos desapareció. Un cielo gigantesco inundado de globos y sombrillas sicodélicas dominaba el lugar. El piso era un pastizal sintético de donde emergían toda clase de animales y personajes salidos de las páginas de los cuentos infantiles. Una pobre viejecita, un renacuajo muy tieso y muy majo, un gato armado con una carabina pero con la mirada de un niño que se moría por un helado doble de vainilla y chocolate.

Hordas enteras de enanos circulaban por las autopistas improvisadas. Cuidado. La bruja malvada de Blancanieves recorría el lugar buscando a la doncella que se escondía detrás de una columna. Algunos niños la delataban, otros la ocultaban. En la mitad del pabellón, numerosas plantas flotantes destilaban luces de colores cuando los pequeños en carrera brincaban de una en una, de otra en otra.

Justo al lado, una extraña medusa de tentáculos azules me sedujo y en un sugerente lenguaje me invitó a conocer sus entrañas. Caí sin remedio ante sus encantos y me perdí entre sus faldas mientras en el suelo circulaban pequeños insectos que parecían burlarse de mi ingenuidad. En el centro el corazón de la medusa era una esfera luminosa en donde nadaba libre una ballena jorobada, lenta y elegante, al lado de su hermoso ballenato, ay ombe!

En los huecos de las paredes se asomaban pequeños duendes que dibujaban sobre el papel. Me miraban, dibujaban y se reían. Y cuando trataba de acercarme a ellos desaparecían en un parpadeo y se burlaban con descaro. Los trazos de colores que abandonaban sin preocupación alguna eran lobos, insectos, y seres sin forma que me sacaban la lengua y me señalaban con burlas insolentes.

De repente el gusano hecho solo de niños corrió a mi lado desesperado y detrás de él una colosal araña hecha solo de niñas que le perseguía. Me dan una vuelta, me dan dos vueltas, me dan tres vueltas y terminamos hechos un terrible nudo de patas y brazos que se derrumbó en medio de las carcajadas más divertidas de mi vida.

Salí del pabellón infantil una hora y media después totalmente despeinado, con la camisa por fuera y con quince años menos. No toqué un solo libro porque no había ninguno y sin embargo fui parte de todos ellos y de ninguno a la vez. ¿Será que entro de nuevo?  Y… ¿Por qué no?

 

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Los días con Kutzi

Escrito por // Andrés Gulla-Ván

Fotografía // Daniel Lara

 

I

Al principio no quería ir. Pensaba que era un poco hipócrita asistir a un seminario sobre un autor del que no había leído nada. Nada. A pesar de estudiar literatura y pasarme los días entre torres de babel, no había tenido lo oportunidad/obligación de leer a Coetzee, al menos académicamente. Pero cuando recibí un correo en donde me invitaban a inscribirme gratis por ser “egresado unicentralista”, no dudé, pues al gratín todo sabe mejor. Aunque, debo confesar que de egresado poco o nada tengo, apenas tomé el taller de escritores dirigido por Isaías Peña, magno gestor del seminario, y con eso me gané el honoris causa de egresado. Curiosidades de la vida.

Mientras las semanas se consumían hasta llegada la fecha, olvidé por completo el asunto. Solo una semana antes, cuando me vi bombardeado por los medios digitales de la inexorable realidad, dije “mierda”. El primer nobel al que le vería la cara y seguía sin leer ni medio párrafo de su creación. Corrí a las librerías de segunda cerca a mi casa, pero en todas estaba agotado Don Jhon Maxwell. El auge por el escritor sudafricano era evidente, era como si de la nada un estado febril en cada actor de la literatura hiciera que se propagara la coetsitis. A la larga compré Esperando a los bárbaros, nuevo, y lo hice porque en la programación que ya tenía a la mano uno de mis profesores ofrecería una ponencia sobre ese libro. Sin embargo, lo que lamento de haber comprado el libro no radica en su contenido, ni tema, ni prosa, ni forma, sino en el libro/objeto, pues este tenía caspa. O sea, con pasar rápidamente las hojas partículas de papel saltaban como pulgas. Muy mal R.H. M., muy mal. No fue una lectura agradable.

Cuando se hizo 8 de abril, aun con la escarapela en mi mano desde el jueves anterior, decidí llegar temprano, no mucho, pero sí lo suficiente para poder encontrar el auditorio que nunca conocí de la querida alma mater de la que egresé. Al llegar me recibieron con una bolsa de chucherías que apenas ojeé, reclamé unos audífonos y un receptor para escuchar la traducción en simultáneo. ¿Y luego? A esperar. Al principio nos ubicaron en la zona platea, lejos del gallinero. Digo nos, porque de subida encontré un par de profesores, quienes exaltados con la mujer de logística que solo permitía el ingreso a la parte inferior a quienes habían pagado, terminaron a pocas sillas detrás de mí. Supuse que querían estar cerca al vaho del señor Cutsze. Luego de una espera no tan abrumadora nos dieron vía libre para bajar pues, según dijeron, no se había llenado el aforo. “Lástima”, pensé, “el señor Coetzeé no llena el aforo de 1200 y más personas de este auditorio, mucho menos serviría para llenar estadios a lo Guns N´ Roses”.

Una vez abajo, y por mérito divino, encontré a unos compañeros quienes, sin querer, me habían guardado puesto a unas cuantas filas de la tarima. Qué emoción, qué gloria, qué dicha y qué vanidad estar tan cerca. Las figuras locales de la literatura estaban presentes. La farándula intelectual no podía pasar por alto el tercer nobel que venía al país en el año en curso. Entonces una grabación sobre seguridad en el auditorio se reprodujo. Pocos pusieron atención sobre qué hacer si un terremoto, en este caso apellidado Cuthzï, de repente sacudía las cabezas; nadie supo que en caso de un incendio, por tanto flash y cámara, debíamos gatear.

Finalmente empezó. Una señora muy elegante, con vestido verde muy tieso y muy majo fue la maestra de ceremonia. Se dedicaron unos minutos a las palabras del rector de la Universidad Central el cual, a pesar de mi ubicación, no supe si leía un discurso o improvisaba, demostró una oratoria muy fina y precisa. Su reflexión sobre los personajes literarios que son más reales que los biológicamente comprobables fue inspiradora. Al terminar el rector, Cutse se puso de pie. Quería hablar, quería honrar a su público, quería destapar el secreto de su texto inédito. El cuento de la vieja y los gatos estaba a punto de ver la luz. Don Cuthzei vaciló, dio varias vueltas un poco desorientado. La elegante mujer le indicó que aún no era su turno. “Qué poder”, pensé, “esa señora se dio el lujo de hacer esperar a un nobel”. Pasó al estrado el director de la novísima maestría en creación narrativa de la U Central. Su discurso, a diferencia del pronunciado por el rector fue… no tan interesante.

Y llegó la hora. El señor Coetzee por fin hablaría luego de aparentemente pasar el rato entumecido con la mirada baja, como si leyera o durmiera o como si estuviera apenado frente a los asistentes. Ahora sí era el momento, sin titubeo se abalanzó al micrófono. Casi al unísono la mayoría de asistentes se puso los audífonos para escuchar la traducción en simultáneo. La expectativa estaba en la estratósfera. Con la naturalidad y sencillez de un caballero inglés agradeció a todos. Preparó sus papeles y empezó a leer. Por no ser el titular de los derechos patrimoniales ni morales de la obra leída ese día, me queda estrictamente prohibida la reproducción total o parcial del cuento que allí se leyó. Lo sé, una lástima querido lector. Pero puedo decir que en el cuento había muchos gatos y gatitos con personalidades y caritas.

El cuento terminó, muchos se pusieron de pie para ir a sus casas. Habían engullido la carroña que deseaban, ya estaban satisfechos con el banquete. Pero no, la noche no se había acabado. La mujer muy maja indicó que habría una presentación musical, de todas maneras muchos siguieron su camino sin preocuparse. Muy mal, muy mal. Eso no se hace. Pao, pao en ese culo. Después del regaño, ahora sí, los actos protocolarios de apertura del evento se habían terminado. El primero de los tres días del seminario llegaba a su fin y poco, en términos cuantitativos, había ocurrido.

A la salida me encontré con un viejo maestro, un amigo y escritor, el señor C., acompañado de la señora C. Junto al señor y la señora C. caminamos por las típicas y oscuras calles del centro hasta la estación de transmilenio de la 26. Con el señor C. hablamos, entre otras cosas, de proyectos editoriales y las impresiones del evento. Concluimos que el nobel era poseedor de un aura de sencillez y humildad muy agradable, y que la farándula literaria había salido de sus cavernas. Ahí termina el primer día.

II

Las ponencias habían iniciado. Uno a uno investigadores, escritores, literatos y académicos presentaron sus novedosas ideas sobre la obra de Joetze. Sin embargo, muchas de estas presentaciones no superaron la simple reseña o resumen de una que otra obra en específico, mezclando de vez en cuando algún concepto hiper-teórico, de esos que Benjamín o Adorno cifraron para la posteridad. Los mismos muebles de la noche anterior estaban ahí, dispuestos para que los ponentes estuvieran exhibidos a todo el público, con la sentencia de no poder aburrirse porque, como animales de zoológico, todos los observábamos. En esta ocasión que mi escarapela dijera si era Unicentralista o no pues no importaba para nada. A la larga, durante el segundo día el aforo fue intermitente y pobre. Y como no serlo, si la estrella era de origen Sudafricano, no Colombiano, gran diferencia por cierto.

En la sesión de la tarde se habló de la obra que había leído con esmero y rapidez, Esperando a los bárbaros. Por fin entendería algo de todo el parloteo. Por fin podría sentirme a la altura de los otros que sí leían a Cuetzse antes de volverse famoso, en Colombia. Y así se regaron en prosa los ponentes. Establecieron relaciones y paralelos entre una cosa y otra. Entre un sudafricano blanco y un ruso muerto de enfisema. De todas maneras continuaron con la tendencia. Al terminar alguien relevante dentro de las directivas del departamento de letras y humanidades nos planteó dos alternativas para el retorno del descanso. O ver la película Desgracia, proyectada justo encima del auditorio donde estábamos, o volver al mismo espacio y escuchar una conferencia sobre cómo ser novelista. En apariencia, ambas opciones muy atractivas. En apariencia.

Subí para tomar un café, de esos que daban gratis solo porque sí. No había. Una fila que iba creciendo con poca utilidad, se habían acabado los granos de café, y eso que estamos en Colombia. No me quedé de brazos cruzados, quería mi condenado café, así que aproveché que tenía una cita no prevista en Luvina y caminé. Aprovecho para mencionar que era martes, que era 9 de abril y que mucha gente había salido a marchar. De hecho, llegar al seminario fue una pesadilla por las olas interminables de hippies con camisetas blancas y sus arengas pro paz y amor. Insisto, hippies.

Una vez en Luvina hice lo que tenía que hacer. Tomar dos tazas de café y convencer a alguien que me concediera unos minutos para hablar del dios dinero. Así funciona el mundo. Ergo, no volví al seminario, más por pereza que por otra cosa. Y así, sin más emociones, termina el martes. Un poco decepcionante, ¿no?

III

Cataplum, cataplum. Muy a las 8am, cuando apenas llevaba como 40 minutos de clase, porque llegué tarde, ordenaron el desalojo en la Universidad Nacional, mi verdadera alma mater. 8 de la mañana y ya desocupado, cuando normalmente mi jornada académica iría hasta las 4pm. Con tanto tiempo libre no tuve ganas de ir desde temprano al seminario, ¿para qué si Kutesi estaría solo en la clausura, en la noche? Me imagino que así pensaron muchas personas. Aproveche esas horas para leer a Cervantes, dormir en el pasto y almorzar con mi chica. Así, sin más, por puro gusto a las cosas sencillas.

A las 2:30 decidí ir al seminario. Un par de ponencias me interesaba escucharlas. A las 3:30 llegué al auditorio, un trayecto de 15 minutos en buseta tardó una hora, y sin marchas ni hippies ni trancones ni nada, solo porque la condenada buseta no pasaba. ¿Vale en este caso llamar al “cómo conduzco”? Porque si sí, diría que conducía MUY LENTO.

Llegué en la segunda ponencia, la primera ya estaba perdida para mí. Aunque no recuerdo el título o el nombre del autor, puedo decir que ha sido la mejor y más entretenida ponencia que he escuchado. Resulta que este señor dividió su ponencia en tres partes, así como los tres días conGuetzcse, en un primer momento explicó su hipótesis, argumentos y demás, ahora bien, en la segunda parte, y acá al cosa se pone interesante, apareció una Elizabeth Costello, que vaya uno a saber si es la misma que se conoce o no, apareció un perro ladrando, una esposa, un autor de la ponencia que ahora era personaje y un narrador. Todo un despliegue creativo con diálogos, reflexiones, espacios y situaciones, un cuento. El tipo de la ponencia metió un cuento en su presentación. Bastante genial. Ya la tercera parte retornó a lo académico y lo aburrido, pero esa segunda parte fue… maravillosa.

Una ponencia y otra ponencia pasaron al frente, ya ni me acuerdo de qué, y eso que fue apenas ayer. Así que el tiempo voló, las presentaciones acabaron, y toda la gente que había llegado antes para tener un puesto en primera fila para verle las arrugas en la camisa a Cuetzie fueron desalojadas, porque era necesario hacer cambios en el escenario. Yo también, mi segunda vez ese día. Entonces, un tintico regalado, una ida al baño, un par de saludos y 5 minutos después estaba sin nada que hacer y una hora por delante. Entonces, como epifanía a lo Rimbaud, aparecieron el señor y la señora C. De nuevo me junté con ellos, una charla amena y poco densa en una cafetería cercana, en contraste a la taza de café más grande que he tomado, hasta ahora, la cual poco después, provocaría en mí un gran dolor de cabeza.

La hora pasó y otra vez en el auditorio me habían mandado al segundo piso, como si a los unicentralistas por no pagar nada no los quisieran cerca al nobel. Estaba en compañía de la pareja C. Luego de un rato, y tal como en el primer día, dado a que el aforo no se llenó, contrario a lo que dice El Espectador, nos bajaron. Rápidamente nos escabullimos, y como si fuéramos mejores escapistas que Houdini, llegamos a la zona reservada para periodistas. No mucho después una señorita llegó preguntando si éramos de prensa, los C. se fueron, yo me quedé. En mi cabeza formulaba la siguiente respuesta, en caso de usarla: este es el espacio de prensa, soy el editor de un par de revistas universitarias con temáticas culturales, ergo hago periodismo cultural, luego tengo derecho de estar acá”. Así de simple, pura lógica Aristotélica. De todas maneras no me preguntaron y eché raíces en ese asiento. Un rato después una mujer “periodista” se sentó a mi lado. Aunque muy voluptuosa y algo sensual, tenía una mala onda, como esas personas que fastidian solo con la presencia.

El evento de clausura empezó. Los cambios en la tarima fueron sencillamente retirar los muebles que duraron instalados dos días, y la disposición de unas cuantas cintas para separar zonas en la silletería, como la de prensa en donde estaba instalado. Así como en la apertura la mujer muy maja y muy tiesa, pero sin corbatín, volvió a ser la presentadora de la noche. Una gran mesa con delantal y nombres marcados alojó a las más altas directivas de esa universidad. Rector, miembros del consejo superior universitario, directores del departamento de letras y humanidades, representante estudiantil y, colado entre la burocracia tecnócrata, el querido señor Cutse.

Todos de pie para entonar el himno nacional. Luego sentados. Luego palabras de uno y otro directivo. Luego entrega del Doctorado honoris causa a Cauthcsze. El encargado de entregarlo, quien fuera el presidente de la academia colombiana de la lengua, cometió dos inocentes errores, tal vez por la edad. 1) Llamó Cotize a Coetzee, 2) Dio un salto en el tiempo y al leer el diploma dijo que era entregado el 10 de julio del año en curso. Tal vez el segundo error no fue su culpa, tal vez un error humano de alguna secretaria despistada, quién sabe.

Y, después de tanto protocolo, directo al grano. Coetzee hizo su conferencia sobre la censura que obviaré, pues en todos los medios ya reprodujeron lo dicho, a pesar de estar prohibida su reproducción total o parcial de la obra al no ser la universidad central titular de los derechos patrimoniales ni morales. Entonces, ¿qué decir al respecto? Un error logístico, que en mi produjo el sentimiento de pena ajena, cuando en medio de la conferencia el sonido falló, dejando a Jota Eme Coetzee repitiendo “let me… let me… let me…” cada que pensaba que el problema técnico fue arreglado. En su lugar hubiera dicho, así como otro gran personaje nacido en África, “mama mia let me go”.

Y luego, pues el discurso acabó, el ambiente estalló en aplausos y todos, pero todos, a sus casas… claro, obviando que tuvimos que hacer una larga y tediosa fila para entregar los audífonos, otra vez como el primer día.

Me despedí del señor C., de la señora C. no porque no al encontré. Me fui con unos amigos a comer pasteles de pollo sobre la séptima, y hablamos de la situación de los talleres literarios y de las supuestas fórmulas para ser escritor, a propósito de la conferencia del día anterior a la que no fui, pero ellos sí. Y Acá termino, porque contar todo de todo se lo dejo al narrador omnisciente, y yo, como primera persona debo pensar primero en mi agotamiento. Adiós señor J.M. Coetzee, sabrá perdonar, si alguna vez lee esto, que el juego con la ortografía de su nombre y apellido es resultado de la dificultad que se evidenció en esos tres días para poner a todos los involucrados de acuerdo con una correcta pronunciación.

Derechos reservados
© Andrés Gulla-Ván

Agua al amanecer

Escrito por // Santiago Ernesto Lugo // santiagobles66@hotmail.com

ilustración // Geison Castañeda // http://www.flickr.com/photos/promitica/

 

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Está sentado sobre un lavadero. Cuando llegó de la guerra, su dolor y su pena solo podían calmarse con agua helada. Sonreía menos que antes. Cojeaba. Se caía de repente de la cama olvidando que había refundido su pierna en medio de alguna explosión, antes de navidad.

En medio de la selva no queda tiempo para arreglarse la media que se le escurre dentro de las botas. Caminaban, corrían y disparaban. Su media siempre presente fue una molestia que empezó hacer cotidiana. Pisó algo que no debía pisar. Despertó tiempo después en algún hospital.

Se caía de repente de la cama olvidando que había refundido su pierna. De la rodilla derecha para abajo las cosas ya no eran iguales. Pero la media escurrida estaba presente. Sin estar la bota.

Pasaron meses. Ya no sólo era la media impertinente que seguía presente, sino que su muñón empezó a doler. Ardía. El fuego de la mina regresaba sin ser llamado. Desesperado, un día de madrugada metió la pierna, que no estaba pero sentía, en el agua helada de su lavadero.

Ya no tenía tanto dolor ni pena, empezó a sanar. La media escurrida dentro de la bota, algunos días se le olvidaba aparecer. El muñón ardiente, con la medicina de la madrugada no era ya un problema. El espejo y el cerebro se ponían de acuerdo.

Eran las 4:35 de la madrugada. Sentado en el lavadero con el muñón en el agua, dormitó un momento y ahora su pierna izquierda se le resbaló. Se despertó instantáneamente, y aunque quieta, su pierna se movía por las ondas del agua helada. No la sacó. Sólo la miraba.

Tiempo después, cada madrugaba repetía aquel ritual de muñón y pierna en agua. Pero para la pascua decidió que aquella pierna izquierda le sobraba. Esa pierna que le colgaba dentro del lavadero y que se movía sin moverse, no le pertenecía. Se sentía incompleto con ella. Habría que refundirla también.

Hizo hasta lo imposible: convenció a un cirujano para que le ayudara. De su rodilla izquierda para abajo todo fue expulsado. En una caja de terciopelo y tapa de cristal le llegaron las piernas falsas. Ya estaba completo, ya podría volver a caminar.

Un día, acostado, el dolor y la pena volvieron. La media escurrida dentro de la bota regresó. El muñón ya no ardía, el espectro de la pierna derecha se volvió a presentar. Con dos piernas falsas y una fantasma, siguió.