Maneras extrañas de morir…

 

… Y OTROS DESENLACES IRÓNICOS A CAUSA DE LA LECTURA

 

Escrito por Andrés Gulla-Ván  ||  fabian_gulla@hotmail.com
Ilustrado por Julián Cedeño  ||  julian_edeo@hotmail.com 

 

¿Qué ocurriría si se realizan lecturas demasiado literales?, ¿cómo sería una interpretación radical e irónica; en que el cosmos y las dimensiones tergiversadas por deseos despiadados llevan a la muerte y a otros resultados no tan amenos?

¿Se imagina que alguien caiga al ataúd, víctima de una depresión después de leer a Riso o Coelho? ¿que buscando una satisfacción sexual en pareja le caiga un libro de Sade encima lo descalabre, o peor, lo cape, que es igual a recibir la afilada visita de Rosario? ¿que un suicida dé el paso cuando, en su última esperanza por vivir, lee el Ulises y no entienda?

A mí no me gustaría despertar y ver un dinosaurio, o ser un bicho, que feo, mejor tomo unas pastillas y que el ensueño termine. Tampoco quiero un viaje a Holanda para matar molinos por contagiarme de la locura del ingenioso hidalgo. En vez de eso prefiero morir del aburrimiento con Mario Mendoza, o ser víctima de alguna afección pulmonar por tanta polvareda del mundo garciamarquiano.

Para las señoritas, ¿qué tal una intoxicación por sobredosis de bloqueador solar escarchado luego leer la saga Crepúsculo? O decapitadas porque Scheherezada no actuó rápido. Pero ojalá, jamás de los jamases Mr. Jack les pregunte si su mamá sabe coser, ¡uy no!, que la Virgensita las ampare.

A lo mejor el desenlace no sea el fin del lector, sino de quienes le rodean. Que se le aparezca Tyler Durden dando patadas y puños a todo lo que se mueva, así sea su propio padre; luego Holden Caulfield lo convenza de manera misteriosa para acabar con sus ídolos después de una firma. Y después se arroje a la bestialidad con la compañía de Rimbaud. Y ya que cascó a su progenitor, viole a su mamita porque se pasó de copas charlando con Edipo.

¿Qué me dicen de la chica esperó toda su vida al príncipe azul? Esperar a alguien o algo ficticio es tan nocivo para la salud como conformarse con una vida mediocre. En algún rincón del planeta alguien sueña con irse de viaje a marte, creyéndose el Rey para escribir desde allí sus crónicas. Para esas cosas mejor que sea sentado, sobre un coco en una playa con la esperanza de que llegué el Viernes. Ni mucho menos espere que aparezca un pájaro parlanchín en la orilla plutoniana de la noche; y ya que hablamos del infierno, pierda la fe si quiere que Mefistófoles le ofrezca algo jugoso, o que Virgilio le guíe en el viaje.

Pilas con seguir fielmente a esos personajes y autores que cautivan. Que a ellos les haya funcionado su estilo de vida no significa que a la gente de verdad nos sirva. Que no se le estalle la nariz por oler tanto pegante queriendo dárselas de Jean-Baptiste Grenouille. Ni que le dé toxoplasmosis porque quiso un gato luego de leer Opio en las nubes, que vaina tan brava, toc, toc, toc. O ser tan burro para querer meter todo lo que Burroughs metió.

Si no se le antoja un final tan violento deje que el deceso sea natural. No obstante, si le duele mucho la pleura y Hans Castorp no cumplió con su visita por andar morboseando a otras pacientes, pida la ayuda del doctor Watson, si es que tiene tiempo. Pero eso sí, no se vuelva un hipocondríaco como Moliere ni sea la rata a la que Raymond Fosca le dio la inmortalidad.

Mejor dicho señor lector, “dime qué lees y te diré cómo terminarás”. Por lo pronto me voy a cazar leones antes de que la falta de creatividad haga que me ponga a volar unos puentes en España y mi propia cabeza de un escopetazo.

 

Un paso más allá

 

Escrito por María Paula Díaz  ||  mary_kstillo92@hotmail.com
Ilustrado por Yulith Martinez  ||  flickr.com/yulithmartinezv 

 

Corría por la selva. Se detuvo donde el suelo cambia de nombre, un paso más allá, no estará acá. Planta uno de los pies, en ése otro lado. Es invadido por música, tambores, voces y palabras incomprensibles que se le parecen a las de su hablar, solo que llevan más movimiento al sonar. No es su guabina colombiana, es una samba enloquecida que lo hace temblar. Asustado, retira su pierna, pero aturdido y deseoso, la vuelve a posar, sobre ése suelo mágico.

Entonces la tierra desprende colores hermosos, posibles e imposibles. Ellos trepan a su empeine, para pintarle un paraíso, trazan en sus gemelos la imagen de un árbol que tiñe roja su piel, el pau-brasil.

Oye a la gente, reír de la manera que él conoce. El Amazonas, preserva su mascullar. Siente al calor extenderle su abrazo y lo conmueve el olor de ése lugar, que también huele en extremo a café, naturaleza indígena, animales salvajes, dolor y alegría. Ve erigirse a un hombre blanco sobre una ciudad, así, una iglesia vigila desde lo alto a su capital. Reconoce en las calles de las favelas el suelo de las comunas. Nota en los rostros de sus habitantes que los de aquí y los de allá, son lo mismo y lo opuesto. Observa a los niños usar con destreza, un balón amarillo, azul y rojo. Mientras los que recuerda, impregnados de una pasión exacta, patean uno, con una bandera verde y amarilla que se encuentra bajo una esfera azul estrellada. El país se ha desbordado ante sus sentidos y él, ha quedado extasiado.

Ya no quedan rastros de su timidez, su alma ha quedado atrapada en medio de las diferentes similitudes y las similares diferencias que existen entre el territorio habitado desde hace tanto y el que se le acaba de meter al corazón. Lo ha fascinado con tal magnetismo el juego descubierto, que decidido, cruza entero la frontera.